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martes, 19 de junio de 2018

Sobre el Comunicado de la CEA respecto de la Votación en Diputados a Favor del Aborto

Repudio al Aborto Clerical
Antonio Caponnetto


Extraordinario artículo de Don Antonio Caponnetto ante el más que penoso comunicado de la CEA respecto de la votación en Diputados de la Nación Argentina a favor de la Ley de Despenalización del Aborto.


Tras el resultado favorable al aborto en la Cámara de Diputados, el 14 de junio del corriente,  la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina junto con la Comisión Episcopal de Laicos y Familia (Celaf) emitió un comunicado. El mismo es un muestrario vergonzoso de insensateces y de cobardías, que los católicos verdaderos sólo podemos rechazar con desprecio.

-No podemos aceptar que se diga que lo que acaba de suceder nos causa “el dolor por el olvido y la exclusión de los inocentes”. El aborto no es un olvido o una exclusión. Es un asesinato vil y abyecto, tanto más si, como en este caso, cuenta con el patrocinio de los poderes políticos, subordinados a su vez al Poder Mundial. 

-No podemos aceptar que se nos proponga luchar “por la dignidad de toda vida humana”; porque el que con pertinacia y porfía niega el derecho a la vida a los inocentes y propone su exterminio, su mismo pecado lo vuelve indigno, mezquino y punible; tanto más si es una autoridad devenida en tiránica y propulsora de la violación descarada del Quinto Mandamiento. A esta clase de sujetos, que son verdaderas amenazas contra el bien común y caen en malicia suprema, no debe ofrecérseles amistad, enseña Santo Tomás, sino querella frontal y llegado el caso la muerte (Suma Teológica, II, IIae, q.25, art.6). Una cosa es luchar por la dignidad creatural del hombre, hecho a imago y simillitudo Dei; otra cosa es pecar contra la justicia, tratando al indigno como si no mereciera pugna, impugnación y castigo.

-No podemos aceptar que se insista en la suprema idiotez y complicidad manifiesta, de seguir “con el debate legislativo”. Se ha llegado a este extremo de corrupción de las leyes, de los principios y de las costumbres, precisamente por no tener la cordura y la valentía de impugnar a la democracia como la corrupción de la república y sistema inherentemente perverso. Lo que ha sucedido no es la agregación de “otro trauma, el aborto”, a los problemas que arrastra la mujer, y al cual habría que hallarle una solución prosiguiendo con el susodicho debate legislativo. El aborto no es un trauma; es un pecado mortal. Los que queden traumados por practicarlo tendrán la posibilidad de regenerar su salud psíquica o corpórea. Los niños descuartizados, ya no.

lunes, 23 de abril de 2018

Santidad Clase Media

Cuando los santos vienen reptando


Magnífico artículo comentando la Exhortación Apostólica «Gaudete et exsultate» (GE) del Papa Francisco «sobre el llamado a la santidad en el mundo actual», realizado por un colaborador del Blog amigo “Wanderer”.


“¡Buscad las cosas de Arriba!”
Colosenses 3, 1.

El reciente documento Papal (GE) es objetable en un sinfín de aspectos y de un sinfín de maneras. Su horizontalismo, su terrenismo, su mirada asfixiada y asfixiante en el círculo sin salida del hombre y sus minúsculos avatares temporales, la sistemática devaluación de nuestra Fe, la apología de lo mediocre pueden ser ejemplificados con gran número de frases extraídas de la penosa Exhortación. Errores sutiles o burdos se han ido marcando y se seguirán haciendo en el correr de estas semanas. Citas trampeadas de san Agustín, san Buenaventura, santo Tomás han sido de inmediato denunciadas y desenmascaradas en su vil manipulación: recortadas, mochadas al mejor estilo Viganò. Y así, muchas otras falacias del texto están siendo cuidadosa y minuciosamente explicadas en diversos medios.

También se ha manifestado ya (a riesgo ya de caer en tautológicas trilladuras) lo banal del estilo simplista, minimalista, trivial e insípido. No es justamente un texto (¿hará falta decirlo?) que encienda los corazones en el fervor gallardo, que enardezca a los desmotivados jóvenes a librar feroz batalla en favor de la santidad ni nada semejante. No es precisamente un texto que hinche los pulmones, empañe los ojos y mueva el alma a lanzarse de lleno a la locura de la santidad. La épica no es su fuerte. Muy por el contrario, se esmera en Pontífice, desde el primer renglón hasta el último, en mantener intacta su caligrafía (esa letra diminuta) con que vindicar la mediocridad.

