“Necesitamos un nuevo Syllabus”: conferencia de Mons. Schneider (II)
Presentamos la segunda parte de conferencia de Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Karaganda, titulada “Propuestas para una correcta lectura del Concilio Vaticano II”, en la cual explicó la necesidad de un nuevo Syllabus de errores en la interpretación del último concilio ecuménico. En esta segunda parte, el autor termina de presentar el “vademécum pastoral” partiendo de las enseñanzas del Vaticano II.
3. El deber de predicar a los fieles la penitencia (cfr. Sacrosanctum Concilium, n.9)
No se puede hablar de una verdadera doctrina y praxis pastoral sin el elemento esencial de la penitencia en la vida de la Iglesia y de los fieles. Toda verdadera renovación de la Iglesia en la historia se efectuaba con el espíritu y la práctica de la penitencia cristiana. En la Constitución dogmática Lumen Gentium n. 8 se afirma que la Iglesia debe avanzar continuamente por el camino de la penitencia y de la renovación. Luego se dice que los fieles deben vencer en sí mismos el reino del pecado con la abnegación de sí mismos y con la vida santa (cfr. ibíd., n. 36). En la actividad misionera los hijos de la Iglesia no deben avergonzarse del escándalo de la cruz (cfr. Ad Gentes, n. 24).
Se puede entender mejor el verdadero espíritu de estas enseñanzas conciliares sobre la necesidad de la penitencia si se considera el hecho de que, en vista de la inminente apertura del Concilio, el Beato Papa Juan XXIII, el 1º de julio de 1962, Fiesta de la Preciosísima Sangre, dedicó precisamente una Encíclica a la necesidad de la penitencia titulada Paenitentiam agere. Se trataba de una apremiante invitación al mundo católico y una exhortación a una más intensa oración y a una penitencia propiciadora de Gracias sobre el inminente concilio. El Papa indicaba el pensamiento y la práctica de la Iglesia como también el ejemplo de los concilios precedentes, reiterando la necesidad de la penitencia interior y exterior como cooperación a la divina redención. Concretamente el Papa Juan XXIII recomendaba en las diócesis una función penitencial propiciatoria, explicando cómo “con las obras de misericordia y de penitencia todos los fieles buscan propiciar a Dios omnipotente e implorar de él aquella verdadera renovación del espíritu cristiano, que es uno de los objetivos principales del Concilio” (n. II, 2). El Papa prosigue diciendo: “De hecho, justamente observaba Nuestro predecesor Pío XII, de venerada memoria: «La oración y la penitencia son los dos medios a disposición de Dios en nuestro tiempo para reconducir a Él la mísera humanidad que vaga sin guía por doquier; medios que disipan y reparan la causa principal y primera de toda trastorno, es decir, la rebelión del hombre contra Dios» (Encíclica Caritate Christi compulsi)”. Juan XXIII dirigía la siguiente ardiente exhortación a los obispos: “Venerables hermanos, actuad sin demora con todo medio que esté en vuestro poder para que los cristianos confiados a vuestros cuidados purifiquen su espíritu con la penitencia y se enciendan en mayor fervor de piedad” (n. II, 3).
El espíritu de penitencia y de expiación debe animar siempre toda verdadera renovación de la Iglesia, como el Papa Juan XXIII deseaba con el Concilio Vaticano II. Esta actitud protege a la Iglesia del espíritu de activismo terreno. Así el Papa enseñaba al final de su encíclica: “Todo el pueblo cristiano, en obsequio a Nuestra exhortación, dedicándose más intensamente a la oración y a la práctica de la mortificación, ofrecerá un admirable y conmovedor espectáculo de aquel espíritu de fe, que debe animar indistintamente a todo hijo de la Iglesia. Esto no dejará de sacudir saludablemente también el ánimo de aquellos que, excesivamente preocupados y distraídos por las cosas terrenas, se han dejado llevar al descuido de sus deberes religiosos” (Ibíd.). En las siguientes palabras se puede percibir aquel auténtico espíritu que animaba al Papa del Concilio y ciertamente a la pars maior et sanior de los Padres Conciliares: “Es necesario que los cristianos reaccionen con la fortaleza de los mártires y de los santos, que siempre han ilustrado la Iglesia católica. De este modo todos podrán contribuir, según su estado particular, al mejor éxito del Concilio Ecuménico Vaticano II, que debe llevar a un reflorecimiento de la vida cristiana” (Ibíd., n. II, 2).




