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martes, 14 de agosto de 2018

Una sombra oscura se cierne sobre toda la enseñanza y la praxis católicas

La Pena de Muerte y la Iglesia
Vittorio Messori


El gran periodista italiano converso Messori, en su magnífico ensayo “Leyendas negras de la Iglesia”, dedica un capítulo a la pena de muerte… que reproducimos a continuación.


Pena de Muerte / 1

Por mucho que nosotros los periodistas nos esforcemos en hacer creer lo contrario, a menudo los periódicos, por su propio deseo, no representan del todo a la opinión pública.

El problema de la pena de muerte es uno de esos casos en los que la escisión entre los ciudadanos y los medios de comunicación parece más profunda. Estos últimos, casi sin excepción, rechazan indignados la simple posibilidad de debatir una cuestión que consideran tan anacrónica e incívica que no merece la menor atención.

En los periódicos donde he tenido ocasión de trabajar, he visto tirar a la papelera con repugnancia las numerosas cartas que envían los lectores sobre ese tema. Sin embargo, todos los sondeos muestran que si se sometiera a referéndum popular, el resultado se decantaría sin la menor duda por la reimplantación del pelotón de ejecución o del verdugo, al menos para los crímenes especialmente execrables.

El informe anual de «Amnistía Internacional» nos ofrece una prueba concreta de ello al señalar que la pena de muerte está incluida en el derecho penal de 99 Estados (el 80 % de las ejecuciones tienen lugar en países que manifiestan la pretensión de servir de modelo, como Estados Unidos, la Unión Soviética o China), sin que importantes movimientos de opinión reclamen su abolición. En los casi treinta estados de la Unión norteamericana en los que se ha mantenido la pena capital, la voluntad popular se ha opuesto a todas las iniciativas llevadas a cabo para eliminarla.  Es más, en algunas ocasiones han sido los propios ciudadanos quienes han impuesto su restauración.

Hay un tipo de corifeos de la democracia, periodistas y políticos en primera línea, bien conocidos por lo selectivo de su criterio: para ellos, la mayoría de las opiniones y de los votos son «una noble manifestación de la voluntad popular» cuando coincide con su propia orientación, pero resultan «una despreciable vomitera reaccionaria» cuando su expresión contraría sus prejuicios y planteamientos.

El hecho es que, desde la más remota antigüedad hasta que algún intelectual de la Europa occidental del siglo XVIII empezó a manifestar sus dudas, la pena de muerte se admitía pacíficamente en todas las culturas de todas las sociedades del mundo.

Es falso que aquel curioso personaje llamado Cesare Beccaria pidiera su abolición. En el capítulo veintiocho de “De los delitos y sus penas” se dice: «La muerte de un ciudadano sólo puede considerarse necesaria en dos casos...». Principalmente, Beccaria rechaza la tortura y luego lo que denomina pena de muerte «fácil», tal como se aplicaba en su época, pero no la excluye de modo categórico ni la declara ilícita, hasta el punto de juzgarla «necesaria» en algunos casos. Por otro lado, la alternativa que propone Beccaria con el fin de suscitar mayor espanto, tal como él mismo especifica, es «la esclavitud perpetua». Algo que no parece un beneficio ni para la sociedad ni para el reo.

También es falso que mantener la pena capital sea «de derechas» y su abolición «de izquierdas». Entre las ignoradas paradojas de nuestras reconfortantes ideas fijas se cuenta que Luis XVI abolió dicha pena pocos años antes de la Revolución francesa. Ésta volvió a implantarla por iniciativa de la «izquierda» jacobina, haciendo tal uso de la misma que, por una vez justificadamente, el imaginario popular ha hecho de las palabras guillotina y revolución un todo inseparable.

Aquellos «progresistas» rogaron sin ambages al doctor Guillotin que perfeccionara su máquina para pasar de la fase artesanal a la industrial. Así nos ha llegado el escalofriante prototipo de un instrumento capaz de cortar sesenta cabezas al mismo tiempo.

viernes, 1 de abril de 2016

Un Dilapidador de la Herencia

Bergogliocentrismo
Fray Gerundio de Tormes


Me he librado de una buena, al recluirme en mi celda y aislarme del mundo exterior durante esta Semana Santa. Mis novicios me han puesto al día de los temas eclesiales y de las andanzas vaticanas durante este tiempo sacro, y veo que las cosas van de mal en peor. Esta semana de terrorismo yihadista, ha sido también una semana de terrorismo bergogliano. Si todos los izquierdistas, junto con el Pontífice, convienen en que este tipo de terrorismo se lo tiene bien merecido Occidente por imponer su ideología (dicen unos) y por vender armas (dice otro), yo tengo derecho a creer que el desastre doctrinal provocado en la Iglesia de estos días, viene también causado por los traficantes de la Palabra de Dios. O sea, los que ponen la palabra de Dios a disposición de los teólogos-terroristas, para que con ella asesinen a las almas de tantos cristianos que están perdiendo la fe. Ni más ni menos.

Es conocida la doctrina de San Pablo acerca de los pastores como administradores de los misterios de Dios. Fieles administradores, exige el Apóstol. Y a su discípulo Timoteo, le insiste con vehemencia que guarde el depósito. No cabe duda que guardar el depósito, exige también la fidelidad. Es que el depósito de la fe es tan grande y profundo, y tan consolidado está después de veinte siglos de luchas externas e internas, que hay que guardarlo con tesón y lealtad.

