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viernes, 27 de septiembre de 2013

Perplejidad, una carta al Papa Francisco - Lucrecia Rego de Planas

Perplejidad,
una carta al Papa Francisco
Lucrecia Rego de Planas


Carta de una Madre de Familia Mexicana al Papa Francisco


Huixquilucan, México, a 23 de septiembre del 2013.-


Muy querido Papa Francisco:

Me da mucho gusto tener esta oportunidad para saludarte.

Seguramente no te acordarás de mí y lo comprendo, pues, viendo a tanta gente cada día, debe ser muy difícil para ti recordar a todas las personas con las que has dialogado y convivido en algún momento de tu vida.

A lo largo de los últimos 12 años, coincidimos, tú y yo, varias veces, en algunas reuniones, encuentros y congresos eclesiales que se llevaron a cabo en ciudades de Centro y Sudamérica con distintos temas (comunicación, catequesis, educación), lo cual me dio la oportunidad de convivir contigo durante varios días, durmiendo bajo el mismo techo, compartiendo el mismo comedor y hasta la misma mesa de trabajo.

En aquel entonces, tú eras el Arzobispo de Buenos Aires y yo era la directora de un importante medio de comunicación católico. Ahora, tú eres nada más y nada menos que el Papa y yo soy… sólo una madre de familia, cristiana, con un esposo muy bueno y nueve hijos, que da clases de Matemáticas en la Universidad y que trata de colaborar lo mejor que puede con la Iglesia, desde el lugar en que Dios le ha puesto.

De aquellas reuniones en las que coincidimos hace ya varios años, recuerdo que en más de una ocasión te dirigiste a mí diciéndome:
– "Niña, decime Jorge Mario, que somos amigos", a lo que yo respondía asustada:
– "De ninguna manera, Sr. Cardenal! ¡Dios me libre de tutear a uno de sus príncipes en la Tierra!

Ahora, en cambio, sí me atrevo a tutearte, pues ya no eres el Card. Bergoglio, sino el Papa, mi Papa, el dulce Cristo en la tierra, a quien tengo la confianza de dirigirme como a mi propio padre.

Me he decidido a escribirte porque estoy sufriendo y necesito que me consueles.

Te explicaré lo que me sucede, tratando de ser lo más breve posible. Sé que te gusta consolar a los que sufren y ahora, yo soy uno de ellos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Carta a un fundamentalista anticatólico (extracto) - Daniel Iglesias

Carta a un fundamentalista anticatólico (extracto)
Daniel Iglesias


Estimado J. (1):

[...] La Biblia, por más que esté divinamente inspirada, ciertamente no se interpreta sola, como usted pretende. Quizás el siguiente ejemplo lo haga pensar. En Mateo 16,18 Jesús dice a Pedro: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". Si yo tuviera como guía en materia de fe sólo a la Sagrada Escritura (como quería Lutero) ¿cómo podría saber con plena certeza si, al decir “esta piedra", Jesús se refería a Sí mismo, a Pedro o a una piedra que estaba allí? (2). ¿Hacia dónde apuntaba el dedo índice de Jesús en ese momento?. Sólo Pedro y los demás apóstoles, testigos oculares del hecho narrado en el Evangelio, pudieron transmitir con plena certeza a los primeros cristianos -y éstos a las generaciones siguientes- el verdadero significado de esa expresión bíblica (y de muchas otras). En este simple ejemplo podemos apreciar el enorme valor de la Tradición eclesial como medio de transmisión de la Palabra de Dios.

A Jesucristo no se lo encuentra hoy sólo en un libro, por importante y sagrado que éste sea, porque Él es una Persona viva y vivificante. La Iglesia Católica, con plena conciencia de la pequeñez y fragilidad de sus miembros, tiene la misión de hacer presente hoy a Cristo en medio de los hombres, porque Él mismo lo quiso así.

¿Cómo sabría usted que la Biblia es Palabra de Dios si no fuera por el testimonio viviente de la Iglesia?. Jesús dijo: “Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido” (Juan 5,31). Del mismo modo se podría decir: si sólo la Biblia diera testimonio de sí misma, su testimonio no sería válido. La Biblia no es mayor que Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne. En último análisis, la Biblia entera sólo nos habla de Cristo. Si no hubiera una Iglesia, es decir una asamblea de creyentes en Cristo, hoy la Biblia no sería más que un interesante libro de la Antigüedad. Aunque cada libro de la Biblia dijera de sí mismo que es Palabra de Dios (cosa que no ocurre), eso no bastaría para fundamentar la fe en ella.


martes, 7 de septiembre de 2010

León XIII, según Benedicto XVI

León XIII, según Benedicto XVI


El Papa emprendió hoy su primer viaje, luego de las vacaciones de verano, que lo llevó por unas pocas horas a Carpineto Romano, donde celebró la Santa Misa con ocasión de los doscientos años del nacimiento del Papa León XIII, Vincenzo Gioacchino Pecci.

En la homilía pronunciada por Benedicto XVI en el pueblo natal del Papa más longevo de la historia, quedó de manifiesto la particular admiración y veneración del actual Pontífice por su ilustre Predecesor. Luego de identificar el tema de la liturgia del día en “el primado de Dios y de Cristo”, el Papa afirmó que “el Sumo Pontífice León XIII fue un hombre de gran fe y de profunda devoción. Esto es siempre la base de todo, para cualquier cristiano, incluido el Papa. Sin la oración, sin la unión interior con Dios, no podemos hacer nada…”.

Como una primera cualidad del Papa Pecci, Benedicto XVI señaló “el amor de Dios y de Cristo, al que no debe anteponerse absolutamente nada”. Hablando de su abundante Magisterio, compuesto por numerosísimas Encíclicas y Cartas Apostólicas, Benedicto XVI explicó que “están aquellas de carácter propiamente espiritual, dedicadas sobre todo al incremento de la devoción mariana, especialmente mediante el santo Rosario. Se trata de una auténtica catequesis, que marcó desde el comienzo hasta el final los 25 años de su Pontificado. Pero encontramos también los Documentos sobre Cristo Redentor, sobre el Espíritu Santo, sobre la consagración al Sagrado Corazón, sobre la devoción a san José, sobre san Francisco de Asís”.

En segundo lugar, el Papa señaló la “sabiduría cristiana”, un aspecto que “se verifica en la acción pública de todo Pastor de la Iglesia, en particular de todo Sumo Pontífice, con las características propias de la personalidad de cada uno”. “Todo pastor – explicó Benedicto XVI – está llamado a transmitir al Pueblo de Dios no verdades abstractas sino una «sabiduría», es decir, un mensaje que conjuga fe y vida, verdad y realidad concreta. El Papa León XIII, con la asistencia del Espíritu Santo, fue capaz de hacer esto en un período histórico que está entre los más difíciles para la Iglesia, permaneciendo fiel a la tradición y, al mismo tiempo, enfrentándose con las grandes cuestiones abiertas. Y lo logró precisamente sobre la base de la «sabiduría cristiana», fundada en las Sagradas Escrituras, en el inmenso patrimonio teológico y espiritual de la Iglesia Católica y también en la sólida y límpida filosofía de Santo Tomás de Aquino, que apreció en grado sumo y promovió en toda la Iglesia”.

lunes, 30 de agosto de 2010

Sobre el legado del Cardenal Newman - Juan R. Vélez

Sobre el legado del Cardenal Newman
“Newman se dedicó a la historia del cristianismo primitivo”
Juan R. Vélez


-En 1845, inmediatamente antes de su recepción en la Iglesia Católica, Newman terminó su ensayo sobre el Desarrollo de la Doctrina Cristiana. ¿En qué consiste este desarrollo de la doctrina?

