viernes, 30 de enero de 2009

Revelación e Inspiración (II) ¿Revelación en las religiones no cristianas? - Miguel Antonio Barriola

En torno a la “Revelación e Inspiración” en los libros sagrados de las diferentes religiones
Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola


Exposición realizada en el marco de las actividades de la VI Jornada Bíblica "Jesucristo, único Salvador", realizadas en el Seminario religioso María Madre del Verbo Encarnado en San Rafael, Mendoza (2003).


II - ¿Revelación en las religiones no cristianas?

Sabemos que para la fe y teología católicas, si bien se encuentran muy entrelazadas, no son lo mismo “revelación” e “inspiración” de la Sgda. Escritura[1].

Para el objetivo de nuestro enfoque, convendrá iluminar primero algunas tesis sobre la posible revelación del único Dios en otras cosmovisiones religiosas, para después encarar más específicamente el aspecto de la “inspiración” de su literatura sacra.


1 – Criteriología insuficiente

Los seguidores del “pluralismo religioso”[2] piensan que la teología clásica, ligando de manera rígida el acceso a Dios y a la salvación a mediaciones creadas, como lo es ante todo la humanidad de Jesucristo, y, después la Iglesia y los sacramentos, prohíbe toda apreciación positiva de las religiones no cristianas.

Dichos autores participan, de hecho, en la tendencia común, muy cercana a la mentalidad hindú, que consiste en destruir las mediaciones en su singularidad bajo el peso de lo absoluto, inabarcable, que, según sienten, rebaja la pretensión de exclusividad de cualquier tipo de intermediarios.

Dado que la urgencia y necesidad de tales mediadores es admitida sólo por la respuesta de la fe a la única revelación histórica hecha a Israel y culminada en la Nueva Alianza, se ataca ante todo la preeminencia de este proceso sin igual, cantado por el Salmista. “El promulgó su ley en Jacob, sus estatutos y decretos a Israel. No hizo así a ninguna otra nación, ni le manifestó sus juicios” (Sal 147, 19)[3].

No haciendo más que refrescar la doctrina más clásica de la Iglesia, la Declaración “Dominus Iesus” recuerda: “«En esta Palabra definitiva de su revelación Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios ha dado a conocer sobre sí mismo. Sólo la revelación de Jesucristo, por lo tanto, «introduce en nuestra historia una verdad universal y última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca»”[4].

J. Dupuis[5] (junto con los autores en cuestión) estimaba que la oferta de salvación y la revelación son coextensivas y por lo tanto universales la una y la otra[6].

Pero esta idea da al concepto de revelación una extensión tal que corre el riesgo, en definitiva, de vaciarlo de sentido. De ahí que tal proposición precise cierto discernimiento.

Nada se opone a la posibilidad de una experiencia religiosa auténtica (conocimiento y amor de Dios, con las consecuencias prácticas que de allí derivan) en los no cristianos. Pero hay que preguntar cuál será el criterio de autenticidad para calibrar esta experiencia religiosa.


A) El amor

Dupuis propone la agápe[7]: El amor es realmente el signo de la presencia operante del misterio de salvación en cada hombre y en cada mujer que son salvados. “Ubi charitas et amor, Deus ibi est” y en la medida en que favorece objetivamente la práctica de la caridad, la enseñanza de una tradición religiosa puede ser considerada como que viene verdaderamente de Dios.

Nada obsta a que suscribamos esta aproximación, haciendo observar, sin embargo, que no es fácil discernir los actos inspirados por la caridad sobrenatural de los que resultan movimientos puramente humanos. Es una afirmación constante de la tradición teológica, que nadie puede saber con certeza si posee la caridad[8]. De hecho la caridad supone siempre la fe, al menos implícita, de suerte que una experiencia religiosa es auténtica en la medida en que está fundada sobre cierto conocimiento verdadero que proviene de la fe. No es indiferente que el criterio bíblico para distinguir verdaderos de falsos profetas haya sido el de la falsedad o la verdad de la profecía, y sobre todo el de la fidelidad a la fe verdadera, la fe yahvista (ver: Deut 13, 2 – 6).


B) El inagotable “absoluto” de Dios

Para mejor poner de relieve la posibilidad de una Palabra de Dios en los no – cristianos, Dupuis es llevado a posiciones inadmisibles sobre la revelación cristiana.

Sostiene que la manifestación de Dios hecha en Jesucristo se caracterizaría por una plenitud cualitativa, por cierto, pero no sería ni completa ni exhaustiva[9], lo cual deja lugar a una revelación divina en otras religiones.

La argumentación de J. Dupuis descansa aquí sobre un sofisma, cuando expresa:
“La conciencia humana de Jesús no podía, por su naturaleza, agotar el misterio de Dios, y dejaba en consecuencia, incompleta la revelación de Dios”[10].

