domingo, 9 de diciembre de 2018

¿Perpectiva o Ideología de Género?: Confusión Episcopal Argentina

Una distinción peregrina en un texto anodino
Ernesto Alonso   


Excelente análisis de la Declaración de varias Comisiones Episcopales de la Conferencia Episcopal Argentina.


Distinguir para confundir 
     
No me siento precisamente feliz de tener que habérmelas con los Obispos Argentinos cuando como Pastores se expresan sobre temas de particular gravedad como es el caso que aquí me ocupa. Confieso que me aflige un poco abandonar mi burguesa comodidad cincuentona y exclamar con contundencia, “Yerran Señores Pastores y confunden seriamente al rebaño”. 
Se trata de la Declaración titulada Distingamos: Sexo, Género e Ideología emitida por las Comisiones Episcopales de Laicos y Familia, de Catequesis y de Pastoral de la Salud, el pasado viernes 26 de octubre. El título suscita los primeros temores al sostener la distinción entre «sexo» y «género», por un lado, separando de ambos la noción de «ideología». Y el desasosiego se instala definitivamente en el ánimo cuando se advierten los subtítulos que temáticamente dividen el texto, a saber, «perspectiva de género» e «ideología de género».
Justificase la separación pues se discierne “sin separar, el sexo biológico del papel sociocultural del sexo, es decir, el género”, citando el número 56 de «Amoris Laetitia», la Exhortación Apostólica Postsinodal del Papa Francisco. “Sexo y género son realidades profundamente conectadas, pero no son exactamente lo mismo”, se dice completando el punto. 
Cuando el texto de la Declaración afronta la distinción propuesta entre «perspectiva» e «ideología de género», asevera paladinamente que “los estudios de género pueden ofrecer una herramienta de análisis que nos permita ver cómo se han vivido en las diversas culturas las diferencias sexuales entre varones y mujeres, e indagar si esta interpretación establece relaciones de poder y cómo las establece. No se vive igual la condición masculina o femenina hoy, que hace cien años (…) El Papa lo advierte al afirmar que «la historia lleva las huellas de culturas patriarcales» (…) En este sentido, «género» es una categoría útil de análisis cultural, un modo de comprender la realidad. Mirar la sociedad teniendo en cuenta los roles, las representaciones, los derechos y deberes de las personas de acuerdo a su género, es adoptar una perspectiva de género. Situación que es necesaria para ver que todas las personas sean tratadas según su igual dignidad”. 
Se me excusará la extensión de esta cita. ¡Señores, debemos agradecer profundamente la llegada de la «perspectiva de género» pues ella ha quitado las vendas de nuestros ojos y admirablemente nos ha enseñado que las culturas son diferentes, que históricamente ha habido diferencias sexuales entre el varón y la mujer, afincadas esas diferencias en las culturas mismas; con dicha perspectiva el Santo Padre parece haber aprendido el «arte de interpretar» las huellas recónditas de «culturas patriarcales», horroroso fundamento de las aún más odiosas «relaciones de poder», que fundan la asimetría de los géneros, cuidando, claro está, de no develar aquí que estamos parafraseando a Michel Foucault!

Sí, debemos retribuir a la «perspectiva de género» estas gloriosas revelaciones y haber descifrado para nuestros torturados caletres, y gratuitamente, verdades insondables como las nociones de rol, de representación (social), las de derechos y deberes de las personas y, más maravillosamente aún, la de «igual dignidad de las personas», pues parece notable que ingenio humano alguno haya jamás inteligido cuestiones tan arduas hasta la novísima aparición de la «perspectiva de género».
     
Debiera reprenderse tamaña ignorancia en los Obispos Argentinos que no parecen leer otra cosa que no sea «Amoris Laetitia» para documentarse seriamente sobre la «perspectiva de género». Señores Obispos, Google ha sido inventado hace años, suficientes como para que una descansada navegación arroje como resultados un par de textos de Bella Abzug, ex diputada del Congreso de los Estados Unidos en los noventa, interviniendo para explicar la novedosa aparición del término «género» en la Cuarta Conferencia Mundial de Beijing sobre la Mujer (1995). 
     
Expresó esta feminista en aquellas jornadas que “el sentido del término «género» ha evolucionado, diferenciándose de la palabra «sexo» para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio”. Y en otra ocasión, un poco acorralada por las Delegaciones que manifestaron perplejidad por la decidida intromisión del término en las argumentaciones en torno a la mujer y las situaciones de violencia, sentenció la Abzug para despejar toda duda: “el concepto de «género» está enclavado en el discurso social, político y legal contemporáneo. Ha sido integrado a la planificación conceptual, al lenguaje, los documentos y programas de los sistemas de Naciones Unidas (…) los intentos actuales de varios Estados Miembros de borrar el término «género» en la Plataforma de Acción y reemplazarlo por «sexo» es una tentativa insultante y degradante de revocar los logros de las mujeres, de intimidarnos y de bloquear el progreso futuro”. 
     