Durante 20 años más o menos, como estudiante y docente en Oxford, Newman estudió los cambios en las doctrinas y prácticas de los cristianos a lo largo de los siglos. Durante muchos años aceptó la noción protestante de que las doctrinas y prácticas católicas eran una corrupción del cristianismo primitivo. Sin embargo su estudio del cristianismo y las actitudes de la Iglesia Anglicana le llevaron a revisar esta posición. Empezó a comprender que a lo largo del tiempo el cristianismo fuera incorporando algunas doctrinas y las prácticas religiosas correspondientes. Vio que estos cambios tenían una explicación satisfactoria.

Por ejemplo, vio que la creencia en el Purgatorio era un ”desarrollo” de la comprensión cristiana del perdón de Dios alcanzado a través del sacramento de la penitencia. Constituye un remedio para la pena que no se ha completado en la tierra. El Purgatorio limpia el alma de cualquier adhesión al pecado presente todavía en el alma que muere en estado de gracia. Aunque el Purgatorio no es mencionado expresamente en la Biblia, la doctrina acerca de esta purificación resulta admisible a causa de la naturaleza del desarrollo genuino de la enseñanza de la Iglesia.


-Según Newman, ¿cambia la enseñanza de la Iglesia?

Sí y no. Para ser más preciso, la enseñanza de la Iglesia experimenta un desarrollo. Esto no es lo mismo que decir que la enseñanza “evoluciona”. La evolución implica el cambio de una cosa a otra distinta —la enseñanza de la Iglesia no evoluciona a otra cosa distinta. Atribuir esto a Newman es un error. Newman explicó que el desarrollo puede ser correcto o incorrecto. Un mal desarrollo de la doctrina es denominado una corrupción de la enseñanza del cristianismo. Un ejemplo de buen desarrollo es el ejercicio de la autoridad adquirida por el sucesor de San Pedro. Lo contrario sería de hecho una corrupción, es decir, una omisión en el oficio de Pedro establecido por Cristo mismo.

Newman creía que la religión es un conjunto establecido de verdades doctrinales y de prácticas que no cambian sustancialmente; las formas y los elementos externos pueden cambiar o desarrollarse, pero sólo de acuerdo con la realidad original. También es posible conseguir una mejor articulación y una compresión más profunda de estas verdades.

jueves, 19 de agosto de 2010

Benedicto XVI: San Pío X, modelo de pastor

Benedicto XVI: San Pío X, modelo de pastor


CASTEL GANDOLFO, miércoles 18 de agosto de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la Audiencia General celebrada en el patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, con peregrinos procedentes de todo el mundo.


* * *


¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy quisiera detenerme en la figura de mi Predecesor san Pío X, cuya memoria litúrgica se celebra el sábado próximo, subrayando algunos de sus rasgos que pueden ser útiles también para los Pastores y los fieles de nuestra época.

Giuseppe Sarto, así se llamaba, nacido en Riese (Treviso) en 1835 de familia campesina, tras los estudios en el Seminario de Padua fue ordenado sacerdote a los 23 años. Primero fue vicepárroco en Tombolo, luego párroco en Salzano, después canónico de la catedral de Treviso con el cargo de canciller episcopal y director espiritual del Seminario diocesano. En estos años de rica y generosa experiencia pastoral, el futuro Pontífice mostró ese profundo amor a Cristo y a la Iglesia, esa humildad y sencillez y esa gran caridad hacia los más necesitados, que fueron características de toda su vida. En 1884 fue nombrado obispo de Mantua y en 1893 Patriarca de Venecia. El 4 de agosto de 1903, fue elegido Papa, ministerio que aceptó con vacilación, porque no se consideraba a la altura de una tarea tan elevada.

El Pontificado de san Pío X ha dejado un signo indeleble en la historia de la Iglesia, y se caracterizó por un notable esfuerzo de reforma, sintetizada en el lema Instaurare omnia in Christo, “Renovar todas las cosas en Cristo”. Sus intervenciones, de hecho, abarcaron los diversos ámbitos eclesiales. Desde el principio se dedicó a la reorganización de la Curia Romana; después dio luz verde a los trabajos de la redacción del Código de Derecho Canónico, promulgado por su sucesor Benedicto XV. Promovió, además, la revisión de los estudios y del iter de formación de los futuros sacerdotes, fundando también varios Seminarios regionales, equipados con buenas bibliotecas y profesores preparados. Otro sector importante fue el de la formación doctrinal del Pueblo de Dios. Desde los años en que era párroco había redactado él mismo un catecismo, y durante el episcopado en Mantua había trabajado para que se llegase a un catecismo único, si no universal, al menos italiano. Como auténtico pastor, había comprendido que la situación de la época, también por el fenómeno de la emigración, hacía necesario un catecismo al que todo fiel pudiera referirse independientemente del lugar y de las circunstancias de la vida. Como Pontífice preparó un texto de doctrina cristiana para la diócesis de Roma, que se difundió después en toda Italia y en el mundo. El Catecismo llamado “de Pío X” fue para muchos una guía segura en el aprendizaje de las verdades de la fe por su lenguaje sencillo, claro y preciso y por su eficacia expositiva.

viernes, 6 de agosto de 2010

¡Prohibirán el casarse! - Fray Rabieta

¡Prohibirán el casarse!
Fray Rabieta


El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos
habrá quienes apostatarán de la fe, prestando oídos a espíritus de engaño
y a doctrinas de demonios…
y prohibirán el casarse.
I Tim. IV:1, 3


Mis inútiles petimetres:

Lo peor de todo, como siempre, son los católicos. Católicos ignorantes, católicos confundidos, católicos de letrerito, católicos tibios, católicos mundanos, católicos sodomitas.

No hay para qué decirlo, pero lo diremos igual: la mayoría de los católicos de después de la Segunda Guerra Mundial, resolvieron que había que darle a la Iglesia Católica un aspecto más atractivo, más simpático, más condescendiente, más agradable al paladar del mundo post-1945. Y entonces, desde el instante mismo en que se empeñó en volverse atractiva para el mundo, la Iglesia se mundanizó. Así fue, no me lo discutan porque es indiscutible: para seducir al mundo adoptó una axiología, un lenguaje, una liturgia, una sociología, un estilo, una apariencia y, brevemente, un modo de estar ahí, que se le antojaba no podía sino atraer a más hombres, al mundo. Por supuesto que la cosa se dio al revés, y ellos fueron los seducidos. Y lo llamaron, a fe mía un poco anticipadamente, “la primavera de la Iglesia”.

Pero en buen romance, eso se llama “colusión con el mundo” y se trata de una negociación de cosas que no son negociables, del ocultamiento de cosas inocultables, del disfraz de verdades que no admiten cosmética, del silencio sobre asuntos que nadie tiene derecho a callar. Y para hacer el negocio más digerible, la Iglesia se llenó de un torrente de palabras, neologismos, giros, mots de passe, claves y clichés con el que esconderían la traición a la Tradición, al sagrado depósito de las verdades de Fe: tolerancia, diálogo, ecumenismo, progreso, comunidades de base, teología de la liberación, aggiornamento, svolta antropologica y tutte le quanti. Y además, para los que se opusieran al Gran Proyecto echaron mano a un arsenal de adjetivos que cargaron con máxima connotación negativa: inquisitorial, medieval, oscurantista, integrista, retrógrado, son sólo algunos de los insultos progres que me vienen a la cabeza, aunque tampoco se privaron de usar los viejos denuestos de soberbio, intolerante, fariseo, loco, mentiroso o lo que viniera a mano.