Se puede conceder que ningún conocimiento creado (¡ni siquiera el de los bienaventurados!) comprende a Dios. Pero la revelación no tiene en modo alguno el objetivo de agotar el misterio de Dios. Su finalidad, en el orden del conocimiento, consiste en comunicar a los hombres todas las verdades necesarias para la salvación. Ahora bien, estos comunicados divinos no son infinitos en su número; pueden por lo tanto ser mediatizados por la conciencia humana de Jesús. En modo alguno es contradictorio sostener que todo lo que Dios ha querido comunicarnos en materia de revelación, nos lo ha comunicado por Jesucristo[11]. Lúcidamente lo percibió S. Juan de la Cruz, comentando, justamente, el “muchas veces y de muchas maneras” de Hebr 1,1: “Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y de muchas maneras, ahora, a la postre, en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez . En lo cual da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo”[12].

No se pretende con lo dicho excluir la posibilidad de otras “revelaciones”, con tal que se las considere sólo como una participación de la plenitud de lo comunicado por Dios en Jesucristo; nunca noticias paralelas y complementarias.

Lo detalla con precisión la “Editoriale” de La Civiltá Cattolica[13]: “«Dios quiere que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad» (I Tim 2, 4); por eso suscita en medio de todos los pueblos mensajeros y profetas, a través de los cuales EL expande las «semillas del verbo». En realidad, el carisma profético no está limitado al pueblo hebreo. Así la misma Biblia, en los capítulos 22 – 24 de Números habla de Balaam de Petur, «que está sobre el río (Eufrates)» (Num 22, 5); por lo tanto un no – israelita, en cuya boca YHWH pone palabras de bendición para el pueblo de Israel. A su vez, algunos Padres de la Iglesia han hablado, si no de profecía entre los paganos, sí, por cierto, de una intervención del Verbo de Dios entre ellos. Así, según S. Justino, el Logos ha «sembrado sus gérmenes (spérmata)» en las tradiciones precristianas y se manifestó a ellas aunque «parcialmente» (II Apol., 6, 3; 8, 1; 10, 1 – 3) y por lo tanto hubo una manifestación del Logos aunque «incompleta» (II Apol., 13, 2 – 3; 10, 9; 13, 4 – 6)...Clemente alejandrino no recuerda sólo a los filósofos griegos. Cita expresamente a «los filósofos hindúes y otros filósofos no griegos», entre los cuales a los brahmanes y los discípulos de Buda (“Sunt autem etiam ex Indis, qui Butae (=Buda) parent praeceptis, quem propter insignem virtutem uti deum honorarunt”) (Strom. , 1, 15 – PG 8, 779)”[14].


2 – Consecuencias para el diálogo interreligioso

Esta divergencia en cuanto a la naturaleza de la revelación hecha en Jesucristo, redunda de modo decisivo en la concepción que podemos hacernos sobre las finalidades de las relaciones cristianas con otras religiones.

Admitimos perfectamente que la Iglesia, depositaria de la revelación, va tomando conciencia de los tesoros que posee sólo progresivamente y hasta que pueda ser ayudada por la atención a los elementos de verdad que pueden encontrarse en otras religiones[15].También es posible que los libros venerados en otras tradiciones “pueden contener aspectos del Misterio divino que la Biblia, incluido el Nuevo Testamento, no destaca en la misma medida”[16]. Tal es por otro lado, desde el punto de vista eclesial, uno de los beneficios mayores del diálogo interreligioso. Pero no es posible sostener que la complementariedad que se pueda esperar de diferentes tradiciones religiosas pueda consistir en “formas de revelación que la propia tradición no expresa”, según admite J. Dupuis, citando a K. Ward[17], como si las religiones gozaran de verdades sobrenaturales que la Iglesia no poseería ni siquiera virtualmente en el depósito que le ha sido confiado.

Entonces no es acertado hablar de complementariedad de las tradiciones religiosas[18] y, por lo tanto, de un pluralismo de derecho, como si, a la manera de un rompecabezas, cada tradición religiosa poseyera una parte de la verdad total, que únicamente una puesta en común permitiría reconstruir.

Expresamente se opone a este modo de presentar estas relaciones la Dominus Iesus, 6: “Es por lo tanto, contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones. La razón que está a la base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que la verdad acerca de Dios no podría ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud por ninguna religión histórica, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo.