De Francisco hubiera dicho Chesterton: enarbola la sencillez, que es un pomposo nombre para la moderación, que a su vez es un nombre elegante para la mediocridad.

Y esto, más que en tal o cual frase puntual del texto, hay que descubrirlo en su clima general, su atmósfera; insistamos: en su caligrafía. Aquí sabe más el buen paladar que el aceitado silogismo. Pues se trata de eso: de un sabor, un inefable sabor pastoso, terroso, arcilloso, sin reminiscencias ni a la Roca ni al Agua ni al Fuego, que son los precursores de todo lo que sabe a Dios. Además, dirían los enólogos, es un vino “corto”, que se apaga en la boca de inmediato.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La cruz del Obispo de Roma

La cruz del Obispo de Roma


Continuando con la serie de profundizaciones preparadas por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, ofrecemos hoy nuestra traducción del artículo referido a la férula papal.


El báculo como insignia episcopal de los obispos y de los abades se remonta al siglo VII en algunas fuentes españolas, aunque su uso podría ser tal vez más antiguo. Parece que el báculo como símbolo de la autoridad episcopal ha pasado desde la península ibérica a Inglaterra, a la Galia y Alemania. Sin embargo, de las descripciones de la solemne Misa papal en los Ordines Romani no se evidencia su uso. También las representaciones de los papas confirman que el báculo episcopal no formaba parte de las insignias del Papa, porque no se lo ve en ningún monumento iconográfico realizado en Roma. Por eso, Inocencio III († 1216) escribe en su De sacro altaris mysterio (I, 62): “Romanus Pontifex pastorali virga non utitur”.

La razón de esta costumbre reside tal vez en el hecho de que el báculo era un símbolo de la investidura del nuevo obispo electo por parte del metropolitano o de otro obispo (ceremonia que, desde el período carolingio hasta la época de la lucha de las investiduras, era hecha cada vez más por los soberanos seculares). El Papa, en cambio, no recibía la investidura de otro obispo, como señaló Bernardo Bortono de Parma (†1263) en la Glosa ordinaria de los Decretales de Gregorio IX (I,15): el Papa recibe su poder sólo de Dios. Santo Tomás de Aquino hace un razonamiento ulterior cuando comenta que “Romanus pontifex non utitur baculo … etiam in signum quod non habet coarctatam potestatem, quod curvatio baculi significat” (Super Sent., lib. 4 d. 24 q. 3 a. 3 ad 8), refiriéndose a la forma ya común del báculo curvado en la cima, como signo del cuidado pastoral y de la jurisdicción.

Desde la Alta Edad Media, si no antes, los Papas se sirvieron de la ferula pontificalis como insignia que indicaba su potestad temporal. La forma de la férula no es bien conocida. Probablemente era un bastón que llevaba una cruz en su parte superior. En el Medioevo, cuando después de su elección el Papa tomaba posesión de la Basílica Lateranense, se le presentaba la férula del prior de San Lorenzo en el Laterano (es decir, de la Sancta Sanctorum) como “signum regiminis et correctionis”, es decir, como símbolo de gobierno que incluye el castigo y la penitencia. La presentación de la férula era un acto importante pero no tenía el mismo significado que la imposición del palio en la coronación del Papa. De hecho, ya no fue observada al menos desde el comienzo del siglo XVI.

El uso de la férula nunca ha formado parte de la liturgia papal, exceptuando algunas ocasiones como la apertura de la puerta santa y las consagraciones de las iglesias, en las que el Papa tomaba la férula para golpear tres veces la puerta y para dibujar el alfabeto latino y griego sobre el pavimento de la iglesia. En la Baja Edad Media, los Papas usaban como férula también un bastón con la cruz triple.

martes, 7 de septiembre de 2010

León XIII, según Benedicto XVI

León XIII, según Benedicto XVI


El Papa emprendió hoy su primer viaje, luego de las vacaciones de verano, que lo llevó por unas pocas horas a Carpineto Romano, donde celebró la Santa Misa con ocasión de los doscientos años del nacimiento del Papa León XIII, Vincenzo Gioacchino Pecci.