Ahora bien, mis inestimables palurdos, esa colusión con el mundo dio frutos que tenemos, cuarenta años después, a la vista: relativismo en cuestiones dogmáticas, racionalismo exegético, desacralización litúrgica, herejías al por mayor, confusión y más confusión, generalizada ignorancia y un optimismo a prueba de balas (aunque de ese optimismo sesentista quede cada vez menos, apenas si una canzonetta plebeya como “Alma misionera” o “Zamba del grano de trigo”).

viernes, 24 de abril de 2009

La interpretación de la Escritura es vital para la Iglesia - Benedicto XVI


La interpretación de la Escritura es vital para la Iglesia
Benedicto XVI
Discurso a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica


CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 23 abril 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que Benedicto XVI dirigió este jueves a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, a quienes recibió en audiencia con motivo de su reunión plenaria anual.


***


Señor cardenal, excelencia,
queridos miembros de la Pontificia Comisión Bíblica:

Me alegra acogeros una vez más al término de vuestra anual asamblea plenaria. Agradezco al señor cardenal William Levada su discurso de saludo y la concisa exposición del tema que ha sido objeto de atenta reflexión en el curso de vuestra reunión. Os habéis reunido nuevamente para profundizar un argumento muy importante: la inspiración y la verdad de la Biblia. Se trata de un tema que afecta no sólo a la teología, sino a la misma Iglesia, porque la vida y la misión de la Iglesia se fundan necesariamente sobre la Palabra de Dios, la cual es alma de la teología y, al mismo tiempo, inspiradora de toda la existencia cristiana. El tema que habéis afrontado responde, además, a una preocupación que llevo particularmente dentro, ya que la interpretación de la Sagrada Escritura es de importancia capital para la fe cristiana y para la vida de la Iglesia.

Como usted ha ya recordado, señor presidente, en la encíclica Providentissimus Deus el papa León XIII ofrecía a los exegetas católicos un nuevo aliento y nuevas directivas en el tema de la inspiración, verdad y hermenéutica bíblica. Más tarde Pío XII en su encíclica Divino afflante Spiritu recogía y completaba las enseñanzas precedentes, exhortando a los exegetas católicos a llegar a soluciones en pleno acuerdo con la doctrina de la Iglesia, teniendo debidamente en cuenta las positivas aportaciones de los nuevos métodos de interpretación desarrollados en aquellos momentos. El vivo impulso dado por estos dos pontífices a los estudios bíblicos, como usted ha dicho también, ha encontrado plena confirmación y ha sido ulteriormente desarrollado en el Concilio Vaticano II, de modo que toda la Iglesia ha sacado y sigue sacando beneficio. En particular, la Constitución conciliar Dei Verbum ilumina aún hoy la obra de los exegetas católicos e invita a pastores y fieles a alimentarse más asiduamente en la mesa de la Palabra de Dios. El Concilio recuerda, al respecto, ante todo, que Dios es el Autor de la Sagrada Escritura: "Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. la santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia" (Dei Verbum, 11). Dado que todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos aseguran que debe considerarse afirmado por el Espíritu Santo, invisible y trascendente Autor, en consecuencia, se debe declarar que "los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación" (ibid., 11).

Del planteamiento correcto del concepto de inspiración divina y verdad de la Sagrada Escritura derivan algunas normas que afectan directamente a su interpretación. La misma constitución Dei Verbum, tras haber afirmado que Dios es el autor de la Biblia, nos recuerda que en la Sagrada Escritura Dios habla al hombre a la manera humana. Y esta sinergia divino-humana es muy importante. Dios habla realmente a los hombres de modo humano. Para una recta interpretación de la Sagrada Escritura es necesario por tanto investigar con atención qué han querido afirmar verdaderamente los hagiógrafos y qué ha querido manifestar Dios a partir de las palabras humanas. "Las palabras de Dios de hecho, expresadas con lenguas humanas, se han hecho similares al lenguaje de los hombres, como ya el Verbo del eterno Padre, habiendo asumido las debilidades de la naturaleza humana, se hizo similar a los hombres" (Dei Verbum, 13). Estas indicaciones, muy necesarias para una correcta interpretación de carácter histórico-literario como primera dimensión de toda exégesis, requieren además una unión con las premisas de la doctrina sobre la inspiración y la verdad de la Sagrada Escritura. De hecho, siendo la Escritura inspirada, hay un máximo principio de recta interpretación sin el cual los escritos sagrados quedarían como letra muerta, sólo del pasado: la Sagrada Escritura debe ser "leída e interpretada con la ayuda del mismo Espíritu mediante el cual ha sido escrita" (Dei Verbum, 12).

Al respecto, el Concilio Vaticano II indica tres criterios siempre válidos para una interpretación de la Sagrada Escritura conforme al Espíritu que la ha inspirado. Ante todo es necesario prestar gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura: sólo en su unidad es Escritura. De hecho, a pesar de lo diferentes que sean los libros que la componen, la Sagrada Escritura es una en virtud de la unidad del diseño de Dios, del que Cristo Jesús es el centro y el corazón (cfr. Lc 24, 25-27; Lc 24, 44-46). En segundo lugar es necesario leer la Escritura en el contexto de la tradición viva de toda la Iglesia. Según un dicho de Orígenes, "Sacra Scriptura principalius est in corde Ecclesiae quam in materialibu s instrumentis scripta" es decir, "la Sagrada Escritura está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos materiales". De hecho la Iglesia lleva en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios y es el Espíritu Santo quien le da la interpretación de ella según su sentido espiritual (cf. Orígenes, Homiliae in Leviticum, 5, 5). Como tercer criterio es necesario prestar atención a la analogía de la fe, es decir, a la cohesión de las verdades de fe individuales entre ellas y con el plano completo de la Revelación y de la plenitud de la economía divina contenida en ella.

La tarea de los investigadores que estudian con diferentes métodos la Sagrada Escritura es la de contribuir, según los mencionados principios, a la comprensión más profunda y a la exposición del sentido de la Sagrada Escritura. El estudio científico de los textos sagrados es importante, pero no es por sí sólo suficiente, pues tendría en cuenta sólo la dimensión humana. Para respetar la coherencia de la fe de la Iglesia el exegeta católico tiene que estar atento a percibir la Palabra de Dios en estos textos, dentro de la misma fe de la Iglesia. Ante la falta de este imprescindible punto de referencia, la investigación exegética quedaría incompleta, perdiendo de vista su finalidad principal, con el peligro de quedar reducida a una letra meramente literaria, en la que el verdadero Autor, Dios, deja de aparecer. Además, la interpretación de las Sagradas Escrituras no puede ser sólo un esfuerzo científico individual, sino que debe confrontarse siempre, ser integrada y autentificada por la tradición viva de la Iglesia. Esta norma es decisiva para precisar la relación correcta y recíproca entre exégesis y magisterio de la Iglesia.

El exegeta católico no se siente sólo miembro de la comunidad científica, sino también y sobre todo miembro de la comunidad de los creyentes de todos los tiempos. En realidad, estos textos no han sido entregados sólo a los investigadores o a la comunidad científica "para satisfacer su curiosidad y o para ofrecerles argumentos de estudio y de investigación" (Divino afflante Spiritu, EB 566). Los textos inspirados por Dios han sido encomendados en primer lugar a la comunidad de los creyentes, a la Iglesia de Cristo, para alimentar la vida de fe y para guiar la vida de caridad. El respeto de esta finalidad condiciona la validez y la eficacia hermenéutica bíblica. La encíclica Providentissimus Deus recordó esta verdad fundamental y observó que, en vez de obstaculizar la investigación científica, el respeto de este dato favorece su auténtico desarrollo. Una hermenéutica de la fe corresponde más a la realidad de este texto que una hermenéutica racionalista, que no conoce a Dios.