Esta posición contradice radicalmente las precedentes afirmaciones de fe [19], según las cuales en Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio salvífico de Dios. Por lo tanto, las palabras, las obras y la totalidad del evento histórico de Jesús, aún siendo limitados en cuanto a realidades humanas, sin embargo, tienen como fuente la Persona divina del Verbo encarnado, «verdadero Dios y verdadero hombre», y por eso llevan en sí la definitividad y plenitud de la revelación de las vías salvíficas de Dios, aunque la profundidad del misterio divino en sí mismo siga siendo trascendente e inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida, porque sea dicha en lenguaje humano. Ella, en cambio, sigue siendo única, plena y completa, porque quien habla y actúa es el Hijo de Dios encarnado. Por esto la fe exige que se profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que va desde la encarnación a la glorificación, es la fuente participada más real y el cumplimiento de toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad[20] y que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, enseña a los Apóstoles y por medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, «la verdad completa» (Jn 16, 13)”.


3 - Discernimiento en el uso del concepto “revelación”[21]


A) Revelación natural

La innegable capacidad del hombre y de la mujer para percibir y comunicar hondos valores y sublimes visiones de orden religioso no implica necesariamente revelación, como tampoco lo son siempre los contenidos de sabiduría acerca de las cuestiones últimas de la existencia humana.

Sab 13, 1 – 9, Hech 14, 16 – 17; 17, 16- 31 y Rom 1, 8 – 32 son los pasajes clásicos, según los cuales, la Sgda. Escritura nos asegura de las capacidades de la humanidad para vislumbrar su relación con Dios, “aunque sea a tientas” (Hech 17, 27), valiéndose de su reflexión sobre el mundo, como vestigio de su creador.

En lo referente a nuestro tema, nos preguntamos si no bastarán estas luces naturales para explicar las elevadas contemplaciones sobre el hombre, los pueblos y Dios con sus obligadas referencias mutuas, que se encuentran en tradiciones y escritos religiosos extrabíblicos.

En este sentido, no se han de perder de vista estas reflexiones de B. Forte: “La distinción entre las dos formas de la comunicación divina no es menos fuerte que su correspondencia: la novedad de la revelación sobrenatural, no sólo respecto a su modalidad, sino también en cuanto al contenido, es irreductible a lo que el hombre podría alcanzar con sus solas fuerzas. Si así no fuera, se menoscabaría justamente el primado de la iniciativa divina, sobre el que tanto insiste el testimonio bíblico respecto a la palabra de revelación. Se podría concluir entonces que entre revelación natural y revelación histórica hay una relación de continuidad en la infinita superación: si la revelación histórica confirma los contenidos de verdad de la revelación natural, haciéndolos de hecho accesibles y ciertos, no menos niega los límites de ambigüedad y de error y los trasciende inmensamente en la apertura y la comunicación de las profundidades del misterio divino. También en la relación entre las capacidades humanas y la revelación divina la gracia presupone la naturaleza, no la elimina ni la destruye”[22].


B) ¿En qué medida las principales religiones se consideran “reveladas”?


a - Hinduísmo

En toda revelación entra en acción un poder superior al hombre, que se da a conocer a éste.

En concreto, para la fe cristiana, esta comunicación sobrenatural al hombre tuvo su culminación en Cristo, quedando para después solamente la posibilidad de revelaciones privadas, que nada añaden de sustancial al cuerpo de historia, doctrina de fe y moral, consignado en la Biblia y la tradición de la Iglesia.

Para el Hinduismo, en cambio, no se necesita un Dios que sea autor de comunicaciones superiores, proceso que no es solamente algo ocurrido en el pasado sino una constante posibilidad presente. Así es como poseen un cuerpo de escritos inmutables, que son los Vedas, pero también se da una fluidez y aceptación de nuevos textos.

Para los hindúes la religión en general no es tanto una revelación a la que se accede mediante algún tipo de fe subjetiva, cuanto, más bien, un esfuerzo por desvelar los estratos y niveles más profundos del ser humano, y entrar en contacto permanente con ellos. El alma solitaria y activa es aquí el lugar donde nace la religión.

Creencias y conducta, ritos y ceremonias, dogma y autoridad: todo recibe un lugar subordinado al arte del autodescubrimiento personal y de relación, logrados autónomamente, con lo divino. Lo que llamamos momento revelatorio en una religión ha sido tradicionalmente considerado algo muy débil, por no decir inexistente, en el Hinduismo. Éste es básicamente una búsqueda del Absoluto Dios, no en una idea intelectual, ni en un principio moral, sino la más honda conciencia de la que derivan ideas y normas morales. Es ésta una visión humanista, que concibe la religión como el desarrollo natural, aunque esforzado, de una vida auténticamente humana.

