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lunes, 15 de noviembre de 2010

Música litúrgica e inculturación: tres grandes errores

Música litúrgica e inculturación: tres grandes errores


Ofrecemos nuestra traducción de un artículo, publicado en la edición italiana de Zenit, del profesor Aurelio Porfiri, docente de música litúrgica y dirección de coro, coordinador del programa musical en la Universidad de San José de Macao (China), y compositor de cantos litúrgicos en latín, italiano e inglés, sobre los tres grandes errores en la relación entre la música litúrgica y las diversas culturas.


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Examinando desde hace años la cuestión, yo creo que se tiende a caer en tres errores u obstáculos cuando se habla de cómo la música se debe inculturar en el mundo de hoy. Son errores probablemente hechos de buena fe y estoy obviamente abierto a la discusión. Pero después de años de observación y lecturas me parece precisamente que, al menos en estos tres puntos, sería necesario reflexionar más atentamente.

Un primer error común es: inculturación significa recomenzar desde cero, significa destruir la cultura litúrgica (y musical) de proveniencia. Ahora bien, no podemos callar, sin ser injustos, que el cristianismo se ha desarrollado en determinados contextos culturales que han aportado también muchas cosas buenas y todavía en parte válidas para la función del mensaje mismo, también en la liturgia y en la música. ¿Por qué destruir todo?. En efecto, algunos ejemplos verdaderamente buenos de inculturación de la música litúrgica son precisamente la prueba de que la destrucción no sirve de nada; lo que sirve es la nueva creación generada por aquello que viene de antes y que se convierte en parte, me animaría a decir genética, de esta nueva creación. Este pasado no es un estorbo, es una oportunidad. Canto gregoriano y polifonía han sido por siglos el repertorio litúrgico de la Iglesia católica. Podemos intentar ir más allá pero no por esto es necesario despreciarlos o considerarlos como enemigos de la “nueva música litúrgica”. Deberían ser los padres a los cuales respetar y amar, no tiene sentido avergonzarse de ellos. Por parte de algunos hay una furia, casi revolucionaria me atrevería a decir, que busca comenzar siempre todo desde cero, lo que me parece, al menos, imprudente. Lo que se necesita no es una revolución sino una evolución. Siempre buscar hacerlo mejor pero con la conciencia de poder ver más lejos porque nos queremos sentar sobre las espaldas de los gigantes que nos han precedido. Recordemos que la instrucción de 1994 sobre la inculturación en la Liturgia Romana se llamaba Varietates Legitimae, legítimas diferencias, variaciones, no destrucciones.

Un segundo error común es de tipo más cultural: se identifica como cultura de ciertas naciones un determinado repertorio que, en realidad, es más la cultura creada por los mass media. Cuántas veces he oído cantar a los jóvenes las habituales canciones resonantes, modelos musicales provenientes de la música de consumo (que no tiene nada de malo en sí misma, es el contexto el que está equivocado). Ahora bien, como ya advertía el Cardenal Ratzinger en su libro Introducción al espíritu de la liturgia, no se puede decir propiamente que esta música sea música popular (en el sentido expresado por la Sacrosanctum Concilium en el punto 119, expresión del genio de un pueblo), dado que es claramente el producto de algunas determinadas estrategias de mercado. Tampoco se puede negar que la gran música del pasado no era popular en sentido estricto, siendo el fruto de estrategias eclesiásticas y políticas. Pero creo que la diferencia relevante es que la música litúrgica del pasado nunca ha pretendido ser “popular” sino que, sin duda, era para el pueblo. Nacía como gran arte para estar luego a disposición de todos. Es necesario hacer también una observación que proviene de la historia: sabemos cómo la causa del movimiento ceciliano para la reforma de la música litúrgica, que influenciará también el famoso Motu Proprio de San Pío X, será el tipo de música que se escuchaba en las iglesias del siglo XIX, fuertemente influenciada por la música operística. Pero, y esto a menudo no se dice, aquello era realmente un ejemplo logrado de inculturación. La música operística en el siglo XIX era la música de todos, pobres y ricos, impregnaba el tejido social y cultural. Por lo tanto, tomando la manera en que algunos entienden hoy la inculturación, debería ser aceptada con todos los honores. Pero, aunque era a veces de producción técnica apreciada y amada por amplios estratos del pueblo y del clero, no fue luego aceptada porque no se conformaba a algunos cánones que la música litúrgica debería poseer y sobre los que se podrá volver luego. Por lo tanto, este repertorio fue sustituido poco a poco por otro que se consideraba más conforme a la acción litúrgica. Siempre en Varietates Legitimae, en el punto 19, se dice que las culturas deben ser purificadas y santificadas en el momento de encuentro con la liturgia. No se toma todo lo que hay. San Pablo hablaba de examinar todo y quedarse con lo que es bueno, no arrojarse en los brazos de las mutabilidades humanas.