En dicha Conferencia, las feministas batallaron laboriosamente para asociar el término «género» a nociones tales como «hegemonía/hegemónico» (aludiendo al dominio hegemónico de la «matriz heterosexual» en la cultura occidental), «deconstrucción» (denunciando la idea de «naturaleza humana», reguladora de la «tendencia heterosexual»), «patriarcado/patriarcal» (resistiendo la institucionalización del control masculino sobre la mujer, los hijos y la sociedad que perpetúa la posición subordinada de la mujer), «sexualidad/perversidad polimorfa» (enseñando que los hombres y las mujeres no sienten atracción por personas del sexo opuesto por naturaleza sino más bien como resultado de un condicionamiento social y que, si es así, el deseo sexual puede dirigirse a cualquiera), «preferencia u orientación sexual» (imponiendo como tesis científica la idea de que existen diversas formas de sexualidad, homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y travestis, equivalentes a la heterosexualidad). 
     
Suficientes para no abrumar con esta enumeración incompleta de términos asociados a «género» desde hace veinticinco años, por lo menos. Y cabe agregar que la batalla feminista ha dado una abundante y tenebrosa cosecha, de la que nuestros mitrados no han tomado debita nota. Si se me permite una suerte de «analogía marxista» me atrevería a afirmar que nuestros Obispos no ven del «género» sino la «super-estructura», pulcramente revestida de una fachada humanista, justiciera y derecho-humanista; ignorando por completo la «verdadera realidad» que sienta sus reales en la «infraestructura», dominando el «género» despiadadamente la auténtica naturaleza del hombre, varón y mujer. Carecen, nuestros Obispos, de «inteligencia crítica» si es que no existiesen los dones de Sabiduría y de Consejo del Santo Espíritu que nos exijan hablar el lenguaje de Dios. 
     
     
De la «perspectiva» a la «ideología» en una visita guiada
     
La palabra «talismán», escribiera Gustavo Corbi en «Lenguaje y Logomaquia», y que Abzug suelta como al pasar es «construcción social». Es palabra obligada de la Neo-Lengua disolvente que introduce el Caballo de Troya en la Conferencia Episcopal Argentina para abatirla sin demasiado derramamiento de sangre. 
     
El constructivismo, social y pedagógico, es ideología opresora, ella sí hegemónica, y no tiene nada de útil, ni de valioso. Brillantemente lo fustigó entre nosotros un Obispo casi desahuciado, Monseñor Héctor Aguer, en una disertación del año 2007 a propósito de la introducción de la asignatura “Construcción de Ciudadanía” en la provincia de Buenos Aires, denunciando también la ideología de la transformación educativa. 
     
En resumidas palabras, dice allí Aguer que con el término construcción “se trata de emplear un nuevo lenguaje gnoseológico, un nuevo lenguaje para describir el conocimiento humano (…) pergeñado y promovido por una escuela de pensamiento (…) de nombre constructivista (…) Es así como suele decirse que el conocimiento se hace, se elabora, se construye; al afirmar que el objeto del conocimiento se construye se está confesando qué se piensa acerca del conocimiento humano. El objeto del conocimiento no es ya el ser, la realidad, que posee una inteligibilidad intrínseca (…) sino el resultado de un proceso de construcción, de organización, de múltiples enlaces. Una producción (…) identificándose el conocimiento como poder”. Con razón, observa Monseñor Aguer que “el antecedente histórico de este constructivismo se encuentra en la filosofía de Kant. Según Kant nosotros no conocemos la cosa en sí, la esencia de la cosa, sino que sólo conocemos fenómenos, una representación de la realidad que arma nuestra mente. Nuestras facultades producen una representación de la realidad, que es en sí misma incognoscible (…)”. 
     
Por lo tanto, si el «género» es la construcción socio-cultural del sexo, o bien la interpretación psicológica del “sexo asignado al momento de mi nacimiento”, en términos de auto-percepción, esto es, la “vivencia interna e individual del género”, o bien “la vivencia personal del cuerpo, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado” (artículo 2 de la Ley 26.743 de Identidad de Género); luego, entonces, el «género» no resulta una “categoría útil de análisis cultural” sino una categoría perversa de demolición antropológica y cultural que pretende reducir la realidad del varón y de la mujer, la de la familia y de los hijos, a los siempre «malvados» roles, estereotipos, prejuicios y discriminaciones provenientes del sexismo, del patriarcado, de la burguesía, de los curas y de la Iglesia. 
     
