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martes, 19 de abril de 2011

Libertad religiosa - Juan Manuel De Prada

Libertad religiosa
Juan Manuel De Prada


Allá donde todas las religiones valen nada, es natural que el orden temporal quiera erigirse a sí mismo en religión única


18 de abril de 2011.- Para condenar los actos de hostilidad contra la fe católica suele aducirse ingenuamente que constituyen «atentados contra la libertad religiosa»; cuando en realidad son la consecuencia natural de la «libertad religiosa», tal como se configura en las declaraciones de derechos humanos. La propia Iglesia adoptó el lenguaje propio de tales declaraciones cuando consagró que la libertad religiosa es «inherente a la dignidad de la persona»; expresión barullera que nace de la confusión entre libre albedrío y libertad de acción. La «dignidad inherente a la persona» radica en su libre albedrío; pero en modo alguno en su libertad de acción, salvo que tal libertad la conduzca a adherirse a la verdad y al bien. La «libertad religiosa» es libertad de acción que puede conducir a la persona a adherirse a cualquier secta destructiva o idolillo grotesco; esto es, empujarla a la indignidad más sórdida e infrahumana. Como afirmaba León XIII en su encíclica Inmortale Dei: «La libertad, como facultad que perfecciona al hombre, debe aplicarse exclusivamente a la verdad y al bien. Ahora bien: la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se abraza a él, ni la inteligencia ni la voluntad alcanzan su perfección; por el contrario, abdican de su dignidad natural y quedan corrompidas. Por consiguiente, no es lícito publicar y exponer a la vista de los hombres lo que es contrario a la virtud y a la verdad, y es mucho menos lícito favorecer y amparar esas publicaciones y exposiciones con la tutela de las leyes».

La «libertad religiosa» consagra exactamente lo contrario: esto es, concede la tutela de las leyes a todo tipo de creencias, sean buenas, malas o mediopensionistas, de tal modo que todas valgan lo mismo; o sea, nada. Y allá donde todas las religiones toleradas valen nada, es natural que el orden temporal quiera erigirse a sí mismo en religión única, usurpando los atributos divinos y exigiendo adoración. Esto es lo que se oculta bajo la afirmación de «libertad religiosa» contenida en las declaraciones de derechos humanos: puesto que todas las religiones valen un ardite, la única religión valiosa es la que se postula en tales declaraciones; y toda religión que ose contrariar su designio se convertirá ipso facto en una religión contraria a la «dignidad humana». Esto es lo que está sucediendo hoy con la religión católica.


lunes, 24 de enero de 2011

Su Santidad, ¡escápese del espíritu de Asís! - Llamamiento al Papa contra el ecumenismo sincretista de Asís

Su Santidad, ¡escápese del espíritu de Asís!
Llamamiento al Papa contra el ecumenismo sincretista de Asís


Santo Padre Benedicto XVI, algunos católicos estamos muy agradecidos por la labor realizada por usted como pastor de la Iglesia universal en los últimos años, reconocidos por su gran valoración de la razón humana, por la concesión del motu proprio "Summorum Pontificum", por el fructífero retorno a la unidad de los anglicanos, y mucho más.

Por eso nos atrevemos a escribirle después de haber oído, en los días de la masacre de los cristianos coptos en Egipto, su intención de convocar en Asís, en el mes de octubre, a una gran reunión inter-confesional, veinticinco años después de "Asís 1986".

Todos recordamos ese acontecimiento de hace tantos años. También como un evento mediático como pocos, que, independientemente de las intenciones y las declaraciones de los que lo convocaban, tuvo un efecto fortísimo e innegable, relanzó en el mundo católico, el indiferentismo y el relativismo religiosos.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El ecumenismo, a la luz de la hermenéutica de la continuidad

El ecumenismo, a la luz de la hermenéutica de la continuidad


Como se sabe, en estos días se ha celebrado en Roma la plenaria del Pontifico Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, a cuyos miembros recibió hoy el Papa en audiencia. El Arzobispo Koch, que el próximo sábado será creado cardenal, presidió las reuniones y pronunció el discurso inaugural. Ofrecemos la parte inicial de dicho discurso en la que el prelado traza un balance del camino ecuménico, con la significativa novedad de incluir, como elemento decisivo en este tema, la hermenéutica de la continuidad, uno de los grandes temas del actual Pontificado.


