martes, 19 de septiembre de 2017
Dirección equivocada que debe ser corregida
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Francisco no sabe si luterana puede comulgar en misa católica
“No es fácil para mí responderle -afirmó el Papa- … Pienso en lo que el Señor nos dijo cuando nos dio este mandato: «Haced esto en memoria mía»… Sí, habrá una Cena del Señor, habrá un banquete final en la Nueva Jerusalén, al final. Pero a lo largo del camino me pregunto, y no sé cómo responder: ¿Compartir la Cena del Señor es el fin de un camino o es el viático para caminar juntos? Dejo la pregunta a los teólogos que son los que entienden. Es verdad que, en cierto sentido, compartir es decir que no hay diferencias entre nosotros, que tenemos la misma doctrina… pero ¿no tenemos el mismo Bautismo? Y si tenemos el mismo Bautismo tenemos que caminar juntos… Cuando rezáis juntos, ese Bautismo crece, se fortalece, cuando enseñáis a vuestros hijos quien es Jesús hacéis lo mismo… sea en lengua luterana que en lengua católica, pero es lo mismo. La pregunta es: ¿Y la Cena? Hay algunas preguntas a las que si uno es sincero consigo mismo y con las pocas «luces» teológicas que tengo, hay que responder lo mismo, mirad vosotros. ”Este es mi Cuerpo, esta es mi sangre”, dijo el Señor. «Haced esto en memoria mía», y esto es un viático que nos ayuda a caminar… A su pregunta respondo con otra pregunta: ¿Qué puedo hacer con mi marido para que la Cena del Señor me acompañe en el camino? Es un problema al que debe responder cada uno. Pero un Pastor amigo mío me decía: «Creemos que el Señor está presente allí… Vosotros creéis que el Señor está presente. ¿Y cuál es la diferencia?». «Eh, hay explicaciones, interpretaciones…». La vida es más grande que las explicaciones y que las interpretaciones. Referidos siempre al Bautismo: «Una fe, un bautismo, un Señor», así dice san Pablo y, de ahí sacad las consecuencias. Yo no osaré nunca dar permiso para hacer esto porque no es de mi competencia. Un Bautismo, un Señor, una fe. Hablad con el Señor y seguid adelante. No oso decir más”.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Chantae Gaudium ¿Es absurdo ser católico?
Papa Francisco dijo en su Catequesis del 26 de Noviembre del 2014:
viernes, 1 de febrero de 2013
El Jesuita que niega la realidad del Infierno y del Demonio y forma a los Seminaristas de Barcelona
jueves, 24 de enero de 2013
La verdad usurpada del cardenal Daniélou muerto en 1974
miércoles, 18 de mayo de 2011
Card. Koch: “El motu proprio es sólo el comienzo de este nuevo movimiento litúrgico”
domingo, 13 de marzo de 2011
Unos 600 anglicanos inician camino a Iglesia Católica en Inglaterra
jueves, 24 de febrero de 2011
La Cuestión Social según San Pío X
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Comunicado del Obispado sobre el Dr. Ariel Álvarez Valdez
Newman, Converso y Teólogo de la Tradición
miércoles, 28 de julio de 2010
La ideología para-conciliar y sus consecuencias en la Iglesia - Mons. Guido Pozzo
miércoles, 27 de enero de 2010
“Teologías deicidas” de Horacio Bojorge - Alfredo Sáenz
“Teologías deicidas” de Horacio BojorgeR. P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ
Felicitamos al querido P. Bojorge por esta magnífica obra (“Teologías deicidas”, R. P. Horacio Bojorge, S.J., Ediciones Encuentro, Madrid, 2000), donde la profundidad del pensamiento se une con la belleza de la expresión, así como la lucidez de su inteligencia se desposa con el coraje de su corazón sacerdotal. Este libro está en el mismo nivel de sus dos espléndidas obras anteriores sobre la acedia. Su autor sigue ejerciendo el doble oficio que, según Santo Tomás, compete al sabio, exponer la verdad y reprobar el error. Creemos que para todos los que se interesan en los grandes temas de nuestro tiempo, en especial los atinentes a la crisis de la Iglesia, este libro es de lectura obligada.
