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lunes, 13 de marzo de 2023

La Abuelita de Bergoglio...

Bergoglio, la abuelita, los protestantes y el padre Julio Meinvielle
Antonio Caponnetto


En una entrevista realizada a Bergoglio por la indeseable carantoñera Elisabetta Piqué –y que dio a conocer en espaciosas páginas La Nación en su edición sabatina del 11 de marzo del corriente- llegado a uno de los tantos momentos envilecedores y ruines de la vatiparla, el entrevistado hace la siguiente reflexión: Compara la conducta iluminadora (“me abrió la puerta a revaluar lo que se decía entonces”) de su abuelita, que le enseñó a admirar y a respetar a los protestantes (en especial y nada menos que a los de la espantosa secta masónico-británica “Ejército de Salvación”) con la de “aquél párroco de Versailles, en Buenos Aires, que les quemaba las carpas a los evangelistas porque eran herejes”. 

Ese párroco preclaro y glorioso, obviamente, como lo sabe absolutamente todo el mundo medianamente informado, y quienes vivimos los hechos, fue el padre Julio Meinvielle, a cargo de Nuestra Señora de la Salud, precisamente en el barrio porteño de Versailles.

Será esquemática mi respuesta. 

-Dios se haya apiadado de la nona de Bergoglio, la cual –según este relato que ahora reflota su nieto- en toda comparación que se haga con el lobo que simulaba ser la abuela de Caperucita, sale gananciosa en simulacros, engañifas, asnadas turbias, ardides malos e ignorancias culposas. 

miércoles, 15 de mayo de 2019

La abominación de la desolación: una falsa iglesia con falsos mártires

La falsa Iglesia beatifica sus falsos mártires
Arnaldo de Vilanova


[Especial para el Blog «Sagrada Tradición»]


Cuando veáis la abominación de la desolación, anunciada por el Profeta Daniel, en el lugar santo -el que lea que entienda- entonces los que estén en Judea huyan a los montes; el que esté sobre el tejado no baje a tomar nada de su casa; y el que esté en el campo no vuelva a tomar su túnica. Mateo, 24, 15-18.
    
    
Finalmente, este sábado 27 de abril se consumó la beatificación del Obispo Angelelli junto con la de los curas Murias y Longueville y el laico Pedernera. De nada valieron las súplicas dirigidas a Roma desde distintos lugares de Argentina y del mundo. Tampoco las fundadas razones expuestas en numerosos trabajos y voluminosos dossiers que circularon abundantemente por las redes sociales y variados medios periodísticos. Con una pertinacia asombrosa, contra viento y marea, se han llevado adelante estas beatificaciones fruto de una grosera impostura sin precedentes en la historia, al menos reciente, de la Iglesia.
    
Hemos rezado insistentemente a Dios por medio de la Santísima Virgen pidiendo que tamaña iniquidad no se llevara a cabo: que al final prevaleciera en el Papa y en los obispos involucrados en esta aventura una pizca de sentido de la fe y de temor de Dios. Nuestras plegarias no fueron oídas: bendito sea el Señor que en su sapientísima Providencia -por motivos que se nos escapan- ha permitido que las cosas sucedieran de este modo. 
    
    
Un texto premonitorio
    
En los años setenta, cuando arreciaba en Argentina la oleada tercermundista, la Teología de la Liberación se expandía haciendo estragos en las almas y la situación política y social comenzaba a teñirse de sangre por la aparición de las organizaciones guerrilleras armadas (algunas de ellas integradas y alentadas por amplios sectores eclesiales), un grupo de sacerdotes argentinos -muchos de ellos figuras ilustres del clero de aquella época- dio a luz un documento que tuvo amplísima difusión y fue, en su momento, el más claro y lúcido alerta ante la situación que se vivía. Se trataba de una extensa declaración, fechada pocos días después del asesinato por parte de un comando guerrillero del ex Presidente Aramburu, en la que se hacían serias advertencias respecto de la situación del país pero, fundamentalmente, el texto apuntaba a lo que ocurría en el interior de la Iglesia. Uno de los pasajes más salientes del documento expresaba:
    
Pero he aquí que desde hace unos años un grupo de sacerdotes, cada vez más numeroso, de diversas jerarquías y ubicados en todas las latitudes, se hallan empeñados en cambiar la imagen de la Iglesia, del Cristianismo y aun del mismo Jesucristo. Con sus palabras o con sus actos quieren estos sacerdotes presentarnos una imagen de la Iglesia -y también, lógicamente, la misión de Jesucristo y del sentido del Evangelio- radicalmente falsa”.
    

miércoles, 21 de mayo de 2014

El Padre Mugica y un doble relato - Mario Caponnetto

El Padre Mugica y un doble relato
Mario Caponnetto 


1. Un hombre, dos relatos
    
Se han cumplido cuarenta años del asesinato del Padre Carlos Mugica, el reconocido “cura villero” o “cura de los pobres” como suelen denominarlo sus panegiristas. El aniversario ha dado ocasión a una desmesurada exaltación de su figura: grandes homenajes civiles y eclesiásticos, derroche de elogios y ditirambos y hasta una de esas modernas gigantografías, que recoge su ascético rostro, insertada en el corazón del pasaje urbano.
    
