
Mons. Héctor Aguer
En su sermón de la Misa de Epifanía, el Papa advirtió contra las “ideologías eclesiásticas” para “encontrar el sentido de la Santa Madre Iglesia”. Fue una justa y oportuna observación. En los años 70 del pasado siglo, las ideologías eclesiásticas causaron un grave daño, confusión y abandonos de la vocación sacerdotal; se hicieron fuertes en algunos sectores de la vida religiosa. El marxismo sobre todo se constituyó en una obsesión bajo el pretexto de acercamiento a los pobres. La relación de la Iglesia con la cultura implicó una “evangelización” al revés: las ideologías mundanas dieron origen a las eclesiásticas. Más adelante fueron las vigencias culturales; tuvieron su turno e impregnaron la vocación cristiana, con la crítica de la Tradición, descartada como lo contrario de la actualización pastoral.
El sentido de la Iglesia se basa en la fe y se desarrolla en la experiencia de la vida eclesial. Las ideologías simulan el sentido de la Iglesia y lo destruyen. Proceden, por lo general, de mentes calenturientas que copian los modelos del mundo; así desconocen el Evangelio o lo contradicen. La ideología pretende una actualización del Evangelio; allí está el error y la injusticia. La experiencia de los 70 se extendió ampliamente en la Iglesia. La última década del pontificado de Pablo VI (1968 a 1978) conoció la ideología de carácter teológico, que difundió el repudio a la encíclica Humanae vitae, de varios autores sobre todo alemanes y franceses, y las ideologías sociales de corte socialista por la obsesión del marxismo. La “Iglesia de los pobres” fue una estafa que engañó a muchos; en varios países, sobre todo en Iberoamérica, y en África adquirió un cariz revolucionario. Muchos católicos, sacerdotes, sobre todo, se comprometieron con los movimientos guerrilleros; en Argentina ese fenómeno se configuró como una verdadera guerra interna con miles de víctimas.
La advertencia del Sumo Pontífice ilustra muy bien un problema fundamental del actual camino que se ha abierto en Roma. No pueden entenderse algunas posiciones suyas sino reconociendo las dos ideologías que impulsan a Francisco. La primera, de carácter doctrinal, es el progresismo teológico, con una vertiente relativista. Así se comprende la tirria contra la Tradición, y el menosprecio que experimenta de los católicos apegados a ella, y que manifiesta todo el tiempo –especialmente, luego del escándalo de Fiducia supplicans, declaración que no debe obedecerse-; a veces de forma espontánea, y otras de manera programada. La identidad católica y la fidelidad a una línea vigente durante siglos y siempre actualizada, ya no son la inspiración del Pontificado. Una grave decisión fue nombrar Prefecto del Dicasterio de la Doctrina de la Fe al Cardenal Víctor Manuel Fernández, un autor de libritos de “espiritualidad”, y un libro escandaloso: “La pasión mística: espiritualidad y sensualidad”, en el que presenta una interpretación sexológica de la unión mística con Dios; es ignorancia y falseamiento de la teología mística. Este Cardenal ocupa el cargo que honró durante muchos años el gran teólogo Joseph Ratzinger (luego Benedicto XVI). El progresismo teológico de Francisco se ha manifestado especialmente en el campo de la Moral, donde también se percibe la tradición teológica de la Compañía de Jesús, que en un tiempo fue rigorista y modernamente es de inclinación laxista.











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