jueves, 11 de noviembre de 2010

El “milagro arquitectónico” de Gaudí llena las calles de Barcelona de banderas vaticanas y catalanas - Juan Francisco Jiménez Jacinto

El “milagro arquitectónico” de Gaudí llena las calles de Barcelona de banderas vaticanas y catalanas
Juan Francisco Jiménez Jacinto


La Sagrada Familia ya es Basílica. Más de 250.000 personas dan una calurosa bienvenida al Papa en la dedicación del templo


El Templo de la Sagrada Familia ya es Basílica. El propio Benedicto XVI ha querido viajar hasta Barcelona para elevar a esta consideración la obra arquitectónica maestra del catalán Antoni Gaudí. Tras leer la bula papal que consideraba a tal efecto el monumento, los más de 7.000 fieles y personalidades que abarrotaban el templo han estallado en un espontáneo aplauso.

Pero la mañana empezaba mucho antes, cuando a las 9.30 el papamóvil se echaba a las calles de Barcelona para dejarse arropar por más de 250.000 personas, según el Ayuntamiento de la ciudad, que le han acompañado a lo largo de esta mañana. El Papa ha podido vivir de primera mano la hospitalidad barcelonesa y entre banderas vaticanas y senyeras (la bandera de Cataluña) ha constatado el cálido ambiente católico que existe en la Ciudad Condal.

Al llegar al templo, las principales autoridades de la ciudad esperaban al Pontífice para darle la bienvenida. Así lo han hecho el presidente de la Generalitat, José Montilla; el ministro de la presidencia española, Ramón Jáuregui; José Bono, presidente del Congreso de los Diputados; y el alcalde de Barcelona, Jordi Hereu.

martes, 19 de octubre de 2010

¿Por qué está en crisis la música sacra? - P. Uwe Michael Lang

¿Por qué está en crisis la música sacra?
P. Uwe Michael Lang


El padre Uwe Michael Lang, oficial de la Congregación para el Culto Divino y consultor de la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, ha pronunciado una conferencia en la Academia Urbana de las Artes, en el marco del seminario “Las razones del arte”. L’Osservatore Romano publicó amplios pasajes de dicha relación, que a continuación ofrecemos en lengua española.


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Entre las muchas contribuciones clarividentes y agudas de Joseph Ratzinger – Benedicto XVI sobre la música sacra, hay una que encuentro particularmente interesante y que quisiera tomar como punto de partida para mis reflexiones: la conferencia “Problemas teológicos de la música sacra”, pronunciada en el Departamento de Música Sacra del Conservatorio Estatal de Música de Stuttgart en enero de 1977 y luego publicada también en otras lenguas. En italiano ha salido por primera vez algunos meses atrás en el libro “Teología de la Liturgia”, el primer volumen publicado de los dieciséis de la opera omnia de Joseph Ratzinger (Città del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2010, pagine 858, euro 55).