Juan Luis Segundo es un jesuita uruguayo que murió hace cinco años (1996), cuyo pensamiento ha suscitado la admiración de amplios sectores del catolicismo hispanoamericano y europeo. El P. Bojorge lo analiza en el presente libro con singular agudeza. Si bien él es también, como Segundo, miembro de la Compañía de Jesús, entiende que el amor a la Orden no lo exime de llevar a cabo una crítica incisiva. Primero es la verdad. Bojorge se empeñará en mostrar cómo el pensamiento de Segundo se inscribe dentro de la gran corriente del naturalismo moderno. Los aplausos que recibe el teólogo uruguayo se deben a que representa de manera acabada el pensamiento de la modernidad acerca de la fe y de la Iglesia. “A lo largo de este informe se podrá ver que el perfil del pensamiento de Juan Luis Segundo es el de los pensadores gnósticos y modernistas” (p. 15). En él confluyen elementos del naturalismo, el modernismo, el existencialismo, la teología de la muerte de Dios, la teología progresista, la teología de la liberación. Segundo ha sabido hacer una brillante síntesis de todas estas corrientes. Bojorge nos ofrecerá en este libro, si bien de paso, un utilísimo análisis de tales tendencias, cuyo conjunto pareciera implicar una resurrección del viejo gnosticismo.
Señala el autor el estilo sinuoso y resbaladizo de Segundo. Aquí parece afirmar algo, luego establece distingos o matices sobre lo que acaba de afirmar; sugiere sin decir, lo que hace difícil conocer su pensamiento real. Es el estilo que San Pío X atribuía a los modernistas: “No proponer con orden metódico sus doctrinas ni formando un todo, sino esparcidas y separadas entre sí, para que se los tenga por indecisos, cuando por el contrario son muy firmes”. Lo que pasa es que, como dice Bojorge, a Segundo “lo ponen nervioso las certezas de la revelación y de la fe”. Como si el tener certezas fuese signo de cuadriculatura mental, y el alentar dudas, señal de profundidad.
Destaca el autor los errores de Segundo en lo que toca a los conceptos de Revelación y de teología. En cuanto a la Revelación, pareciera correr siempre el peligro de verla desde la inmanencia, confundiendo teología con antropología. Un peligro semejante se advierte en su concepto de teología. Como se sabe, la teología es una ciencia que toma sus principios de la revelación, principios que deben ser aceptados por la fe. Santo Tomás nos lo expresa de manera admirable: “La doctrina sagrada es ciencia, porque procede de principios que nos son conocidos por medio de la luz de una ciencia superior que es la de Dios y de los bienaventurados...; así como la música cree los principios de la aritmética, la doctrina sagrada cree los principios revelados por Dios” (Sum. Theol. I, 1, 2, c). Más adelante prosigue diciendo que la teología no toma sus principios “de las otras ciencias como superiores; sino que se sirve de ellas como inferiores y siervas, del modo como los arquitectos se sirven de las auxiliares; y si se hace tal uso de ellas, no es por defecto ni por incapacidad, sino solamente por la fragilidad de nuestro entendimiento, que, de las cosas que se conocen por la razón natural, de la cual proceden las otras ciencias, es levantado más fácilmente a las cosas superiores, que son el objeto de esta ciencia” (I, 1, 5, ad 2). Como su nombre lo indica, la teología tiene a Dios por tema central: “No se ocupa por igual de Dios y de las creaturas. Se ocupa de Dios principalmente; y de las creaturas en cuanto se relacionan con Dios, como con su principio o fin” (I, 1, 3, ad 1). La fe es el punto de partida y de llegada de la teología, es el ambiente en que se baña, su habitus operativo.