El principio eterno de todo ser es idéntico con el yo o el alma del hombre, de quien constituye la genuina y verdadera esencia. Es algo que, según el Hinduismo, podemos reconocer cuando vemos las cosas correctamente. En esta exploración individualista radica el sentido de la religión.
Se ha dicho que uno de los más importantes dilemas de Mahatma Gandhi consistía en preguntarse dónde residía la verdad última, que debe seguirse para realizar la existencia y lograr la liberación final. ¿Estaba en el corazón o en las enseñanzas proclamadas por los brahmanes? La conciencia interior y la mente parecían imponérsele como la fuente radical de su ser. “Mi creencia en las escrituras hindúes – escribía Gandhi – no me exige aceptar todas sus palabras y versículos como divinamente inspirados... Pero afirmo conocer y creer las verdades de la enseñanza esencial de esas escrituras”[23]. Ninguna letra escriturística y ninguna interpretación eran vinculantes para el Mahatma, si las consideraba contrarias a su razón o a su sentido moral.

Acerca de la dimensión de revelación discernible en el Hinduismo, el profesor Ananda Coomaraswamy afirma lo siguiente:”Cuando consideramos el modo indio de concebir los Vedas como un todo, encontramos implícita en la palabra «shruti» (oír) una doctrina muy importante: que los Vedas son eternos y que los libros sagrados son su expresión temporal. Esto no es una teoría de revelación en sentido ordinario, dado que la audición de la que se habla depende de la cualificación del oyente, y no de la voluntad y activa manifestación de un dios”[24].

Los orientalistas – creyentes o no – no han atribuido a los Vedas un origen sobrehumano. No lo hizo Max Müller, llevado en gran medida por su agnosticismo, que le movía también a negar el carácter revelado de la religión judía[25]. Pero los estudiosos del pensamiento religioso de la India han insistido habitualmente en su alto nivel especulativo y metafísico, asociado siempre con cuestiones últimas, que conectan necesariamente con la religión. Esta especulación ha alcanzado auténticas cimas en la comprensión de la realidad y podría asemejarse en algunos aspectos a un pensamiento inspirado, que ha hecho pensar a muchos lo mismo que sugerían a los cristianos de los primeros siglos las obras de Platón.

El teólogo indio Sebastián Karotemprel ha podido escribir: “Si se excluye el Cristianismo, la realidad es que el hinduismo ha alcanzado el más rico y complejo concepto de Dios que la humanidad ha podido descubrir sin la ayuda de la revelación histórica”[26].


b – Budismo

El Budismo significa históricamente un desarrollo más bien heterodoxo del Hinduismo, aunque comparte con éste algunas ideas fundamentales acerca de la reencarnación, la ley del Karma[27], etc. Pone, sin embargo, gran énfasis en la iniciativa religiosa individual. El impulso religioso se origina totalmente en el espíritu del hombre, y éste deriva de sí mismo los elementos que necesita para su desarrollo anímico y su liberación. Ésta es una de las enseñanzas nucleares del Buda, que nunca pretendió haber recibido de divinidad alguna un mensaje que hubiera de comunicar y transmitir a sus discípulos. Cuando se habla de doctrinas secretas en algunas corrientes del Budismo, los autores se refieren a un saber esotérico y reservado, que no recibe ese nombre por proceder de revelación sino por ser transmitido oralmente de maestro a discípulo.

El Budismo no se basa, pues, en una revelación, sino en el esfuerzo de introspección personal y en la sabiduría de Sidarta Gautama, que consiguió la iluminación al comienzo de su carrera religiosa. Podría plantearse la cuestión de si esa iluminación experimentada por el Buda no equivale de algún modo a una revelación, o si no desempeña en el Budismo una función análoga a la revelación de otras religiones.

Fieles a sus planteamientos fenomenológicos, los especialistas occidentales en Budismo le suelen atribuir, sin embargo, un carácter de revelación, tanto si la noción se entiende como algo derivado del sujeto, como si se considera venida desde fuera.

En el primer caso, lo que se “revela” es el descubrimiento, por quienes no se habían aventurado aún más allá del mundo y de la epistemología ordinaria, de la no existencia de sujeto y objeto como dos realidades distintas e independientes[28].

Es claro que en esta hipótesis, dicha “revelación” equivale más bien a un “hallazgo”, ya que en la noción clásica de una comunicación divina, el supuesto básico consiste en la diferenciación del sujeto receptor, subordinado al ser divino que se manifiesta.

En el caso de admitir que, en el budismo, la revelación le llega al sujeto desde el exterior, se trataría del impulso necesario para el autodesarrollo espiritual, que permita en su momento el despertar a la condición de Buda. Esta revelación exterior consistiría en una sugerencia de temas, categorías, proposiciones y símbolos que deben ser meditados y aplicados. Pero en la medida en que uno se dedica a hablar de revelación dentro del Budismo, ésta ha de ser entendida fundamentalmente como un proceso endógeno de autorrevelación, es decir, una serie de actos de autocomprensión del propio sujeto, que sería el revelante, lo revelado y el término de la revelación.