En esta conferencia, el entonces cardenal Ratzinger identificaba las causas de la crisis contemporánea de la música sacra tanto en la crisis general de la Iglesia desarrollada después del concilio Vaticano II como en la crisis de las artes en el mundo moderno, que ha afectado también a la música. Joseph Ratzinger estaba interesado, sobre todo, en los motivos teológicos de la crisis de la música sacra; parece que “ésta ha terminado en medio de dos piedras de molino teológicas de carácter más bien contrapuesto que, no obstante, cooperan concordemente en desgastarla”.

Por un lado, existe “el funcionalismo puritano de una liturgia entendida en sentido puramente pragmático: el evento litúrgico debe ser, como se dice, liberado del carácter cultual y reconducido a su sencillo punto de partida, un banquetee comunitario”. Esta actitud va de la mano con una lectura equivocada del principio de la participación activa (participatio actuosa), introducido por el Papa san Pío X y promovido por la Constitución del Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia. A menudo se entiende la participación activa como “una actividad igual en la liturgia de todos los presentes”, que ya no deja espacio a la música que tiene un tenor artístico más alto y que es cantada por un coro o por una schola, y comprende también el uso de los instrumentos musicales clásicos. En esta visión, sólo es lícito el canto de la asamblea, “que, a su vez, no debe ser juzgado en base a su valor artístico sino únicamente en base a su funcionalidad, es decir, en base a su capacidad de crear y activar una comunidad”.

Por otro lado, está lo que Joseph Ratzinger ha llamado “el funcionalismo de la adaptación”, que ha llevado a la aparición de nuevas formas de coros y orquestas que ejecutan música “religiosa” inspirada en el jazz y en el pop contemporáneo. El actual Papa observa que los “nuevos conjuntos (…) resultaban no menos elitistas que los antiguos coros de iglesia, pero no eran sometidos a la misma crítica”. Ambas actitudes teológicas tienen el mismo efecto: el repertorio tradicional de la música sacra, desde el canto gregoriano hasta las composiciones polifónicas del siglo XX, es juzgado inadaptado para la liturgia y es relegado a la sala de concierto, donde es cuidado y valorado como un objeto de museo o tal vez incluso transformado en una especie de liturgia “secular”.

lunes, 14 de junio de 2010

Guitarra y aplausos en la liturgia católica - P. Jon M. de Arza

Guitarra y aplausos en la liturgia católica
P. Jon M. de Arza, IVE


Para entrar en el tema del uso de los instrumentos en la liturgia, y en particular de la guitarra, no estaría de más recordar, como enseña el Card. Ratzinger, que «la liturgia cristiana se define por su relación con el Logos» (seguimos libremente, J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia. Una introducción, ed. Cristiandad, Madrid 2001, 171-179). Esto, en un triple sentido:

1) En la música litúrgica, basada en la fe bíblica, hay una «clara primacía de la palabra». De aquí se sigue «el predominio del canto sobre la música instrumental (que de ningún modo ha de ser excluida)».

2) El canto logra superar las palabras, que muchas veces no alcanzan para expresar la inefabilidad del misterio, pero no supera la Palabra (el Logos), por lo que se hace necesaria la música. Ahora bien, «la liturgia cristiana no está abierta a cualquier tipo de música». Una música que «arrastra al hombre a la ebriedad de los sentidos, pisotea la racionalidad y somete el espíritu a los sentidos», no eleva al hombre. Por eso la música litúrgica debe ser tal que, superando la sensualidad, eleve el corazón (sursum corda, “levantemos el corazón”).

3) «La música humana es tanto más bella cuanto más se adapte a las leyes musicales del universo». La liturgia debe ser cósmica, es decir, abierta al canto de los ángeles «que rodean a Dios e iluminan el universo». «Nosotros, al celebrar la Santa Misa, nos incorporamos a esta liturgia que siempre nos precede. Nuestro canto es participación del canto y la oración de la gran liturgia que abarca toda la creación». Por tanto, en la liturgia, los cantos deberían ser tales que se puedan cantar en presencia de los ángeles. Los instrumentos son el coro de las criaturas que acompañan la voz del hombre en la alabanza divina.

lunes, 7 de junio de 2010

La religión del hombre desacralizado - P. Alberto Ignacio Ezcurra Uriburu

La religión del hombre desacralizado
P. Alberto Ignacio Ezcurra Uriburu


Fragmento de un sermón del Padre Ezcurra, que se encuentra compendiado en el libro: «Tú Reinarás». San Rafael, Kyrios, 1994.