Totalmente diverso es el punto de vista de Segundo. Según él, no hay que convencerse primero de las verdades que nos trasmite la fe tradicional, ya que lo que realmente es incuestionable e indiscutido son “los criterios del mundo moderno”, como él mismo lo dice. De ahí que se oponga al “fijismo dogmático” que caracteriza a la teología tradicional. El Magisterio es el principal responsable de este inmovilismo del pensamiento católico. Todo lo que diga el Magisterio y el común sentir del pueblo católico deberá ser pasado por la criba de su adaptación a la modernidad. El “dogma” al que se adhiere Segundo es el que libera de lo que no es moderno. Un eximio ejemplo de la tesitura esclavizante del Magisterio lo encuentra en el Syllabus, donde queda bien clara la “condenación que la Iglesia hace, sin talante dialogal alguno, de todas y cada una de las tentativas humanistas de la época”. Nada le hubiera gustado, por cierto, la reciente decisión de Juan Pablo II de beatificar a Pío IX, heroico testigo de la fe, frente a los errores del mundo moderno, aún a costa de enfrentarse con el antagonismo mancomunado de los poderes masónicos de la época.
Bojorge va analizando los errores de Segundo, a partir de los conceptos que sustenta acerca de la Revelación, la fe y la teología. El teólogo uruguayo muestra un interés excesivo por la salvación intramundana, sin que parezca entusiasmarle demasiado la salvación trascendente. La raíz de esta idea la encuentra en el monismo. Para él, la teología católica tradicional es “dualista”. Lo que ahora se impone es acabar con las famosas distinciones entre profano-sagrado, natural-sobrenatural; historia humana – historia de la salvación, tiempo-eternidad. De ahí que aunque su teología política se formule como “teología de la esperanza”, dicha esperanza no tiene ya por objeto la vida eterna sino la transformación de la sociedad desde sus propias entrañas, una suerte de autorredención.
En estricta dependencia de lo anterior emerge otro error de Segundo: el historicismo, o la fe en la historia. A su juicio, la proclamación de los dogmas no ha sido sino un intento de frenar la historia, un remedio excogitado contra la “aceleración de la historia”. Segundo no se interesa tanto por el ser –natural y sobrenatural- y lo verdadero, sino por el acto y lo actual. Sólo los que acatan el curso de la historia son hombres “históricos”, no los que por motivos “superiores” buscan “frenar” un proceso, aduciendo que conduce a la ruina. Sólo es libre el que se suma al proyecto universal; no el que procura enfrentarlo, viéndose tachado por ello de “restaurador” o “restauracionista”. De ahí que a Segundo le parezca ridículo llamar “filosofía perenne” a la filosofía medieval de Santo Tomás, “título harto significativo de una tentativa para detener la historia”. Hablar del “depósito” de la fe es para él una actitud fundamentalista.
Quizás sea éste uno de los puntos más controvertibles del P. Segundo, deudor, en el fondo, del espíritu gnóstico. Porque, como escribe Bojorge, “la gnosis se presenta hoy como estando al servicio de un cierto intento de manipular la fe cristiana con fines intrahistóricos, pragmáticos, políticos”. La fe, en lugar de ponerse de rodillas ante Dios, se pone de rodillas ante la historia; la fe debe justificarse ante el mundo de hoy, en lugar de que el mundo de hoy se justifique ante el Dios eterno de la fe. Es un principio importante en él, “la necesidad de justificar la fe y sus contenidos ante la mentalidad moderna”. En la visión de Segundo, cuando Dios se revela no busca comunicar una verdad que sea aceptada por todos, sino para que sea puesta al servicio de la solución de los problemas históricos. No una verdad que deba ser contemplada, sino una verdad fáctica, hacedora de historia.
Si nuestro teólogo se irrita ante la concepción tradicional de la teología como reina de la filosofía y de las otras ciencias, él intenta lo contrario, convirtiendo, no ya a la teología, sino a la misma fe, en servidora de la Historia, fides ancilla historiae. Se encubre aquí una idea típicamente modernista; la revelación no es algo que viene de lo alto, sino algo que brota del hombre, de la historia del hombre, de su inmanencia vital. Bojorge llega a decir que Segundo parecería aceptar una especie de “fe en la revelación histórica”, que brota de la historia y se pone al servicio de la historia, relativizando toda intervención histórica de Dios. Y así quiere “someter la fe, la Iglesia, el dogma, Dios, unciéndolo al carro de la Historia” (p. 231). Para Segundo, lo que no interesa a la historia es superfluo. Pone el ejemplo del dogma de la Inmaculada Concepción, “una fórmula dogmática vinculada sólo al plano religioso; cuesta ver que tenga relación con alguna liberación humana”. Hay que seleccionar las verdades según los intereses de hoy. ¿Con qué principios de discernimiento se hará tal selección?. Un principio extrateológico, que parte del mundo moderno, una suerte de “revelación inmanente”.