El Gobierno y la Jerarquía Católica, que no suelen andar muy juntas, esta vez han aunado sus afanes en pro de exaltar la memoria del sacerdote. Es que, curiosamente, Mugica les pertenece en la medida en que ambos, Gobierno y Jerarquía, lo han integrado, cada uno a su modo y con muy diversa gravedad, como veremos, a sus respectivos “relatos”. 
    
Para el Gobierno, en efecto, Mugica es una figura emblemática de ese “setentismo” ominoso y sangriento, metamorfoseado en epopeya, del que ha hecho la columna vertebral de su radical impostura. Es que en esa imaginaria “lucha de liberación” librada por aquella “juventud maravillosa” encuadrada en las “organizaciones combatientes”, en esa falsa épica revolucionaria que reivindica como su pasado glorioso, el relato exige la presencia de un ingrediente “cristiano”. Se podrá preguntar por qué. Porque en ese setentismo real, no el ficticio, y por razones que enseguida examinaremos, una nada despreciable cantidad de católicos (obispos, sacerdotes, religiosas y laicos) dieron su decisiva contribución a ese gran baño de sangre que nos sumió en el dolor y la muerte. Mugica es, en este sentido, el rostro más reconocido (no el único ni, tal vez, al que le quepan las máximas responsabilidades); y esta es la razón del homenaje que hoy le brinda un Gobierno que ha pisoteado hasta el hartazgo la ley de Dios y los derechos de Jesucristo y al que hoy, la emblemática figura del cura villero vuelve a servir de ariete en su renovado odio contra la Iglesia.
    
En cuanto a la Jerarquía Católica, la exaltación no ha sido menor. El Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, al inaugurar la última Asamblea Plenaria de ese organismo, nada menos que en la homilía de la misa de apertura, tuvo un recuerdo especial de Mugica cuya muerte, dijo, “está en la memoria de la Iglesia”. El Cardenal Primado, por su parte, no fue a la zaga: calificó a Mugica de “mártir de los pobres”; la palabra mártir es muy especial y adquiere un sentido muy hondo y sugestivo en labios de un sucesor de los Apóstoles. El relato eclesiástico ha insistido, pues, en presentar a Mugica como un sacerdote fiel a Cristo que en comunión con la Iglesia y el Concilio Vaticano II dio su vida por los pobres: todo un modelo de sacerdote. 
    
Dos relatos, pues, y un mismo protagonista.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Carta Abierta a Monseñor Carmelo Juan Giaquinta

El Nacionalismo Católico y el Reino de Dios
Mario Caponnetto


Carta Abierta a Monseñor Carmelo Juan Giaquinta


Buenos Aires, 27 de noviembre de 2008


A S Excia. Revma.
Monseñor Carmelo Juan Giaquinta
Arzobispo Emérito de Resistencia


Monseñor:

El Boletín de la Agencia Católica Argentina (AICA) en su edición del día de hoy, trae el texto íntegro de la homilía pronunciada por usted el pasado domingo 23 de noviembre, Festividad de Jesucristo Rey del Universo.

De acuerdo con la versión de dicha Agencia, en esa ocasión dijo usted: “El cristiano en cuanto ciudadano ha de trabajar por una sociedad justa según la opción política que le parezca más conducente al bien común. Pero ha de saber que el Reino de Dios no se identifica con ninguna opción política partidaria. Inspira lo que hay de bueno en todas ellas, pero las somete a todas a juicio permanente, pues éstas sufren la tentación de convertirse en un ídolo al que hay que sacrificar todo. Digámoslo con claridad: el reino de Dios no pasó por la propuesta nacionalista de la Argentina católica. Ni por el PJ montonero. Ni por el marxismo. Ni por el capitalismo. Tampoco pasó por la propuesta de Bush. Ni pasará ahora por la de Obama”. 

Si de hablar con claridad se trata, Monseñor, se ha de admitir que sus palabras, lejos de llevar claridad a los fieles, llevan más bien confusión. No se puede, no se ajusta a la verdad ni es honesto, poner en un plano de igualdad (como si se tratara de cosas equiparables) al Nacionalismo Católico y a ideologías como el marxismo, el capitalismo, los montoneros, Bush, Obama. Y esto por una sola y fundamental razón: porque mientras las ideologías mencionadas intentan, o bien reducir el Reino de Dios a meras categorías temporales y sociológicas (teología de la liberación, por caso) o bien sustituir ese Reino por alguna utopía demasiado humana (tal el marxismo), el Nacionalismo Católico, en cambio, entiende que, sin mengua de su legítima autonomía, el orden temporal ha de reconocer la Soberanía de Dios y la Realeza de Jesucristo. Dos cosas muy distintas, como se ve.

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