***


Con el Concilio Vaticano II, sobre todo con el Decreto sobre el ecumenismo «Unitatis redintegratio», la Iglesia Católica ha entrado oficialmente en el movimiento ecuménico. Este “punto de no retorno” ha sido reafirmado por varios Pontífices y se ha traducido de varias maneras en la realidad concreta. El Papa Juan Pablo II, en particular en su Encíclica sobre el compromiso ecuménico «Ut unum sint», ha subrayado de manera inequívoca que el camino ecuménico emprendido por la Iglesia Católica con el Concilio Vaticano II es irreversible. Retomando estas palabras, el Papa Benedicto XVI ha reiterado, en su mensaje a los delegados y participantes de la Tercera Asamblea Ecuménica Europea que tuvo lugar en Sibiu en el 2007: “Como afirmó mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II, con el concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del Señor, que enseña a leer atentamente los signos de los tiempos”. Ya en el primer mensaje después de la elección como Pontífice, el Papa Benedicto XVI afirmaba su voluntad de asumir “como compromiso prioritario trabajar con el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo” y definía la búsqueda de la unidad como su “voluntad” y su “apremiante deber”.

Sobre el carácter irreversible de este camino, no puede haber ninguna duda. El mismo Papa Benedicto XVI lo ha mostrado claramente, al contrario de lo que se le ha reprochado varias veces el pasado año. Ciertamente, el Santo Padre ha puesto nuevos acentos en lo que concierne a la hermenéutica de las afirmaciones conciliares. En su discurso a la Curia Romana con ocasión de la presentación de las felicitaciones navideñas, el 22 de diciembre de 2005, él se refirió ampliamente al legado espiritual del Concilio Vaticano II y advirtió sobre la distinción entre las dos diversas hermenéuticas. Por una parte, existe “la hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura", que considera el Concilio Vaticano II no como parte de la tradición viva de la Iglesia sino como un momento de ruptura y afirma la existencia de una Iglesia pre-conciliar y de una Iglesia post-conciliar, como si ya no se tratase de la misma Iglesia. Por otra parte, existe la “hermenéutica de la reforma”, que reconoce los continuos desarrollos de la doctrina de la fe y concilia continuidad con la Tradición y renovación dinámica. En esta dialéctica entre continuidad y discontinuidad, fidelidad a la tradición y renovación, reside para el Santo Padre la verdadera esencia de la reforma, como él mismo expresó de modo convincente a propósito del Concilio Vaticano II: “si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”.