En consecuencia, aplicado al Budismo en sus diversas formas, el término revelación está fuera de lugar, tanto si lo consideramos en su valor específicamente teológico, como si lo usamos en un sentido más amplio y ambiguo.

Se ha dicho que “ningún budismo se comprendería sin apelar a una revelación, por medio de Buda, de verdades escondidas a las que los fieles prestan su fe”[29].

Semejante afirmación no corresponde a la realidad de las cosas. Poco tiene que ver con la definición que el budismo suele dar de sí mismo y con la percepción histórica y culta que sus buenos conocedores han alcanzado de esa religión. El budismo es, contrariamente a lo que escribe el autor citado, la religión universal que mejor puede comprenderse sin apelar a una revelación. Su fundador la plantea como el resultado de una exploración autogestionada de las profundidades del espíritu humano. Solamente si entendemos por revelación la emergencia de posibilidades de la mente, o la correcta interpretación de la realidad con ayuda de la observación y de una mirada sabia, podría hablarse de revelación en el budismo, de modo análogo a lo que podría decirse en el terreno de la filosofía o de la ciencia.


c - Islam

El Islam se considera a sí mismo como una religión de revelación y se equipara como tal al Judaísmo y al Evangelio de Jesús. La fe musulmana establece solemnemente que el Corán es la voz de Dios, escrita en sus ejemplares impresos, conservada en la memoria de los creyentes, recitada oralmente, revelada al profeta. Pronunciar, escribir, recitar el Corán es algo creado, mientras que el Corán mismo es increado.

Urgidos por estas tajantes afirmaciones, los musulmanes se refieren a los versículos del Corán con la expresión dijo Dios, y lo hacen de un modo todavía más directo y literal de como lo afirman judíos y cristianos[30].

La revelación ha sido dada a los profetas anteriores y finalmente a Mahoma, que la habría recibido en su forma definitiva, mediante sueños, visiones y audiciones.

Sostienen algunos que, si bien no es posible considerar la totalidad del Corán como una revelación divina auténtica, se puede reconocer que hay en él verdades - aunque entreveradas con graves errores – capaces de alimentar y sostener la fe y la vida religiosa y moral de millones de hombres. Se estima, por lo tanto, que aunque no es correcto decir que el entero Corán contenga revelación divina, puede afirmarse que la posee parcialmente.

Si esto fuera así, habría que dilucidar a nivel teológico cómo puede hablarse de una Palabra formal de Dios, que pierde parte de sus virtualidades veritativas, al encerrarse en un mensaje, que es precisamente concebido por el Islam como una recitación literal de la voz divina. Surgiría entonces el problema de que nos encontraríamos ante una revelación divina decreciente.

Además, no se puede perder de vista que el monoteísmo judeocristiano se había insinuado con notables efectos religiosos entre los habitantes de Arabia[31]. Mahoma conocía las religiones judía y cristiana[32]. Entonces, ¿por qué no podrían explicarse sus aciertos religiosos, como frutos de una meditación sobre datos verdaderamente revelados, pero no a él, sino a Israel y por medio de Jesucristo?

Su actividad puede ser considerada de algún modo como fruto de una iniciativa divina providente, encaminada a recordar unas verdades fundamentales que habían sido olvidadas y a elevar el nivel de religiosidad de pueblos enteros, sin que esto signifique una revelación formal.

A lo dicho podría objetarse que Mahoma, de cuya sinceridad no puede dudarse, negó explícitamente haber obrado otro milagro que no fuera el signo mismo del Corán, al que califica de inimitable en su lenguaje. Esta inimitabilidad suele basarse en su éxito, su contenido (recogería información que no puede obtenerse por procesos normales de conocimiento) y su estilo artístico.

En el debate histórico y teológico provocado por estas afirmaciones se hace observar, por parte de las voces críticas, que no existen razones suficientes para negar que un genio creativo sin letras (si es cierto que Mahoma no sabía leer ni escribir) pueda llegar a verdades que sólo alcanza normalmente una persona culta, o que sea, capaz de producir un nuevo estilo literario de gran nivel, o que pueda generar un movimiento de empuje arrollador.

A todo lo cual se puede replicar, por parte de la fe católica, que, admitiendo estas desproporciones entre el “profeta” árabe y la elevada visión religiosa que por su medio se conoce, nos encontraríamos, a lo más, en el orden de “revelaciones privadas”.