En la homilía pronunciada por Benedicto XVI en el pueblo natal del Papa más longevo de la historia, quedó de manifiesto la particular admiración y veneración del actual Pontífice por su ilustre Predecesor. Luego de identificar el tema de la liturgia del día en “el primado de Dios y de Cristo”, el Papa afirmó que “el Sumo Pontífice León XIII fue un hombre de gran fe y de profunda devoción. Esto es siempre la base de todo, para cualquier cristiano, incluido el Papa. Sin la oración, sin la unión interior con Dios, no podemos hacer nada…”.

Como una primera cualidad del Papa Pecci, Benedicto XVI señaló “el amor de Dios y de Cristo, al que no debe anteponerse absolutamente nada”. Hablando de su abundante Magisterio, compuesto por numerosísimas Encíclicas y Cartas Apostólicas, Benedicto XVI explicó que “están aquellas de carácter propiamente espiritual, dedicadas sobre todo al incremento de la devoción mariana, especialmente mediante el santo Rosario. Se trata de una auténtica catequesis, que marcó desde el comienzo hasta el final los 25 años de su Pontificado. Pero encontramos también los Documentos sobre Cristo Redentor, sobre el Espíritu Santo, sobre la consagración al Sagrado Corazón, sobre la devoción a san José, sobre san Francisco de Asís”.

En segundo lugar, el Papa señaló la “sabiduría cristiana”, un aspecto que “se verifica en la acción pública de todo Pastor de la Iglesia, en particular de todo Sumo Pontífice, con las características propias de la personalidad de cada uno”. “Todo pastor – explicó Benedicto XVI – está llamado a transmitir al Pueblo de Dios no verdades abstractas sino una «sabiduría», es decir, un mensaje que conjuga fe y vida, verdad y realidad concreta. El Papa León XIII, con la asistencia del Espíritu Santo, fue capaz de hacer esto en un período histórico que está entre los más difíciles para la Iglesia, permaneciendo fiel a la tradición y, al mismo tiempo, enfrentándose con las grandes cuestiones abiertas. Y lo logró precisamente sobre la base de la «sabiduría cristiana», fundada en las Sagradas Escrituras, en el inmenso patrimonio teológico y espiritual de la Iglesia Católica y también en la sólida y límpida filosofía de Santo Tomás de Aquino, que apreció en grado sumo y promovió en toda la Iglesia”.

viernes, 6 de agosto de 2010

¡Prohibirán el casarse! - Fray Rabieta

¡Prohibirán el casarse!
Fray Rabieta


El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos
habrá quienes apostatarán de la fe, prestando oídos a espíritus de engaño
y a doctrinas de demonios…
y prohibirán el casarse.
I Tim. IV:1, 3


Mis inútiles petimetres:

Lo peor de todo, como siempre, son los católicos. Católicos ignorantes, católicos confundidos, católicos de letrerito, católicos tibios, católicos mundanos, católicos sodomitas.

No hay para qué decirlo, pero lo diremos igual: la mayoría de los católicos de después de la Segunda Guerra Mundial, resolvieron que había que darle a la Iglesia Católica un aspecto más atractivo, más simpático, más condescendiente, más agradable al paladar del mundo post-1945. Y entonces, desde el instante mismo en que se empeñó en volverse atractiva para el mundo, la Iglesia se mundanizó. Así fue, no me lo discutan porque es indiscutible: para seducir al mundo adoptó una axiología, un lenguaje, una liturgia, una sociología, un estilo, una apariencia y, brevemente, un modo de estar ahí, que se le antojaba no podía sino atraer a más hombres, al mundo. Por supuesto que la cosa se dio al revés, y ellos fueron los seducidos. Y lo llamaron, a fe mía un poco anticipadamente, “la primavera de la Iglesia”.

Pero en buen romance, eso se llama “colusión con el mundo” y se trata de una negociación de cosas que no son negociables, del ocultamiento de cosas inocultables, del disfraz de verdades que no admiten cosmética, del silencio sobre asuntos que nadie tiene derecho a callar. Y para hacer el negocio más digerible, la Iglesia se llenó de un torrente de palabras, neologismos, giros, mots de passe, claves y clichés con el que esconderían la traición a la Tradición, al sagrado depósito de las verdades de Fe: tolerancia, diálogo, ecumenismo, progreso, comunidades de base, teología de la liberación, aggiornamento, svolta antropologica y tutte le quanti. Y además, para los que se opusieran al Gran Proyecto echaron mano a un arsenal de adjetivos que cargaron con máxima connotación negativa: inquisitorial, medieval, oscurantista, integrista, retrógrado, son sólo algunos de los insultos progres que me vienen a la cabeza, aunque tampoco se privaron de usar los viejos denuestos de soberbio, intolerante, fariseo, loco, mentiroso o lo que viniera a mano.