Por lo demás, no deja de ser grave esta sumisión de lo trascendente a su eficacia en lo inmanente. El culto a la eficacia, sobre la contemplación, parece suponer que no es el hombre quien se pone de rodillas delante de Dios, sino Dios delante de los hombres. Dios pasa a ser un instrumento para la promoción del hombre, lo que, por otro lado, como bien señala Bojorge, resulta paradójico cuando a la vez “el secularismo se opone celosamente a que la fe católica rija la política y arroja permanentemente sobre ella la sospecha de esconder aspiraciones totalitarias” (p. 230). Resultan reveladoras a este propósito las tergiversaciones de los textos que a veces encontramos en Segundo, en algunos casos por omisión, como cuando traduce la magnífica expresión de San Ireneo “la gloria de Dios es el hombre que vive”, pero no añadiendo lo que el Santo agrega, “la vida del hombre es ver a Dios”.
Por cierto que, afirma Bojorge, al oponerse la Iglesia a una teología que sólo busca la “eficacia”, no pretende en modo alguno ignorar la influencia real que debe tener la doctrina católica en el campo temporal. Ello y no otra cosa es la Cristiandad: la impregnación evangélica del tejido social. Pero no es esto último lo que busca Segundo, como se ve cuando contrapone el culto de Dios con la justicia social, cual si aquél fuera algo alienante. Dios vino a nosotros para traer el cristianismo, el Evangelio y el culto, pero también la Cristiandad. Un verdadero cristiano tiende a “hacer Cristiandad”. Claro que teniendo siempre en cuenta que lo primero es la glorificación de Dios; lo segundo, el orden temporal cristianizado, es la añadidura, el resto, según el lenguaje de Cristo.
Coherentemente con su idea de la reducción del catolicismo a la historia, a lo que pide “el hombre de hoy”, a su eficacia, en los escritos de los años 60 y 70 optó Segundo por el marxismo, que en aquellos momentos parecía la expresión más radical del “mundo moderno”, en desafío a la enseñanza del magisterio. Pero fue una actitud de gabinete, ya que existencialmente se sentía muy lejos de los pobres concretos. Su público predileccionado fueron siempre los burgueses. Él mismo así lo reconoce. Sea lo que fuere, el marxista estaba en el oleaje de la historia, y por ende los marxistas eran “cristianos anónimos”, cristianos aunque no lo supieran, aunque repudiasen el cristianismo y lo combatiesen. Por eso los principales dardos de Segundo se dirigen, no a los enemigos de la Iglesia, sino a los católicos que se resisten a captar “el sentido de la historia”. Se muestra tan intolerante con el creyente, a quien no le ahorra ironías o frases ofensivas, como simpático con el “hombre de hoy”, por el que entiende preferentemente el ateo o el creyente en crisis de fe. Todas sus “sospechas” y sus acusaciones no van hacia el mundo incrédulo, sino sólo hacia la Iglesia, su fe, su culto, hacia los creyentes, hacia toda teología que no sea la de la liberación. Para el autor, el estilo zumbón e irónico de Segundo es el ejemplo típico de las burlas nacidas de la acedia.
Acertadamente trae Bojorge a colación una cita de Augusto del Noce: “Resignados a una era poscristiana producen una teología eutanásica...; estos discursos de los teólogos parecen no tener ya más utilidad que mantener la importancia de los teólogos en un mundo en que ya nadie cree en Dios”.