En efecto también Sta. Juana de Arco fue una pastora iletrada que, guiada indudablemente por las “voces”, que escuchaba de parte de Dios y sus santos, llevó a cabo una gesta sobrehumana de justa liberación para el reino de Francia. Lo mismo dígase de Bernadette Soubirous. Su ínfimo cultivo intelectual para nada fue obstáculo a la irradiación sin par obtenido por las “revelaciones” que la Virgen María le encomendó en Lourdes[33]. Pero, jamás se le ocurriría a ningún fiel católico pensar que se trata de nuevos aportes, que no estuvieran ya presentes en la revelación “pública”, definitivamente concluida con el fin de la era apostólica[34].

La comisión teológica internacional acepta en su documento sobre Cristianismo y religiones (1996), que “ciertos elementos de la revelación bíblica han sido recogidos por el Islam, que los ha interpretado en un contexto distinto”[35].

Por otra parte, como ya se insinuó, se hallan en el libro sagrado musulmán numerosos elementos de la tradición bíblica, como nombres de lugares y personas (Abraham, Moisés, Jesús, María...) y evocación de determinados acontecimientos.

Sin embargo, la manera de presentar estos personajes y hechos difiere considerablemente del estilo y modo de proceder bíblicos y suele hacerlos difíciles de reconocer por lectores familiarizados con la Biblia. La persona de Jesús, por ejemplo, apenas se asemeja en su vida y en su misión a la que aparece en los Evangelios[36]. Los musulmanes juzgan la Biblia desde el Corán y tal como la utilizan e interpretan judíos y cristianos la consideran errónea y falsificada, producto de escritos originales que se habrían perdido. La Biblia se halla, para los creyentes islámicos demasiado impregnada de humanidad o de elementos mundanos para ser Palabra divina. Mahoma no es el más reciente de los profetas, sino el último y el llamado a enderezar las vías de Dios en el mundo.


C – Compendiando

Las ideas y formulaciones del Cristianismo sobre la Revelación de la que vive y sobre la divina Palabra de la que continuamente se nutre, nunca se han desarrollado como si el resto de los mundos religiosos no existiera. Al contrario, han dejado traslucir siempre, en mayor o menor medida, la innata dimensión universalista de la religión cristiana y la conciencia de una multiforme sabiduría divina en sus vías de manifestación a la humanidad.

La Comisión teológica internacional, en su documento recién mencionado, ha señalado que “la especificidad e irrepetibilidad de la revelación divina en Jesucristo se funda en que sólo en su persona tiene lugar la autocomunicación del Dios Trino. De ahí por tanto que, en sentido estricto, no se puede hablar de revelación de Dios más que cuando Dios se da a sí mismo. Cristo es así a la vez el mediador y la plenitud de toda revelación”[37].

Previene también contra el peligro de confundir la noción específica de revelación, que es propia de la teología cristiana, con una apreciación fenomenológica de lo que se consideran situaciones revelatorias en la historia comparada de las religiones. Habla asimismo de que, si bien no puede excluirse una iluminación divina específica a hombres y mujeres fuera de lo que suele considerarse historia salutis, “nunca tenemos garantías de la recta acogida e interpretación de esas luces por quienes las reciben”[38].

La religión revelada – dice Newman – “viene de Dios en un sentido en el que ninguna otra puede considerarse venida de EL. No obstante, si queremos hablar correctamente hemos de admitir, por la autoridad de la misma Biblia, que todo conocimiento religioso procede de Dios, y no sólo el que la Biblia nos transmite.

Porque nunca ha habido un tiempo en el que Dios no haya hablado a los hombres. Se nos dice expresamente en el Nuevo Testamento que en ningún momento ha estado Dios sin testigos en el mundo y que de toda nación y pueblo acepta a quienes le temen y obedecen. Parece por tanto que hay algo de verdadero y de divinamente revelado en toda religión de la tierra, sobrecargado y a veces sofocado, tal vez, por las impiedades con que la voluntad y el intelecto corrompido lo han contaminado. Pero propiamente hablando, la revelación es un don universal, no local...No hay nada absurdo en la idea de poetas y sabios paganos, o sibilas, divinamente iluminados en cierta medida, como canales y órganos por los que ha llegado a sus gentes la verdad moral y religiosa”[39].

Si por revelación divina entendemos una influencia sobrenatural en los intermediarios y en determinados contenidos religiosos, no puede excluirse algún tipo de influjo divino revelatorio de ellos.

Hemos de decir que la revelación judeocristiana trasciende y finaliza esas otras instancias revelatorias, a la vez que, purificadas, la Iglesia las retiene e incorpora, realizándolas en sus más profundos anhelos de verdad y salvación.

Los elementos revelados presentes en otras religiones – ya se entiendan como lo verdadero naturalmente conocido, o como algo derivado de iluminaciones especiales – guardan además una relación en cierto modo dialéctica con la revelación cristiana. Esta influye críticamente sobre aquéllas. Pero dado también que el don divino es infinitamente superior a la capacidad humana para acogerlo y se recibe en forma finita, la revelación cristiana podría enriquecerse con percepciones de otros ámbitos religiosos, se consideren o no a sí mismos como depositarios de revelación.