Ustedes empiezan a recorrer en cualquier lugar, santerías, imágenes, estampas, van a ver que una de las características de la imaginería religiosa de nuestro tiempo, de las agendas de Guadalupe, de las Paulinas, de los posters con motivos religiosos, de las estampas, es la desaparición de las imágenes sacras. ¿Qué es lo que aparece? Aparece un niño sonriendo, una pareja de jóvenes que camina, novios que caminan tomados de la mano, un viejo pidiendo limosna, un camino, arbolitos, pajaritos, pero lo religioso no. O sea, el hombre en el lugar de Dios. ¿Qué es lo que importa? En la liturgia, por ejemplo, hay una pérdida del sentido de lo sagrado, del sentido sobrenatural, de que el centro de la liturgia es misterio, el centro de la Misa es misterio. Y ¿dónde está la participación de la Misa? Está en la unión con el misterio, sí, con algo que es misterioso, con algo que no se ve sino solamente en la oscuridad de la fe. No, la Misa es ahora una asamblea, una comida, no es el sacrificio de Cristo que se actualiza, es una comida, es una reunión entre hermanos. ¿Entonces participar qué es? Participar es cantar todos juntos, tomados de la mano en el Padrenuestro, abrazarnos, llenarnos de besitos, estar contentos con los demás. Pero ¡no! No, la Misa no es eso. Es por supuesto comunión, pero esa comunión, es decir común-unión, ¿adónde se da? Se da en Cristo.

Yo estoy unido a los demás en la Misa si yo estoy unido a Cristo, si yo no estoy en gracia de Dios y voy a Misa, aunque cante más fuerte que los demás, aunque me tome de la mano de todos los vecinos en el Padrenuestro, aunque me abrace, me bese con toda la Iglesia, en el abrazo de paz, aunque sienta mucho, no participo de la Misa, estoy separado, o sea me falta, me falta aquella savia que me comunica; soy como una rama seca en el árbol. Ahí está la comunión, en tanto y en cuanto estoy en comunión, es decir en comunicación con Cristo. En tanto y en cuanto vivo en gracia puedo participar de la comunidad.

¿Todo tiene que hacerse comunitario? La Misa privada, si un sacerdote celebra Misa solito en su alma, perdido por ahí en algún rincón del mundo donde no hay ningún cristiano para ayudarlo, esa Misa es comunitaria, porque en esa Misa está presente toda la Iglesia, y porque los frutos de esa Misa son bendiciones para toda la Iglesia en la comunicación de los santos. Pero eso se da en el plano del misterio, en el plano oscuro del misterio y en cambio, lo otro, entiende ponerlo todo en el plano del sentimiento, de una comunicación sentimental, de una cosa puramente humana, de una fraternidad horizontal, el otro, el otro y el otro.

Es lo mismo que pasa con la música. La música que se quiere poner en las Iglesias es lo que puede hacer de la Iglesia lo más parecido a una sala de baile o a una confitería. ¿Por qué?. Porque tiene que mover. ¿Mover qué? Hay dos tipos de música; música que mueve el cuerpo, música que mueve el traste y hay música que mueve el alma. Y es más fácil captar la música que mueve el cuerpo. Mientras más ritmo tiene la música más se mueve uno inconscientemente apenas la empieza a escuchar.

En cambio, la música que mueve el alma es algo más sutil, es algo más fino, es más delicado. Pero si eso es lo que se quiere, esa música que lleva a lo sacro, hacia lo santo, hacia la trascendencia, ¿por qué se quiere rebajar, se quiere profanizar, se quieren profanar las cosas? Y en última instancia, ¿qué es?: el hombre en lugar de Dios, lo psíquico en el lugar de lo espiritual.


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