Ser fieles a la Iglesia significa, de hecho, enmarcarse en la corriente de la gran Tradición que, bajo la guía del Magisterio, ha reconocido los escritos canónicos como Palabra dirigida por Dios a su pueblo y nunca ha dejado de meditarlos y de descubrir sus inagotables riquezas. El Concilio Vaticano II lo confirmó con gran claridad: "todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios" (Dei Verbum, 12). Como nos recuerda la mencionada constitución dogmática, existe una inseparable unidad entre Sagrada Escritura y Tradición, pues ambas proceden de una misma fuente: "La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de amor y reverencia" (Dei Verbum, 9). Como sabemos, esta frase "con un mismo espíritu de amor y reverencia" fue creada por san Basilio, y después fue recogida por el Decreto de Graciano, por la que entró en el Concilio de Trento y después en el Vaticano II. Expresa precisamente esta inter-penetración entre Escritura y Tradición. Sólo el contexto eclesial permite a la Sagrada Escritura ser entendida como auténtica Palabra de Dios, que se convierte en guía, norma y regla para la vida de la Iglesia y en crecimiento espiritual de los creyentes. Esto, como ya he dicho, no impide de ninguna manera una interpretación seria, científica, pero abre además el acceso a las dimensiones ulteriores de Cristo, inaccesibles a un análisis sólo literario, que es incapaz de acoger en sí el sentido global que a través de los siglos ha guiado a la Tradición de todo el Pueblo de Dios.

Queridos miembros de la Comisión Pontificia Bíblica, deseo concluir mi intervención formulando a todos vosotros mi agradecimiento personal y mi aliento. Os doy las gracias cordialmente por el comprometido trabajo que realizáis al servicio de la Palabra de Dios y de la Iglesia, mediante la búsqueda, la enseñanza y la publicación de vuestros estudios. A esto añado mi aliento en el camino que todavía queda por recorrer. En un mundo en el que la investigación científica asume una importancia cada vez mayor en numerosos campos, es indispensable que la ciencia exegética se coloque a un nivel adecuado. Es uno de los aspectos de la inculturación de la fe que forma parte de la misión de la Iglesia, en sintonía con la acogida del misterio de la Encarnación. Queridos hermanos y hermanas: el Señor Jesucristo, Verbo de Dios encarnado y divino Maestro que ha abierto el espíritu de sus discípulos a la comprensión de las Escrituras (Cf. Lucas 24, 45), os guíe y apoye en vuestras reflexiones. Que la Virgen María, modelo de docilidad y obediencia a la Palabra de Dios, os enseñe a acoger cada vez mejor la riqueza inagotable de la Sagrada Escritura, no sólo a través de la investigación intelectual, sino también de vuestra vida de creyentes, para que vuestro trabajo y vuestra acción puedan contribuir a que sea cada vez más resplandeciente ante los fieles la luz de la Sagrada Escritura. Al mismo tiempo que os aseguro el apoyo de mi oración en vuestro empeño, os imparto de corazón, como prenda de divinos favores, la bendición apostólica.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez y Jesús Colina
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

sábado, 14 de febrero de 2009

La transmisión de la Revelación Divina - Catecismo de la Iglesia Católica


Catecismo de la Iglesia Católica

PRIMERA PARTE LA PROFESIÓN DE LA FE
PRIMERA SECCIÓN «CREO»-«CREEMOS»
CAPÍTULO SEGUNDO DIOS AL ENCUENTRO DEL HOMBRE



Artículo 2 LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA

74 Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" ( 1 Tim 2,4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús (cf. Jn 14,6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todo s los hombres y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo:

Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades (DV 7).



I La Tradición apostólica


75 "Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que el mismo cumplió y promulgó con su boca" (DV 7).


La predicación apostólica...

76 La transmisión del evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras:


oralmente: "los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó";

por escrito: "los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo" (DV 7).


… continuada en la sucesión apostólica

77 "Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, 'dejándoles su cargo en el magisterio'" (DV 7). En efecto, "la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos" (DV 8).

78 Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo es llamada la Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, "la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (DV 8). "Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a loa práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora" (DV 8).

79 Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: "Dios, que habló en otros tiempos, sigue conservando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo" (DV 8).


II La relación entre la Tradición y la Sagrada Escritura


Una fuente común...

80 La Tradición y la Sagrada Escritura "están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin" (DV 9). Una y otra hacen presente y fecundo en la Iglesia el misterio de Cristo que ha prometido estar con los suyos "para siempre hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).


… dos modos distintos de transmisión

81 "La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo".

"La Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación"

82 De ahí resulta que la Iglesia, a la cual está confiada la transmisión y la interpretación de la Revelación "no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción" (DV 9).


Tradición apostólica y tradiciones eclesiales

83 La Tradición de que hablamos aquí es la que viene de los apóstoles y transmite lo que estos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva.

Es preciso distinguir de ella las "tradiciones" teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquellas pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.


III La interpretación del depósito de la fe


El depósito de la fe confiado a la totalidad de la Iglesia

84 "El depósito sagrado" (cf. 1 Tm 6,20; 2 Tm 1,12-14) de la fe (depositum fidei), contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura fue confiado por los apóstoles al conjunto de la Iglesia. "Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración, y así se realiza una maravillosa concordia de pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida" (DV 10).


El Magisterio de la Iglesia

85 "El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escritura, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.

86 "El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído" (DV 10).

87 Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: "El que a vosotros escucha a mi me escucha" (Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.


Los dogmas de la fe

88 El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.

89 Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe (cf. Jn 8,31-32).

90 Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo (cf. Cc. Vaticano I: DS 3016: "nexus mysteriorum"; LG 25). "Existe un orden o `jerarquía' de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana" (UR 11).


El sentido sobrenatural de la fe

91 Todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye (cf. 1 Jn 2,20.27) y los conduce a la verdad completa (cf. Jn 16,13).

92 "La totalidad de los fieles ... no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando 'desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos' muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral" (LG 12).

93 "El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio...se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida" (LG 12).


El crecimiento en la inteligencia de la fe

94 Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la inteligencia tanto de las realidades como de las palabras del depósito de la fe puede crecer en la vida de la Iglesia:

– "Cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón" (DV 8); es en particular la investigación teológica quien debe " profundizar en el conocimiento de la verdad revelada" (GS 62,7; cfr. 44,2; DV 23; 24; UR 4).

– Cuando los fieles "comprenden internamente los misterios que viven" (DV 8); "Divina eloquia cum legente crescunt" (S.Gregorio Magno, Homilía sobre Ez 1,7,8: PL 76, 843 D).

– "Cuando las proclaman los obispos, sucesores de los apóstoles en el carisma de la verdad" (DV 8).

95 "La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas" (DV 10,3).


RESUMEN

96 Lo que Cristo confió a los apóstoles, estos lo transmitieron por su predicación y por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a todas las generaciones hasta el retorno glorioso de Cristo.

97 "La Tradición y la Sagrada Escritura constituyen el depósito sagrado de la palabra de Dios" (DV 10), en el cual, como en un espejo, la Iglesia peregrinante contempla a Dios, fuente de todas sus riquezas.

98 "La Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (DV 8).

99 En virtud de su sentido sobrenatural de la fe, todo el Pueblo de Dios no cesa de acoger el don de la Revelación divina, de penetrarla más profundamente y de vivirla de modo más pleno.