Es con la hermenéutica de la reforma que debemos leer también el Decreto sobre el ecumenismo. El hecho de que tal documento haya marcado para la Iglesia Católica una nueva dirección en las relaciones con las otras Iglesias y Comunidades cristianas es tan evidente que a menudo no se menciona. Sin embargo, este nuevo inicio no implica una ruptura con la Iglesia pre-conciliar. De hecho, el giro ecuménico realizado por el Concilio se sitúa en una continuidad fundamental con la Tradición: esto no habría sido claramente posible si el interés ecuménico, aún en su forma embrionaria, no hubiese estado presente dentro de la Iglesia Católica ya mucho tiempo antes del Concilio Vaticano II. Al respecto, deben mencionarse las Conversaciones de Malinas (Bélgica), que se han tenido con los anglicanos desde 1921 hasta 1926, con el fuerte apoyo del Papa Pío XI. Debe ser recordado también el hecho de que, al comienzo del siglo pasado, sobre todo el Papa León XIII y el Papa Benedicto XV han impulsado enérgicamente la oración por la unidad de los cristianos, que luego será definida en «Unitatis reditengratio» como “el alma de todo el movimiento ecuménico”. Un ulterior impulso al compromiso ecuménico ha sido dado por el Papa Pío XII, el cual, en su instrucción de 1950, elogiaba expresamente al movimiento ecuménico, reconduciendo su inspiración al Espíritu Santo. El hecho de que precisamente Pío XII haya sido la fuente más citada en el Concilio, después de las Sagradas Escrituras, demuestra el rol desarrollado por este Pontífice en la preparación del camino al Concilio con sus numerosas, clarividentes encíclicas, como ha subrayado Benedicto XVI en un volumen dedicado al magisterio del Papa Pacelli: “Ciertamente, la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, es un organismo vivo y vital, y no ha quedado inmóvil en lo que era hace cincuenta años. Pero el desarrollo se realiza con coherencia. Por eso, la herencia del magisterio de Pío XII fue recogida por el concilio Vaticano II y propuesta de nuevo a las generaciones cristianas sucesivas”.

martes, 7 de septiembre de 2010

León XIII, según Benedicto XVI

León XIII, según Benedicto XVI


El Papa emprendió hoy su primer viaje, luego de las vacaciones de verano, que lo llevó por unas pocas horas a Carpineto Romano, donde celebró la Santa Misa con ocasión de los doscientos años del nacimiento del Papa León XIII, Vincenzo Gioacchino Pecci.

En la homilía pronunciada por Benedicto XVI en el pueblo natal del Papa más longevo de la historia, quedó de manifiesto la particular admiración y veneración del actual Pontífice por su ilustre Predecesor. Luego de identificar el tema de la liturgia del día en “el primado de Dios y de Cristo”, el Papa afirmó que “el Sumo Pontífice León XIII fue un hombre de gran fe y de profunda devoción. Esto es siempre la base de todo, para cualquier cristiano, incluido el Papa. Sin la oración, sin la unión interior con Dios, no podemos hacer nada…”.

Como una primera cualidad del Papa Pecci, Benedicto XVI señaló “el amor de Dios y de Cristo, al que no debe anteponerse absolutamente nada”. Hablando de su abundante Magisterio, compuesto por numerosísimas Encíclicas y Cartas Apostólicas, Benedicto XVI explicó que “están aquellas de carácter propiamente espiritual, dedicadas sobre todo al incremento de la devoción mariana, especialmente mediante el santo Rosario. Se trata de una auténtica catequesis, que marcó desde el comienzo hasta el final los 25 años de su Pontificado. Pero encontramos también los Documentos sobre Cristo Redentor, sobre el Espíritu Santo, sobre la consagración al Sagrado Corazón, sobre la devoción a san José, sobre san Francisco de Asís”.

En segundo lugar, el Papa señaló la “sabiduría cristiana”, un aspecto que “se verifica en la acción pública de todo Pastor de la Iglesia, en particular de todo Sumo Pontífice, con las características propias de la personalidad de cada uno”. “Todo pastor – explicó Benedicto XVI – está llamado a transmitir al Pueblo de Dios no verdades abstractas sino una «sabiduría», es decir, un mensaje que conjuga fe y vida, verdad y realidad concreta. El Papa León XIII, con la asistencia del Espíritu Santo, fue capaz de hacer esto en un período histórico que está entre los más difíciles para la Iglesia, permaneciendo fiel a la tradición y, al mismo tiempo, enfrentándose con las grandes cuestiones abiertas. Y lo logró precisamente sobre la base de la «sabiduría cristiana», fundada en las Sagradas Escrituras, en el inmenso patrimonio teológico y espiritual de la Iglesia Católica y también en la sólida y límpida filosofía de Santo Tomás de Aquino, que apreció en grado sumo y promovió en toda la Iglesia”.

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