Algo así como el asombro de Jesús ante la fe de un pagano, que superaba la del propio pueblo depositario de la manifestación oficial de Dios hasta ese momento, adhiriéndose a Jesucristo, objetivo final de aquella misma revelación (Mt 8, 10).

No menos ha de quedar en pie que entre la revelación judeocristiana y los otros hechos, que pudieran ser considerados como provenientes de manifestaciones divinas, existe un desnivel, que afecta tanto al plano formal (cualidad del acontecimiento) como al de los contenidos. No debe hablarse de convergencia, suma o complementariedad de revelaciones, aunque pueda admitirse el carácter mutuamente esclarecedor de los mundos culturales donde viven y se desarrollan las diversas tradiciones religiosas.

En fin, nunca podrá alguien abarcar a Dios. Pero esta verdad no es excusa para relativizar las disposiciones que Él mismo ha establecido como últimas e insuperables[40].


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[1] La “Revelación” consiste fundamentalmente en la comunicación de verdades, leyes, intervenciones de Dios en la historia (“Palabras y gestos”: DV, 2), que la mente humana jamás alcanzaría, librada a sus solas fuerzas. Así: que Dios tiene un Hijo, la encarnación del mismo en el seno de María, etc.
La “Inspiración” de los escritores sagrados de la Biblia es el proceso, por el cual Dios ilumina la inteligencia, mueve la voluntad y demás facultades requeridas para llegar a ser compositor de un escrito, en un autor humano, que así se convierte en instrumento personal y libre en manos del autor principal, que es siempre Dios. Los contenidos de las obras así compuestas y debidas al trabajo mancomunado de Dios y el hagiógrafo no siempre proceden de una “revelación divina”. Pueden provenir de la misma experiencia del hombre que escribe. Por ejemplo, los viajes que narra Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, en los que él mismo participó. No necesitó para tal fin alguna comunicación especial de Dios. Le bastaba su capacidad de observación. Sólo que sus facultades se ven peculiarmente elevadas por Dios para crear su escrito bajo el influjo de la “inspiración”.
[2] Tales como: S. Smartha, “The Cross and the Rainbow. Christ in a Multireligious Culture” en: J. Hick – P. Knitter (eds.) The Myth of Christian Uniqueness. Toward a Pluralistic Theology of Religions, New York (1987) 69 – 88. Es significativo el título dado a otra obra por uno de los editores del libro recién mencionado: P. Knitter, Nessun altro nome?, Brescia (1991). Esa interrogante (que en el curso de la exposición se cambia en resuelta negación de la unicidad de Cristo) se enfrenta a la apodíctica afirmación de Pedro ante el Sanedrín: “En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el que podamos ser salvos” (Hech 4, 12).
[3] Recordar en igual sentido Dt 4, 6 – 8: “Obsérvenlos y pónganlos en práctica, porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos, que al oír todas estas leyes, dirán: «¡Realmente es un pueblo sabio y prudente esta gran nación!» ¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses cerca de ella, como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros siempre que lo invocamos? ¿Y qué gran nación tiene preceptos y costumbres tan justas como esta Ley que hoy promulgo en presencia de ustedes?”
[4] Dominus Jesus, 5, citando a Juan Pablo II, Redemptoris missio 5 y 14.
[5] Jesuita belga, que trabajó en la India desde 1948 a 1984, llegando después al decanato de la Facultad de Teología en la romana Pontificia Universitá Gregoriana, desarrolló una vasta y profunda labor sobre esta tan importante como espinosa temática.
Además de encarar tales problemas en numerosos artículos, esbozaba una síntesis de sus posiciones ya en 1991: Jesucristo al encuentro de las religiones (Madrid). Su obra posterior y más discutida: Toward a Christian Theology of Religious Pluralism, New York (1997,traducida al francés y al italiano el mismo año) ha sido también presentada en español: Hacia una teología del pluralismo religioso, Santander (2000).
Ha recibido serias críticas de otro jesuita, G. De Rosa : “Una teologia problematica del pluralismo religioso” en: La Civiltá Cattolica , CXLIX (1998) 129 – 143.
Igualmente crítico ha sido el comentario del Comité de Redacción de la Revue Thomiste : “Tout récapituler dans le Christ – A propos de l’ouvrage de Jacques Dupuis, Vers une Théologie Chrétienne du Pluralisme religieux” (Revue Thomiste, XCVIII – 1998 – 591 - 630).