100 El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios ha sido confiado únicamente al Magisterio de la Iglesia, al Papa y a los obispos en comunión con él.


lunes, 9 de febrero de 2009

Dos Cánones: Escritura y Tradición ¿Cómo se define el canon bíblico? - James Akin


DOS CANONES: ESCRITURA Y TRADICIÓN
¿Como se define el canon biblico?
James Akin


Tradujo el Pbro. Marcelo Navarro, misionero del Instituto del Verbo Encarnado en Guyana



Muchos protestantes dirían: "Las tradiciones apostólicas nos obligarían si pudiéramos identificar cuáles tradiciones son apostólicas y cuáles no. Obviamente queremos obedecer y aceptar todo lo que los apóstoles mandaron y enseñaron en nombre de Dios."

Eso está bien. Los protestantes que dicen esto reconocen la autoridad de la enseñanza de los apóstoles, entonces simplemente necesitan ver el mecanismo por el cual nosotros reconocemos las enseñanzas de los apóstoles.


1. EL PRINCIPIO CANÓNICO

¿Cómo lo hacemos? La respuesta es que nosotros reconocemos la tradición apostólica de la misma manera que reconocemos la escritura apostólica. Hoy nos enfrentamos a una gran variedad de tradiciones, algunas apostólicas y otras meramente humanas. Del mismo modo la iglesia primitiva se encontró con un cuerpo de escritos, algunos apostólicos y otros meramente humanos.

La iglesia primitiva tuvo que clasificar estos documentos y descubrir cuáles eran auténticamente escritos apostólicos -aquellos escritos por un apóstol o un compañero suyo- y cuáles eran simplemente escritos humanos -aquellos que sólo decían proceder de un apóstol. El modo en que lo hicieron fue mediante la aplicación de ciertas pruebas.


2. ¿LA PALABRA DE DIOS DA TESTIMONIO DE SI MISMA?

A algunos anticatólicos como James White les gusta decir que el autor del salmo 119 sabía lo que era la palabra de Dios aunque la iglesia católica no estaba cerca de él para decírselo. Pero a menos que él fuera un profeta o tuviera acceso a un profeta, el salmista no tuvo un canon infaliblemente conocido en su tiempo. El canon no estaba aún terminado, mucho menos establecido.

Anticatólicos como White afirman que la palabra de Dios se autentifica por sí misma, que no necesita testigos. Este reclamo es sencillamente no bíblico. En la escritura las personas tenían regularmente que examinar la revelación para ver si comunicaba la palabra de Dios. Ésta no era siempre obvia, aún para las personas que recibían la revelación.

Por ejemplo, en 1 Samuel 3, cuando Dios habló por primera vez a Samuel, el joven profeta no reconoció la palabra de Dios. Pensó que era el anciano sacerdote Elí quien lo llamaba, entonces se levantó, fue al lugar donde descansaba Elí y le dijo: "¡Aquí estoy porque me has llamado!" Pero Elí le dijo: "Yo no te he llamado, vuélvete a acostar." Esto sucede tres veces: Dios llama a Samuel y el joven profeta, pensando que es Elí, salta (de la cama) y se apresura para ver qué quiere. Finalmente el anciano y experimentado sacerdote cae en la cuenta que Dios está llamando al muchacho y le dice qué hacer la próxima vez que escuche la voz. Resulta que el joven profeta no fue capaz de reconocer la voz de Dios y el experimentado sacerdote Elí tuvo que ayudarlo a reconocer la palabra de Dios. ¡Obviamente, la palabra de Dios no dio testimonio de sí misma delante de Samuel!

De modo semejante, en 1 Reyes 13, un hombre de Dios es enviado desde Judá a Bethel para profetizar. Dios le dice que no coma o beba hasta regresar. Pero a su regreso, un anciano profeta de Dios le dice que el Señor ha revocado el mandato de comer y beber. El hombre de Dios va entonces a su casa con el anciano para cenar. Pero cuando están comiendo, tiene la revelación que la orden de no comer ni beber tiene todavía efecto; el anciano profeta había mentido. Esto muestra otro caso donde un profeta no es inmediatamente capaz de discernir entre la voz de Dios y la voz del error. El hombre que Dios envió a Bethel no detectó el hecho de que lo que le dijo el anciano profeta no era palabra de Dios. Esta pretendida revelación no dio testimonio de sí misma como falsa palabra de Dios.

En Deuteronomio 13 y 18, Dios concede dos pruebas para saber si un profeta profiere la palabra de Dios. Si el profeta hace una predicción falsa o aconseja adorar otros dioses, no habla por boca del Señor. El hecho de que Dios conceda estas pruebas muestra que las revelaciones deben ser examinadas porque no siempre es obvio qué es y qué no es palabra de Dios.

Es por esto que Pablo dice en 1 Tesalonicenses 5, 20-21: "¡No despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedáos con lo bueno!" La Biblia nos dice así explícitamente que debemos examinar lo que es palabra de Dios y lo que no lo es, como en 1 Juan 4, 1: "examinad los espíritus para saber si proceden de Dios."

Entonces la palabra de Dios no da testimonio de sí misma en el modo en que alegan algunos protestantes. Dios nos invita y manda examinar cualquier revelación que pretende provenir de él. Esto incluye la escritura. Si alguien ofrece un libro que pretende ser (parte de) la escritura, tiene que ser examinado para ver si es un escrito apostólico o un escrito meramente humano.


3. LA CLAVE PARA LA CANONICIDAD

¿Cómo sabemos cuáles libros pertenecen a la Biblia? La respuesta de la iglesia primitiva era: aquellos libros que son apostólicos pertenecen al canon de la escritura. Si un libro ha sido transmitido por los apóstoles como escritura (como los libros del Antiguo Testamento) o si fue escrito por uno de los apóstoles o sus compañeros (como los libros del Nuevo Testamento), pertenece a la Biblia. La apostolicidad fue así la prueba para la canonicidad.

El protestante J.N.D. Kelly, historiador de la iglesia primitiva, escribe:

"A menos que se pudiera mostrar que un libro procedía de la pluma de un apóstol, o al menos que tuviera la autoridad de un apóstol detrás de él, era imperiosamente rechazado, no importa cuán edificante o popular pudiera ser para los fieles" (Early Christian Doctrines, 60).

Pero, ¿cómo se podía saber cuáles libros eran apostólicos? Ciertamente que no por medio de un libro que pretendiese ser apostólico, pues había muchos evangelios y epístolas falsos que circulaban con el nombre de los apóstoles. Tampoco el Espíritu Santo prometió a cada cristiano una revelación de los libros que pertenecían a la Biblia.

¿Cómo era, entonces, la prueba de apostolicidad llevada a cabo en la iglesia primitiva? Básicamente, había dos pruebas, ambas incluían la tradición.

Primero, eran reconocidos como apostólicos aquellos libros que estaban de acuerdo con las enseñanzas de los apóstoles transmitidas a la iglesia. Los escritos gnósticos y otros escritos que no coincidían con la tradición apostólica eran dejados de lado. Esto es algo que los escrituristas evangélicos admiten.

El exegeta protestante F.F. Bruce escribe que:

"[Los Padres de la iglesia primitiva] recurrieron al criterio de la ortodoxia... Este recurso al testimonio de las iglesias fundadas por los apóstoles fue desarrollado especialmente por Ireneo... Cuando previamente comenzaron a circular Evangelios o Hechos desconocidos... la pregunta más importante acerca de ellos era: ¿Qué enseña acerca de la persona y obra de Cristo? ¿Conserva el testimonio apostólico...? (The Canon of Scripture, 260).