Ahora bien, mis inestimables palurdos, esa colusión con el mundo dio frutos que tenemos, cuarenta años después, a la vista: relativismo en cuestiones dogmáticas, racionalismo exegético, desacralización litúrgica, herejías al por mayor, confusión y más confusión, generalizada ignorancia y un optimismo a prueba de balas (aunque de ese optimismo sesentista quede cada vez menos, apenas si una canzonetta plebeya como “Alma misionera” o “Zamba del grano de trigo”).

miércoles, 26 de mayo de 2010

La Comunión de rodillas y en la lengua - Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

La Comunión de rodillas y en la lengua
Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice


La más antigua práctica de distribución de la Comunión fue, muy probablemente, la de dar la Comunión a los fieles en la palma de la mano. Sin embargo, la historia de la Iglesia evidencia también el proceso, iniciado tempranamente, de transformación de esta práctica. Desde la época de los Padres, nace y se consolida una tendencia a restringir cada vez más la distribución de la Comunión en la mano y a favorecer la distribución en la lengua. El motivo de esta preferencia es doble: por una parte, evitar al máximo la dispersión de los fragmentos eucarísticos; por otra, favorecer el crecimiento de la devoción de los fieles hacia la presencia real de Cristo en el sacramento.

A la costumbre de recibir la Comunión sólo sobre la lengua hace referencia también santo Tomás de Aquino, el cual afirma que la distribución del Cuerpo del Señor pertenece sólo al sacerdote ordenado. Esto, por diversos motivos, entre los cuales el Doctor Angélico cita también el respeto hacia el sacramento, que “no es tocado por nada que no esté consagrado: y, por eso, están consagrados el corporal, el cáliz, y también las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. A ningún otro, por lo tanto, le es permitido tocarlo, fuera de casos de necesidad: si, por ejemplo, estuviera por caer al suelo u otras contingencias similares” (Summa Theologiae, III, 82, 3).

A lo largo de los siglos, la Iglesia siempre ha tratado de caracterizar el momento de la Comunión con sacralidad y suma dignidad, esforzándose constantemente por desarrollar de la mejor manera gestos externos que favorecieran la compresión del gran misterio sacramental. En su atento amor pastoral, la Iglesia contribuye a que los fieles puedan recibir la Eucaristía con las debidas disposiciones, entre las cuales figura el comprender y considerar interiormente la presencia real de Aquel que se va a recibir (cf. Catecismo de san Pío X, nn. 628 e 636). Entre los signos de devoción propios de los que comulgan, la Iglesia de Occidente estableció también el estar de rodillas. Una célebre expresión de san Agustín, retomada en el n. 66 de la Sacramentum Caritatis de Benedicto XVI, enseña: “Nadie come de esta carne [el Cuerpo eucarístico] sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos” (Enarrationes in Psalmos, 98,9). Estar de rodillas indica y favorece esta necesaria adoración previa a la recepción de Cristo eucarístico.

En esta perspectiva, el entonces cardenal Ratzinger había asegurado que “la Comunión alcanza su profundidad sólo cuando es sostenida y comprendida por la adoración” (Introducción al espíritu de la liturgia). Por eso, él consideraba que “la práctica de arrodillarse para la santa Comunión tiene a su favor siglos de tradición y es un signo de adoración particularmente expresivo, del todo apropiado a la luz de la verdadera, real y sustancial presencia de Nuestro Señor Jesucristo bajo las especies consagradas” (cit. en la Carta This Congregation de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, del 1° julio de 2002).

Juan Pablo II, en su última encíclica, Ecclesia de Eucaristia, escribió en el n. 61:

“Al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este «tesoro». [...] No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque «en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación»”.

En continuidad con la enseñanza de su Predecesor, a partir de la solemnidad del Corpus Domini del 2008, el Santo Padre Benedicto XVI comenzó a distribuir a los fieles el Cuerpo del Señor, directamente en la lengua y estando arrodillados.






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