Antes de integrar las filas de estos pseudoteólogos preferimos estar con los sencillos de corazón, con los fieles que forman el pueblo cristiano, gente de fe. Bien decía San Hilario que muchas veces los oídos de los fieles son más católicos que los labios de los pastores y de los teólogos. Tienen el instinto de la fe, del que parecieran haber perdido hasta la noticia estos teólogos de salón. Como afirma Bojorge, “lo que la racionalidad ilustrada no alcanza a ver, lo ve la sabiduría de los fieles comunes” (p. 343).
P. Alfredo Sáenz
Fuente: Revista Gladius 19 (2001) 52, pp. 198-201.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Homilía para los miembros de la Comisión Teológica Internacional - Benedicto XVI
Homilía para los miembros de la Comisión Teológica Internacional Queridos hermanos y hermanas,
Las palabras del Señor, que hemos escuchado en el pasaje evangélico, son un desafío para nosotros, los teólogos, o tal vez, para decirlo mejor, una invitación a un examen de conciencia: ¿Qué es la teología? ¿Qué somos nosotros, los teólogos? ¿Cómo hacer verdadera teología? Hemos escuchado que el Señor alaba al Padre porque ha ocultado el gran misterio del Hijo, el misterio trinitario, el misterio cristológico, a los sabios y a los doctos – ellos no lo han conocido – y lo ha revelado a los pequeños, a los nèpioi, a aquellos que no son doctos, que no tienen una gran cultura. A ellos se les ha revelado este gran misterio.
Con estas palabras, el Señor describe sencillamente un hecho de su vida; un hecho que comienza ya en los tiempos de su nacimiento, cuando los Magos de Oriente preguntan a los competentes, a los escribas, a los exegetas, el lugar del nacimiento del Salvador, del Rey de Israel. Los escribas lo saben porque son grandes especialistas; pueden decir enseguida dónde nace el Mesías: ¡en Belén! Pero no se sienten invitados a ir: para ellos, sigue siendo un conocimiento académico que no toca su vida, quedan fuera. Pueden dar información pero la información no se convierte en formación para la propia vida.
Luego, durante toda la vida pública del Señor, encontramos lo mismo. Es inaccesible para los doctos comprender que este hombre no docto, galileo, pueda ser realmente el Hijo de Dios. Sigue siendo inaceptable para ellos que Dios, el grande, el único, el Dios del cielo y de la tierra, pueda estar presente en este hombre. Conocen todo, conocen también Isaías 53, todas las grandes profecías, pero el misterio permanece escondido. Es revelado, en cambio, a los pequeños, desde la Virgen hasta los pescadores del lago de Galilea. Ellos conocen, como también el centurión romano conoce bajo la cruz: éste es el Hijo de Dios.
Los hechos esenciales de la vida de Jesús no pertenecen sólo al pasado sino que están presentes, de diversos modos, en todas las generaciones. Y así también en nuestro tiempo, en los últimos doscientos años, observamos lo mismo. Hay grandes eruditos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de la fe, que nos han enseñado muchas cosas. Han penetrado en los detalles de la Sagrada Escritura, de la historia de la salvación, pero no han podido ver el misterio mismo, el verdadero núcleo: que Jesús era realmente Hijo de Dios, que el Dios trinitario entra en nuestra historia, en un determinado momento histórico, en un hombre como nosotros. ¡Lo esencial les ha permanecido oculto! Se podrían citar con facilidad grandes nombres de la historia de la teología de estos doscientos años, de los cuales hemos aprendido mucho pero que no ha sido abierto a los ojos de su corazón el misterio.
En cambio, también en nuestro tiempo están los pequeños que han conocido tal misterio. Pensemos en santa Bernadette Soubirous, en Santa Teresa de Lisieux, con su nueva lectura de la Biblia, “no científica”, sino entrando en el corazón de la Sagrada Escritura; hasta los santos y beatos de nuestro tiempo: santa Josefina Bakhita, la beata Teresa de Calcuta, san Damián de Veuster. ¡Podríamos nombrar muchos!