Segundo, eran considerados como apostólicos aquellos libros que eran predicados en varias iglesias como venidos de la pluma de un apóstol o de uno de sus compañeros -no sólo sus doctrinas, sino el libro mismo-. Si una obra determinada no era considerada apostólica y no se predicaba como tal en las iglesias, entonces era rechazada. Esto era también un recurso a la tradición porque miraba a la tradición de las iglesias como una guía para la apostolicidad. Si la tradición de las iglesias no reconocía un libro como apostólico, éste no era incluido en el canon.

El hecho de que esto también era usado en la iglesia primitiva para establecer la apostolicidad es también admitido por los escrituristas protestantes. F.F. Bruce escribe:

"Es digno de notar cuando uno piensa en ello, que los cuatro evangelios canónicos son anónimos, mientras que los evangelios que proliferaban a fines del siglo segundo y más tarde, reclaman haber sido escritos por apóstoles y otros testigos oculares. Eclesiásticos católicos vieron entonces que era necesario defender la autenticidad apostólica de los evangelios... La autoría apostólica de Mateo y Juan estaba bien establecida en la tradición. Pero ¿qué sucedía con Marcos y Lucas? Su autoría estaba también bien establecida en la tradición" (ibid., 257).

Por supuesto, no todas las iglesias estaban de acuerdo. Algunos apologetas protestantes se apegan a la afirmación que el fragmento Muratoriano, una antigua lista del canon del 170 d.C. aproximadamente, incluye casi todo el Nuevo Testamento. Pero no señalan que el fragmento Muratoriano también omitía algunas obras de su canon. No incluía Hebreos, 1 y 2 Pedro y 3 Juan. Además incluía algunas obras que los apologetas protestantes no considerarían como canónicas: el Apocalipsis de Pedro y la Sabiduría de Salomón. Había, pues, manifiesto desacuerdo en la extensión del canon.

Finalmente, el canon del Nuevo Testamento fue establecido por el Concilio de Roma en el año 382 durante el papado de Dámaso I. Hasta este momento, sus libros específicos no estaban firmemente establecidos.

Ahora, un apologeta protestante tendrá que estar de acuerdo en que los presentes en el Concilio de Roma incluyeron en el canon todos los libros verdaderos y sólo los verdaderos, o estar en desacuerdo. Si está en desacuerdo, lo estará también con el canon del Nuevo Testamento de la misma Biblia que él usa, porque fue el Concilio de Roma el que estableció dicho canon.

Pero si acepta que el Concilio de Roma incluyó todos los libros verdaderos y sólo los libros verdaderos en el canon del Nuevo Testamento, entonces tendrá que admitir que la iglesia primitiva realizó una decisión infalible (infalible porque incluyó todos los libros verdaderos y sólo ellos, tomando así una decisión inequívoca bajo la guía providencial de Dios, la cual es infalible). Esta decisión infalible se tomó trescientos años después de la muerte del último apóstol. Pero si los concilios de la iglesia son capaces de llegar a decisiones infalibles trescientos años después de la muerte del último apóstol, el apologeta protestante no tendrá motivos para afirmar que (los concilios) son incapaces de hacer lo mismo más tarde en la historia de la iglesia.


4. EL CANON DE LA TRADICIÓN

El hecho de que la iglesia haya decidido sobre esto trescientos años después de la muerte del último apóstol es significativo, pero no menos significativo es el hecho de que cuando tomó esta decisión lo haya hecho sobre la base de la tradición.

Como ya dijimos, la iglesia tenía frente a sí tradiciones opuestas acerca de los libros que debían ser incluidos en la escritura. Algunas tradiciones, por ejemplo, decían que Hebreos estaba incluido en el canon; otros decían que no. Una de estas tradiciones (la que indicaba su inclusión en el canon) era apostólica, la otra (partidaria de la exclusión) era meramente humana. Para decidir si la carta a los Hebreos pertenecía a la escritura, la iglesia tuvo que decidir en favor de una tradición sobre la otra. Así, para establecer la apostolicidad de un escrito, tuvo que establecer la apostolicidad de la tradición.

Como resultado, la iglesia no sólo puede establecer reglas sobre qué es apostólico y qué no cientos de años después de la muerte del último apóstol, sino que también puede reglamentar cuáles tradiciones son apostólicas y cuáles no, y hacerlo en cualquier época de la historia de la iglesia.

Entonces, la iglesia puede establecer reglas sobre el canon de la tradición del mismo modo que lo hace con el canon de la escritura. La iglesia es la esposa viva de Cristo y ella reconoce la voz de su esposo. Ella es capaz de señalar determinados escritos y decir: "Aquél es apostólico, aquél no lo es." Y es capaz de señalar determinadas tradiciones y decir: "Aquella es apostólica, aquella otra no. En esta reconozco la voz de mi esposo, en aquella no."

El mecanismo mediante el cual establecemos el canon de la tradición es entonces el mismo por el cual establecimos el canon de la escritura. El mismo principio vale para ambos contextos. La iglesia es testigo de ambos cánones.


5. PRUEBAS PARA EL CANON DE LA TRADICIÓN

Obviamente la iglesia tiene pruebas que usa para reconocer cuáles tradiciones son apostólicas, así como tenía pruebas para establecer qué escrituras eran apostólicas.

Una de las pruebas consiste en ver si una determinada tradición contradice lo que ha sido previamente revelado. Como señalan a menudo los anticatólicos, tales tradiciones deben ser probadas a la luz de la escritura. Si una determinada tradición contradice algo que Dios ha dicho en la escritura (o algo dicho en una ya conocida tradición apostólica) eso muestra que es simplemente una tradición humana y debe ser descartada. La iglesia se alegra de poder probar tales tradiciones a la luz de la escritura.

Por supuesto la iglesia también aplica el lado secundario de esta prueba: en la iglesia primitiva cualquiera escrito presentado que no coincidiera con la tradición apostólica era rechazado del canon de la escritura. Así, cuando en los siglos segundo y tercero, los escritos de los gnósticos enseñaban que Jesús no era Dios o que el Dios del Antiguo Testamento no era el Dios de Jesucristo, esos libros fueron sumariamente rechazados sobre la base de que no coincidían con la tradición apostólica.

Naturalmente una vez que un escrito ha sido puesto a prueba y encontrado canónico no es más sujeto de prueba. Una vez que se ha demostrado que un escrito pertenece al canon de la escritura, no queda más abierto al debate. De modo semejante, una vez que una tradición ha sido puesta a prueba y encontrada canónica tampoco es sujeto de nuevos debates. Una vez que se ha demostrado que una tradición pertenece al canon de la tradición, no es más sujeto de pruebas.

Un apologeta protestante no podría cuestionar que un libro determinado del Nuevo Testamento pertenece al canon, basado en que (el libro) afirma algo que es difícil de reconciliar con lo dicho en otro libro. Una vez que se ha visto que es canónico, podemos confiar en que es palabra infalible de Dios y cualquier dificultad aparente que surja entre él y lo que Dios haya dicho en otra parte, puede ser resuelta. De la misma manera, una vez que una tradición ha sido probada y se ha hallado que es canónica, podemos confiar en que es palabra inequívoca de Dios y que cualquier dificultad que surja entre ella y cualquier cosa que Dios haya dicho en otra parte, tiene una solución. Si podemos tener confianza en la pequeñas desarmonías del canon de la escritura, podemos hacer lo mismo con el canon de la tradición.

Sabemos que cuando Dios habla en la escritura surgen algunas dificultades aparentes. Los liberales las usan para atacar la inerrancia de la escritura, entonces los conservadores escriben libros para mostrar por qué estas supuestas discrepancias no son tales. Pero si Dios habla en la escritura de tal modo que surgen aparentes discrepancias entonces deberíamos esperar que suceda lo mismo también cuando Dios habla en otra parte. Esto no es motivo de alarma.