Si el «género» no está sujeto sino a procesos históricos de construcción social y cultural, entonces, en buena lógica, lo que fue, no debe ser más; y lo que hoy tiene vigencia, no deberá reclamarla mañana. De allí que la «teoría queer», como lo he dicho en otra parte, no consista sino en la evolución natural –¡pecado de leso constructivismo!– del «género», pues de la reivindicación de identidades sexuales «emergentes», homosexualidad y lesbianismo, habrá que pasar a una sexualidad dinámica y polimorfa (trans, inter, bi, queer, cyborg, etc.).
     
Llegados a este punto de una imaginaria «visita guiada» hete aquí que el/la guía(a) nos da la bienvenida a la sala llamada “ideología de género”. “¿Pero cómo?” –preguntarían tal vez azoradas las tres Comisiones Episcopales– “¿no estábamos en la sala de la «perspectiva de género»?”. –“Bueno, es el mismo Salón apenas dividido por esa puerta minúscula, que acaban de traspasar”. 
     
El guía –¡y no puedo quitarme de encima el «binarismo de género»!– adopta una pose un tanto academicista y pontifica que en la, así llamada, «ideología de género» “el género es pensado como una actuación multivalente, fluida y autoconstruida, independientemente de la biología, por lo que la identidad propia podría diseñarse de acuerdo al deseo autónomo de cada persona”. 
     
“¡Pero eso no es otra cosa que el «género» como construcción social! ¡Lo que nos dijo usted de la tal Abzug!”, exclama entre enfático y agitado un Prelado de alguna de las Comisiones. –“Exacto, Señor, es el género como construcción social”, replica el guía. “Es el detalle un tanto inadvertido en la pintura «perspectiva de género» que acabamos de admirar en la sala que lleva su nombre”, concluyó con precisión matemática nuevamente el guía. 
     
Nadie entendió nada más y la confusión agobió a todos los Prelados, dominados por la penosa sensación de no saber en qué sala estaban realmente parados, y, peor, incapaces de hablar de pinturas y de salas a los fieles seguidores que los aguardan. 
     
Abandonado ya este «Louvre de ensueño», y queriendo poner fin a esta nota, un cielo celeste y limpio me confirman que para hablar de sexualidad, y Dios quisiera que poco debiésemos hacerlo, no necesitamos apelar al «género», moneda cuyas caras son la «perspectiva» y la «ideología», dependiendo todo de cómo caiga. 
     
Más ponderado y más riguroso es el término, y la realidad por el significada, de «identidad sexual» articulado con el de diferenciación sexual mediante las beneméritas influencias que ejercen factores de naturaleza biológica y genética pero también mediante un número relevante de factores de muy diversa índole –educativos, familiares, comunitarios, sociales y culturales, a gran escala– que modelan el estilo comportamental con el que cada varón y mujer se hacen presentes en la realidad. Es evidente que la «natura» y la «nurtura», la naturaleza y la cultura, el cerebro y el aprendizaje, están presentes en la constitución personal, única e irrepetible, de la identidad sexual del varón y de la mujer. 
     
Y si es absolutamente cierto que «se nace varón o se nace mujer», no debiera escandalizar, por otra parte, que en cierto sentido «se aprende a ser varón y se aprende a ser mujer» pues el padre y la madre han de ser «ejemplares» de imitación y de identificación para sus hijos, varones y mujeres. En efecto, ambos padres, en su genuina y bien lograda diferenciación y complementación, ayudarán a sus hijos todos a conquistar su madurez personal, psicológica y espiritual, en la que la identidad sexual habrá de estar bien delimitada en los fines y propósitos de la educación de la afectividad, del carácter y, finalmente, de la voluntad en orden al bien ético de la personalidad humana.
     
Bien ético para cuya consecución no precisamos de la perspectiva de género bajo ningún punto de vista; no necesitamos que se nos aleccione con la teoría de la construcción social de la sexualidad si sabemos, y estamos convencidos, que un joven, una niña, siendo lo que cada uno son por naturaleza, irán desarrollando sus propias virtualidades en el marco de un aprendizaje más hondo, más rico y más humano cual es el de «ser hombres», sobre todo, a través de las virtudes morales y de las sobrenaturales, que sanan y elevan. 
     
¡Género, no quiero tu «perspectiva» y resisto la «ideología» que ocultas con malicia! ¡Prelados, cesen vuestras falaces distinciones, gritad ya las rectas definiciones! 
     
¡Y a Dios, mi Padre, ruego que sean los niños los victimarios de quienes quieren arruinarlos, esos «perversos polimorfos» que deambulan como «leones rugientes»!; lo proclama el Salmo VIII que hoy hemos rezado en Laudes: “De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos, para reprimir al adversario y al rebelde”. 





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