Pero, a partir de todo esto, nace la pregunta: ¿por qué es así? ¿Es el cristianismo la religión de los necios, de las personas sin cultura, no formadas? ¿Se extingue la fe donde se despierta la razón? ¿Cómo se explica esto? Tal vez debamos mirar una vez más la historia. Sigue siendo cierto lo que Jesús ha dicho, lo que se puede observar en todos los siglos. Y, sin embargo, hay una “especie” de pequeños que son también sabios. A los pies de la cruz está la Virgen, la humilde esclava de Dios y la gran mujer iluminada por Dios. Y está también Juan, pescador del lago de Galilea, aquel Juan que la Iglesia llamará justamente ‘el teólogo’ porque realmente ha sabido ver el misterio de Dios y anunciarlo: con ojos de águila entró en la luz inaccesible del misterio divino. Así, también después de su resurrección, el Señor, en el camino hacia Damasco, toca el corazón de Saulo, que es uno de los sabios que no ven. Él mismo, en la primera carta a Timoteo, se define ignorante en aquel tiempo, a pesar de su ciencia. Pero el Resucitado lo toca: se queda ciego y, al mismo tiempo, se convierte realmente en alguien que ve, comienza a ver. El gran sabio se vuelve un pequeño, y precisamente por eso ve la necedad de Dios que es sabiduría, sabiduría más grande que todas las sabidurías humanas
Podríamos continuar leyendo toda la historia de este modo. Sólo una observación más. Estos eruditos sabios, sofòi y sinetòi, en la primera lectura, aparecen de otro modo. Aquí sofia y sínesis son dones del Espíritu Santo que reposan en el Mesías, en Cristo. ¿Qué significa? Se ve aquí un doble uso de la razón y un doble modo de ser sabios o pequeños. Hay un modo de usar la razón que es autónomo, que se pone por encima de Dios, en toda la gama de las ciencias, comenzando por las naturales donde un método apto para la investigación de la materia es universalizado: en éste método Dios no entra, por lo tanto, Dios no existe. Y así, finalmente, también en teología: se pesca en las aguas de la Sagrada Escritura con una red que permite pescar sólo peces de una cierta medida, y todo aquello que está más allá de esta medida, no entra en la red y, por lo tanto, no puede existir. Y así, el gran misterio de Jesús, del Hijo hecho hombre, se reduce a un Jesús histórico: una figura trágica, un fantasma sin carne y hueso, un hombre que ha quedado en el sepulcro, se ha corrompido y es realmente un muerto. El método sabe “pescar” ciertos peces pero excluye el gran misterio, porque el hombre se hace él mismo la medida: tiene esta soberbia que, al mismo tiempo, es una gran necedad porque absolutiza ciertos métodos que no son aptos para las grandes realidades; entra en este espíritu académico que hemos visto en los escribas, los cuales responden a los Reyes magos: no me conmueve; sigo cerrado en mi existencia, que no se conmueve. Es la especialización que ve todos los detalles pero no ve ya la totalidad.
Y hay otro modo de usar la razón, de ser sabios, que es el del hombre que reconoce quién es; reconoce la propia medida y la grandeza de Dios, abriéndose en la humildad a la novedad del actuar de Dios. De este modo, precisamente aceptando la propia pequeñez, haciéndose pequeño como es realmente, llega a la verdad. De este modo, también la razón puede expresar todas sus posibilidades, no se apaga, sino que se amplía, se hace más grande. Se trata de otra sofia o sínesis, que no excluye el misterio, sino que es precisamente comunión con el Señor en el cual reposan la prudencia y la sabiduría, y su verdad.
En este momento, queremos rezar para que el Señor nos conceda la humildad verdadera. Que nos dé la gracia de ser pequeños para poder ser realmente sabios; que nos ilumine, nos haga ver su misterio del gozo del Espíritu Santo, nos ayude a ser verdaderos teólogos, que pueden anunciar su misterio porque hemos sido tocados en la profundidad de nuestro corazón y de nuestra existencia. Amén.
Homilía del Papa Benedicto XVI en la Santa Misa con los miembros de la Comisión Teológica Internacional, Capilla Paulina, martes 1º de diciembre de 2009
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