6. EL PROBLEMA CANÓNICO

Pero el apologeta protestante tiene un problema todavía más fundamental pues para justificar su principio de la sola escritura o la teoría así llamada "sólo la Biblia", tendría que afirmar que nosotros sabemos cuáles libros pertenecen a la Biblia sin reconocer el rol autorizado de la tradición apostólica y de la iglesia en este asunto. Si, como en la teoría protestante, tuviéramos nosotros que probar todo a partir de la sola escritura, entonces tendríamos que ser capaces de mostrar lo que pertenece al canon de la escritura a partir de la sola escritura.

De hecho, no podemos ni siquiera comenzar a usar la sola escritura antes de haber identificado qué son las escrituras. Si alguno dice saber qué son las escrituras está haciendo entonces reclamo de un conocimiento posible, el cual sólo podría ser revelado por Dios ya que estamos hablando de un asunto sobrenatural, significando que está haciendo un reclamo a la revelación posible. Pero si toda revelación posible debe encontrarse en la Biblia, entonces la misma lista del canon debe encontrarse en las escrituras. El apologeta protestante debe mostrar entonces, a partir de la sola escritura, qué libros pertenecen a la Biblia.

Y esto es algo que no puede hacer. La lista del canon no se encuentra en la escritura. Muchos libros de la Biblia (de hecho, prácticamente todos los libros del Nuevo Testamento) no son citados por los otros libros de la Biblia, mucho menos citados explícitamente "como escritura" (algo que necesariamente es muy popular entre los apologetas protestantes). Y la Biblia no nos da una serie de pruebas por las cuales podemos probar infaliblemente qué libros en concreto pertenecen a ella. El hecho es que no existen "índices inspirados" dentro de la misma Biblia para decirnos qué pertenece a ella.

El apologeta protestante está en un aprieto. Para usar la sola escritura tiene que identificar qué son las escrituras, y ya que no puede hacerlo a partir de la sola escritura, tiene que recurrir a cosas exteriores a la escritura para presentar argumentos convincentes, significando que en el mismo momento de hacerlo, socava su razonamiento. No tiene modo de escapar al canon de la tradición.

La tradición apostólica era la clave para el canon en dos sentidos: diciéndonos qué doctrinas deben enseñar (o no enseñar) los libros apostólicos y diciéndonos qué libros fueron escritos por los apóstoles y sus compañeros.

Irónicamente los protestantes, que normalmente se burlan de la tradición en favor de la Biblia, ellos mismos están usando una Biblia basada en la tradición. De hecho, muchos protestantes honestos admitirían que ellos se atienen a algunos libros porque cuando ellos se hicieron cristianos alguien les transmitió (la palabra "trasmitir" viene del latín "tradere", es decir, "tradición") copias de la Biblia que contenían aquellos libros.


jueves, 29 de enero de 2009

Escritura y Tradición son el fundamento de la fe - Benedicto XVI


Benedicto XVI: Escritura y Tradición son el fundamento de la fe
Catequesis en la Audiencia General del miércoles


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 28 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación el texto de la catequesis pronunciada este miércoles por Benedicto XVI con ocasión de la Audiencia General, con los peregrinos congregados en el Aula Pablo VI.


* * * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

las últimas Cartas del epistolario paulino, de las que quisiera hablar hoy, se llaman Cartas Pastorales, porque se enviaron a figuras singulares de Pastores de la Iglesia: dos a Timoteo y una a Tito, colaboradores estrechos de san Pablo. En Timoteo, el Apóstol veía casi un alter ego; de hecho le confió misiones importantes (en Macedonia: cfr Hch 19,22; en Tesalónica: cfr 1 Ts 3,6-7; en Corinto: cfr 1 Cor 4,17; 16,10-11), y después escribió de él un elogio halagador: "Pues a nadie tengo de tan iguales sentimientos que se preocupe sinceramente de vuestros intereses" (Fil 2,20). Según la Storia ecclesiastica de Eusebio de Cesarea, del siglo IV, Timoteo fue después el primer obispo de Éfeso (cfr 3,4). En cuanto a Tito, también él debía haber sido muy querido al Apóstol, que lo define explícitamente "lleno de celo... mi compañero y colaborador" (2 Cor 8,17.23), es más, "mi verdadero hijo en la fe común" (Tt 1,4). El había sido encargado para un par de misiones muy delicadas en la Iglesia de Corinto, cuyo resultado reconfortó a Pablo (cfr 2 Cor 7,6-7.13; 8,6). Seguidamente, por cuanto sabemos, Tito alcanzó a Pablo en Nicópolis de Epiro, en Grecia (cfr Tt 3,12), y fue después enviado por él a Dalmacia (cfr 2 Tm 4,10). Según la carta dirigida a él, acabo siendo obispo de Creta (cfr Tt 1,5).

Las Cartas dirigidas a estos dos Pastores ocupan un lugar totalmente particular dentro del Nuevo Testamento. La mayoría de los exegetas es hoy del parecer que estas Cartas no habrían sido escritas por el propio Pablo, sino que su origen estaría en la "escuela de Pablo", y reflejaría su herencia para una nueva generación, quizás integrando algún breve escrito o palabra del mismo Apóstol. Por ejemplo, algunas palabras de la Segunda Carta a Timoteo parecen tan auténticas que sólo podrían venir del corazón y la boca del Apóstol.

Sin duda la situación eclesial que emerge de estas Cartas es distinta a la de los años centrales de la vida de Pablo. Él ahora, retrospectivamente, se autodefine "heraldo, apóstol y maestro" de los paganos en la fe y en la verdad (cfr 1 Tm 2,7; 2 Tm 1,11); se presenta como uno que ha obtenido misericordia, porque Jesucristo -escribe así- "manifestase primeramente toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna" (1 Tm 1,16). Por tanto lo esencial es que realmente en Pablo, perseguidor convertido por la presencia del Resucitado, aparece la magnanimidad del Señor para nuestro ánimo, para inducirnos a esperar y a tener confianza en la misericordia del Señor que, a pesar de nuestra pequeñez, puede hacer cosas grandes. Además de los años centrales de la vida de Pablo, se presuponen también nuevos contextos culturales. De hecho, se hace alusión al surgimiento de enseñanzas consideradas totalmente equivocadas o falsas (cfr 1 Tm 4,1-2; 2 Tm 3,1-5), como las de quienes pretendían que el matrimonio no fuese bueno (cfr 1 Tm 4,3a). Vemos qué moderna es esta preocupación, porque también hoy se lee a veces la Escritura como objeto de curiosidad histórica y no como Palabra del Espíritu Santo, en la que podemos escuchar la misma voz del Señor y conocer su presencia en la historia. Podríamos decir que, con este breve elenco de errores presente en las Cartas, aparecen anticipados algunos esbozos de esa orientación errónea sucesiva que conocemos por el nombre de Gnosticismo (cfr 1 Tm 2,5-6; 2 Tm 3,6-8).

jueves, 22 de enero de 2009

¿La Biblia o la Tradición? Una contraposición poco bíblica


¿La Biblia o la Tradición?
Una contraposición poco bíblica


Cortesía de Catholic Answers


Los Reformadores Protestantes decían que la Biblia es la única fuente de las verdades de la fe, y que para entender su mensaje había tan solo que leer las palabras del texto. Es lo que se llama la teoría protestante de la sola scriptura, o en español "solamente la Biblia". Según esta teoría, ninguna autoridad no bíblica puede imponer una interpretación, y ninguna institución extrabíblica -por ejemplo la Iglesia- ha sido establecida por Jesucristo para hacer las veces de árbitro en caso de conflictos de interpretación.