Bergoglio sin embargo -en contra de San Pablo-, es como un mal hijo dilapidador de la herencia. Y con prisas. Se está cargando todo lo recibido, a la velocidad del rayo. Se lo carga él, pero lo soportan, admiten y justifican todos los que están a su lado y tienen el deber y la obligación de cantarle las cuarenta por sus terrorismos eclesiales. Bergoglio no cuida la herencia patrimonial, sino que la despedaza. Y en lugar de centrarse en el depósito de la fe, se centra en sí mismo y en su peculiar concepción de la Iglesia  para destruir, arruinar y desguazar el legado que juró solemnemente administrar. Y nadie le dice ni pío.

Basta ver de qué manera ha conseguido desviar la atención de los misterios de la Semana Santa hacia Sí Mismo. Y lo pongo con mayúsculas, porque solamente un personaje con megalomanía patológica o pecaminosa, se esforzaría en presentar los misterios de nuestra salvación, como un conjunto de decires y haceres puramente personales, como si fueran de su propiedad y regozijándose al aplastar todo síntoma de Tradición. Esto es el Bergogliocentrismo. Este es el virus que nos azota hace tres años, aunque para algunos decir esto sea motivo de excomunión, (esa misma excomunión en la que no creen si se trata de herejías doctrinales, claro).

sábado, 26 de septiembre de 2015

Jorge Mario según la óptica de quien lo conoce como pocos

Apártate de mi, Satanás
Antonio Caponnetto


El siguiente artículo forma parte del libro de reciente aparición: “Francisco. Antología.  Significativas declaraciones de personalidades del mundo católico sobre el actual pontificado”, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2015.


La escena, no por muy conocida, deja de causarnos asombro y sobresalto. Nos la cuenta San Mateo en el capítulo dieciséis de su Evangelio.

Ya estaba Jesús en Cesárea de Filipo, cerca del Mar de Galilea y al pie del monte Hermón. Ya había multiplicado panes y peces, y había rebautizado al pescador Simón llamándolo Pedro, ofreciéndole a la par la jefatura visible de la Iglesia y las llaves del Reino (Mt XVI, 13-20). Los grandes manantiales que alimentan al río Jordán hacían llegar su música, como un laúd inmenso con encordados de agua.

De pronto, el Señor anuncia su inminente pasión, y los muchos sufrimientos y suplicios que el trance le acarreará. El relato, por cierto, debió ser estremecedor e hiriente. Tanto, que movido por un impulso entre oscuro  e insondable, mezcla de cielo y de azufre, Pedro lo aparta de la escena a Jesús, lo conmina a retirar lo dicho, asegurándoles que nada malo de cuanto anuncia podrá sucederle a Él.

La respuesta y la reacción de Cristo ha pasado a la historia, y no debemos olvidarla jamás: “¡Quítateme de delante, Satanás! ¡Un estorbo eres para Mí, porque no sientes las cosas de Dios sino la de los hombres” (Mt XVI, 22-23). Y abruptamente le cortó la palabra y le clavó la vista.

jueves, 7 de octubre de 2010

P. Claude Barthé: “La crítica de la reforma”

P. Claude Barthé: “La crítica de la reforma”


El Padre Claude Barthé ha concedido una entrevista al periodista Daniel Hamiche. La misma fue traducida al inglés por un sacerdote anglicano, Anthony Chadwick. Presentamos nuestra traducción de la versión inglesa.

El Padre Barthe acaba de publicar una pequeña “bomba” llamada “La Messe à l’endroit”. En 1955, el autor Paul Claudel escribió un notable artículo “La Misa en reversa”, para estigmatizar lo que en la época eran solamente experimentos litúrgicos. Ahora el Padre Barthe quiere poner “la Misa en la dirección correcta”. Cree que lo apoya toda una corriente, descripta en la Iglesia como “la reforma de la reforma”.


- Su libro más reciente (Claude Barthe, “La Messe à l’endroit. Un Nouveau mouvement liturgique”) nos tomó por sorpresa, porque usted es conocido como defensor de la Misa tradicional y ahora se está ocupando de la llamada Misa de Pablo VI. ¿Por qué su interés?

Padre Claude Barthé: Defender una nunca me ha impedido, sino al contrario, estar interesado en la transformación de la otra, es decir, la de Pablo VI. En 1997, diez años antes del Motu Proprio, publiqué un libro de entrevistas, “Reconstruyendo la Liturgia”. Entrevistas todas acerca de la situación de la Liturgia en las parroquias. El mismo tema que en este libro. Claro que el Motu Proprio del 2007 dio nueva vida a estas ideas. La idea fundamental es que las dos líneas de crítica a los cambios producidos bajo Pablo VI – es decir, la crítica frontal que quiere promover la amplia difusión de la anterior Liturgia, de San Pío V; y la crítica de reforma, que llama a una “reforma de la reforma” y busca producir un cambio dentro de la Liturgia de Pablo VI – están cada vez más conectadas. La “reforma de la reforma” propuesta no puede lograrse sin el soporte de una celebración tan difundida como sea posible de la Misa tradicional. La liturgia tradicional no puede esperar ser rehabilitada masivamente en las parroquias sin recrear un entorno vivo, que sería la obra de la “reforma de la reforma”.


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