Escritura, Tradición y Magisterio
Mons. Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona, Obispo de Tudela y Director de Obras Misionales Pontificias en España
En este momento podemos recordar lo que decía Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa” (nº 45): “El Evangelio de la esperanza, entregado a la Iglesia y asimilado por ella, exige que se anuncie y testimonie cada día. Esta es la vocación propia de la Iglesia en todo tiempo y lugar… ¡Iglesia en Europa! Te espera la tarea de la ‘nueva evangelización’. Recobra el entusiasmo del anuncio”.
Hoy día se percibe entre los cristianos la necesidad de una gran reflexión a cerca de la Palabra de Dios. Así lo ha puesto de manifiesto la consulta que el Santo Padre quiso hacer al episcopado mundial, hace tres años, acerca del tema que interesaría afrontar en la próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Como es sabido, la mayor parte de las respuestas coincidían en proponer la Palabra de Dios como argumento central para la reflexión. Por eso, atendiendo al deseo prioritario de las Iglesias particulares, dado a conocer en esas respuestas de los Obispos, sus Pastores, Benedicto XVI propuso que la Asamblea General que se reunirá en Roma durante el próximo mes de octubre tratase sobre La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.
Este interés por la Palabra de Dios, actualmente muy vivo en la sensibilidad cristiana, ha aflorado de modo espontáneo, en más de una ocasión, durante los encuentros del Papa con gente joven, en los que, de un modo u otro, se van planteando muchas de las preguntas que la gente de la calle se hace acerca de las grandes cuestiones de la fe y de la vida cristiana.
En una de esas ocasiones, con motivo de la preparación de la 21º Jornada Mundial de la Juventud, el 6 de abril de 2006, Benedicto XVI se reunió en la Plaza de San Pedro con un grupo numeroso de jóvenes de Roma y del Lazio [1]. En ese encuentro, un chico de 21 años, estudiante de ingeniería química en la Universidad de “La Sapienza” le exponía con sencillez sus inquietudes con estas palabras:
«Ante las preocupaciones, las incertidumbres con respecto al futuro e incluso simplemente cuando afronto la rutina de la vida diaria, también yo siento la necesidad de alimentarme de la palabra de Dios y conocer mejor a Cristo, a fin de encontrar respuestas a mis interrogantes. A menudo me pregunto qué haría Jesús si estuviera en mi lugar en una situación determinada, pero no siempre logro comprender lo que me dice la Biblia. Además, sé que los libros de la Biblia fueron escritos por hombres diversos, en épocas diversas y todas muy lejos de mí. ¿Cómo puedo reconocer que lo que leo es, en cualquier caso, palabra de Dios que interpela mi vida?»
La respuesta de Benedicto XVI fue bien esclarecedora desde sus primeras frases:
«Un primer punto: Es preciso leer la sagrada Escritura no como un libro histórico cualquiera, por ejemplo como leemos a Homero, a Ovidio o a Horacio. Hay que leerla realmente como palabra de Dios, es decir, entablando una conversación con Dios. Al inicio hay que orar, hablar con el Señor: “Ábreme la puerta”. Es lo que dice con frecuencia san Agustín en sus homilías: “He llamado a la puerta de la Palabra para encontrar finalmente lo que el Señor me quiere decir”».
Y, a continuación, añadía:
«Un segundo punto es: la sagrada Escritura introduce en la comunión con la familia de Dios. (…) Y un tercer punto: si es importante leer la sagrada Escritura con la ayuda de maestros, acompañados de los amigos, de los compañeros de camino, es importante de modo especial leerla en la gran compañía del pueblo de Dios peregrino, es decir, en la Iglesia».
El Papa mostraba así, de un modo claro y pedagógico, que entre Sagrada Escritura e Iglesia, hay una íntima relación, desde la que cada una de ellas se comprende en plenitud.
Y continuaba explicando de qué modo se puede interpretar adecuadamente la Biblia para atender en ella a la Palabra de Dios que interpela:
«Escuchando a Dios se aprende a escuchar la palabra de Dios, y luego también a interpretarla. Así se hace presente la palabra de Dios, porque las personas mueren, pero el sujeto vital, el pueblo de Dios, está siempre vivo y es idéntico a lo largo de los milenios: es siempre el mismo sujeto vivo, en el que vive la Palabra».
El mismo Benedicto XVI había querido explicar, en otra ocasión, las consecuencias que se siguen, a la hora de interpretar la Biblia, de la íntima relación entre la Iglesia y la Palabra de Dios. Fue en la ceremonia de toma de posesión de la Basílica de Letrán, en los primeros días de su pontificado:
«En la Iglesia, la Sagrada Escritura –cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo– y el ministerio de la interpretación auténtica –conferido a los apóstoles–, se pertenecen mutuamente de manera indisoluble. Allí donde la Sagrada Escritura es extraída de la voz viva de la Iglesia, se convierte en víctima de las disputas de los expertos. Ciertamente todo lo que éstos pueden decirnos es importante y precioso; el trabajo de los sabios nos es de notable ayuda para poder comprender el proceso vivo con el que creció la Escritura y comprender así su riqueza histórica. Pero la ciencia por sí sola no puede ofrecernos una interpretación definitiva y vinculante; nos es capaz de darnos, en la interpretación, esa certeza con la que podemos vivir y por la que también podemos morir. Para ello se necesita la voz de la Iglesia viva, de esa Iglesia confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles hasta el final de los tiempos» [2].
Sobre esta cuestión es sobre la que quisiera compartir con ustedes ahora algunas reflexiones. Es decir, sobre la Palabra de Dios recibida en la Iglesia, sobre su proclamación en cada momento de la historia, y sobre la tarea que compete a Pedro y al colegio de los apóstoles para que esa Palabra se haga vida hasta el fin de los tiempos.