Como buenos herederos de los Reformadores, las sectas fundamentalistas trabajan sobre la base de esta teoría, y no pierden oportunidad para sacar a relucir su principio, que por otro lado parecería ser su arma mas efectiva, algo que ellos aceptan como el fundamento indiscutible de sus puntos de vista.

Sin embargo, no hay cosa más difícil en el diálogo con los fundamentalistas que querer hacerlos demostrar porqué creen ellos en el principio de que la Biblia solamente, separada de toda otra fuente de autoridad, sea suficiente en cuestiones de fe. La cuestión se reduce a saber cuál es el motivo que un Fundamentalista tiene para creer que la Biblia es un libro inspirado, pues es obvio que ella puede tomarse como regla de fe solamente en el caso que pueda ser comprobada su inspiración, y por ende su inerrancia.

Claro que se trata de una cuestión que no preocupa demasiado a la mayoría de los cristianos, y ciertamente son pocos los que le ha brindado atención alguna vez. En general se cree en la Biblia porque es el libro aceptado por todos los cristianos, cuya autoridad no se discute; aún vivimos en tiempos en los que los principios cristianos influyen en la cultura y en el medio en el que vive la mayoría de la gente.

Un cristiano tibio que no daría ni la más mínima credibilidad al Corán, pensaría dos veces antes de hablar mal de la Biblia, ya que esta goza de cierto prestigio, aún cuando no pueda explicarla ni entenderla demasiado. Podría decirse que esa persona acepta la Biblia como inspirada -cualquiera sea su entendimiento de la inspiración- por razones de tipo cultural, razones que, sin duda, son de escaso o ningún valor, ya que por las mismas razones el Corán debería ser tenido como inspirado en países de cultura musulmana.


"Para mí es motivo suficiente"

Dígase lo mismo ante quien sostiene que la familia en la que uno vino al mundo siempre tuvo la Biblia como libro inspirado, y "para mí eso basta". Sería un buen motivo solamente para aquel que no pueda hacer un trabajo de reflexión serio, y no debemos nunca despreciar una fe sencilla, sostenida sobre fundamentos más bien débiles. Pero sea como sea, la mera costumbre familiar o local no puede establecerse como la base para creer en la inspiración divina de la Sagrada Escritura.

Algunos sectarios dicen que la Biblia es un libro inspirado porque "es un libro que inspira". Pero la palabra inspiración es precisamente lo que se quiere probar, y tengamos en cuenta que hay muchos escritos religiosos y muy antiguos que ciertamente son mas "inspirados" o "emotivos" que muchos textos, incluso libros enteros, del Antiguo Testamento. No es falta de respeto afirmar que ciertas partes de los escritos sagrados son tan áridos como lo serían las estadísticas militares; ¡y algunas partes de la Biblia (Antiguo Testamento) son eso, estadísticas militares!

Por ello concluyamos que no es suficiente creer en la Sagrada Escritura por motivos culturales o por costumbre, ni tampoco por sus textos emotivos o su belleza espiritual: hay otros libros, algunos totalmente seculares, que sobrepasan en belleza poética muchos pasajes de la Escritura.


¿Qué dice la Biblia de sí misma?

¿Y qué decir de lo que la misma Biblia enseña sobre su inspiración? Notemos que son muy pocos los pasajes donde la Biblia misma enseña su inspiración, aunque sea de modo indirecto, y la mayoría de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento no dicen absolutamente nada sobre su inspiración. De hecho ningún autor de los libros del Nuevo Testamento dice estar escribiendo bajo el impulso del Espíritu Santo, excepto San Juan al escribir el Apocalipsis.

Además, en el supuesto caso de que cada libro de la Biblia comenzase con la frase: "Este libro es inspirado por Dios", semejante frase no probaría nada: el Corán dice estar inspirado, el Libro del Mormón, varios libros de algunas religiones orientales. Es más, los libros de Mary Baker Eddy, la fundadora de la Ciencia Cristiana, y de Ellen G. White, fundadora del Adventismo del Séptimo Día se auto-declaran inspirados. Se puede concluir, con bastante sentido común, que el hecho de que un escrito se atribuya cualidades de inspiración divina no quiere decir que así lo sea.

Al fallar estos argumentos, muchos fundamentalistas retroceden y nos afirman que "el Espíritu Santo me dice claramente que la Biblia es inspirada", una noción bastante subjetiva, por decir lo menos, muy afín con aquella otra, tan común entre los sectarios, de que "el Espíritu Santo los guía para interpretar las Escrituras". Y así, el autor anónimo del artículo "Cómo puedo entender la Biblia", un folleto distribuido por la organización evangélica "Radio Bible Class" enlista doce reglas para estudiar la Biblia. La primera es "Busca la ayuda del Espíritu Santo. El Espíritu fue dado para iluminar las Escrituras y hacerlas revivir para ti cuando la estudies: deja que te guíe".

Si con esta regla se entiende que cualquier persona que pida a Dios guía para interpretar la Biblia recibirá esa guía de lo alto -y en este sentido lo entienden la mayoría de los fundamentalistas- entonces la multiplicidad de interpretaciones contrarias y contradictorias, aún entre los mismos Fundamentalistas, daría la preocupante sensación de que el Espíritu Santo no ha estado haciendo bien su trabajo...

miércoles, 21 de enero de 2009

Sagrada Tradición y Sagrada Escritura - Juan Pablo II


Sagrada Tradición y Sagrada Escritura
Juan Pablo II


Catequesis del 24 de Abril de 1985



1. ¿Donde podemos encontrar lo que Dios ha revelado para adherirnos a ello con nuestra fe convencida y libre?. Hay un "sagrado depósito", del que la Iglesia toma comunicándonos sus contenidos.

Como dice el Concilio Vaticano II: "Esta Sagrada Tradición con la Sagrada Escritura de ambos Testamentos, son el espejo en el que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el día en que llegue a verlo cara a cara, como El es" (Dei Verbum, 7).

Con estas palabras la Constitución conciliar sintetiza el problema de la transmisión de la Revelación Divina, importante para la fe de todo cristiano. Nuestro "credo", que debe preparar al hombre sobre la tierra a ver a Dios cara a cara en la eternidad, depende en cada etapa de la historia, de la fiel inviolable transmisión de esta auto-revelación de Dios, que en Jesucristo ha alcanzado su ápice y su plenitud.

2. Cristo mandó "a los Apóstoles predicar a todo el mundo el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos" (n. 7). Ellos ejecutaron la misión que les fue confiada ante todo mediante la predicación oral, y al mismo tiempo algunos de ellos "pusieron por escrito el mensaje de salvación inspirados por el Espíritu Santo" (n. 7). Esto hicieron también algunos del círculo de los Apóstoles (Marcos, Lucas).

Así se formó la transmisión de la Revelación divina en la primera generación de cristianos: "Para que este Evangelio se conservara siempre vivo e integro en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, dejándoles su función en el magisterio (S. Ireneo)" (n. 7).

3. Como se ve, según el Concilio, en la transmisión de la divina Revelación en la Iglesia se sostienen recíprocamente y se completan la Tradición y la Sagrada Escritura, con las cuales las nuevas generaciones de los discípulos y de los testigos de Jesucristo alimentan su fe, porque "lo que los Apóstoles transmitieron . comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del Pueblo de Dios" (n. 8).

"Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras y de las instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón, cuando comprenden internamente los viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios" (n. 8).

Pero en esta tensión hacia la plenitud de la verdad divina la Iglesia bebe constantemente en el único "depósito" originario, constituido por la Tradición apostólica y la Sagrada Escritura, las cuales "manan de una misma fuente divina, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin" (n. 9).

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