Que la “Dominus Iesus” se dirigía muy concretamente a tesis sostenidas por Dupuis, consta por la “Notificazione a P. Dupuis”, enviada por la misma Congregación de la Doctrina de la fe al teólogo en cuestión (24 / I / 01). Ver: Il Regno. XLVI (2001) 143 – 145. La carta se mueve en el horizonte de la declaración “Dominus Jesus”, con la preocupación de “refutar opiniones erróneas o peligrosas, a las que, independientemente de las intenciones del autor, puede llegar el lector a causa de formulaciones ambiguas o explicaciones insuficientes” (“Preámbulo”). El P. Dupuis aceptó los puntos de esta “notificación”.
El mismo Prepósito General de la Compañía de Jesús, H. Kolvenbach, resaltando la obra pionera realizada por Dupuis, no deja de acotar: “Retomando las grandes orientaciones de la Dominus Jesus, la Notificación fija con plena claridad las líneas de esta enseñanza, a las cuales el autor en su libro pretendió adherirse, sin acertar siempre” (“Dichiarazione di P. Kolvenbach” en: Il Regno XLVI – 2001 – 144. Cursiva nuestra).
[6] J. Dupuis, Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso, Santander (2000) 349.
[7] J. Dupuis, Hacia una teología... 475 ss.
Comentando esta pauta de discernimiento la RT (en la que nos venimos inspirando), advierte: “Pero no siempre hace intervenir a este criterio. Así, se puede juzgar como del todo arbitrario afirmar que Mahoma es un profeta a causa de los «acentos proféticos indudables del Corán» (ed. esp. de Dupuis: p.364), ¡cosa que tiene todo el aspecto de un círculo vicioso!” (RT, ibid., 624, n.51)
[8] Téngase en cuenta hasta qué punto actos comúnmente tenidos como solidarios y heroicos, sin embargo, pueden estar desligados del amor: “Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada” (I Cor 13, 3).
[9] “Hacia una teología ...” 369 – 370.
[10] Ya desde el planteamiento de esta cuestión, había preguntado: “Si, además, Jesucristo representa la «plenitud» de la revelación divina, ¿ha llegado ésta con él a su conclusión definitiva? O, por el contrario, ¿puede ser concebida, de algún modo, como un «proceso que aún continúa», tanto dentro como fuera del cristianismo?” (ibid. , 349).
Faltando en el autor las necesarias matizaciones, su concepto permanece en una nebulosa. Así, por ejemplo, no diferenciando la “revelación pública” de las “revelaciones privadas” (distinción esencial e irrenunciable para la fe católica), se puede caer en la nivelación de “revelaciones” ocurridas “después de la edad apostólica”, con la única, que es normativa para la fe ortodoxa de la Iglesia y del mundo entero.
En consecuencia, el párrafo que citamos a continuación, aparece sembrado de equívocos: “La plenitud cualitativa , o , digamos, la intensidad – de la revelación en Jesucristo - no es un obstáculo, ni siquiera después del acontecimiento histórico, para una autorrevelación divina permanente a través de los profetas y los sabios de otras tradiciones religiosas, como, por ejemplo, a través del profeta Mahoma. Esa revelación sucedió, y continúa sucediendo, en la historia. Pero ninguna revelación puede superar o igualar, antes o después de Cristo, la que se nos concedió en él, el Hijo divino encarnado” (Hacia una teología..., 370).
Se ha de observar que lo “definitivo”, ofrecido por Dios en Cristo no equivale sólo a una exquisitez cualitativa en comparación con otras tradiciones religiosas, sino que incluye asimismo la “plenitud” de lo necesario para la salvación: “Les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn 15,14). Y, según Hebr 11, 13 y 40: “Todos ellos (desde Abel, no hebreo y anterior aún al “pacto noáquico”: ibid., vv. 4 – 7) murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de las promesas...Porque, aunque su fe los hizo merecedores de un testimonio tan valioso, ninguno de ellos entró en posesión de la promesa. Porque Dios nos tenía reservado algo mejor, y no quiso que ellos llegaran a la perfección sin nosotros”.
Según Dupuis en Mahoma (acotamos: seis siglos después de Cristo, “plenitud de los tiempos”: Gal 4, 4) se da genuina revelación y “continúa sucediendo en la historia”. Se lo afirma sin el menor asomo de aclaración. ¿Revelación obligatoria para la salvación . “pública” o restringida a los musulmanes? ¿En qué relación se encuentra con la de Jesús, que, pese a ser anterior, la llevaría a su cumplimiento, al menos para la fe católica? Pero, se sabe que para los musulmanes, los comunicados celestiales contenidos en el Corán, superan al mismo Cristo, que no es más que “un” profeta, inferior al reformador árabe.
[11] Ver: DV , 4.
[12] S. Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, II, 22, 4. Léanse los números siguientes, observando hasta qué punto insiste el santo en expresiones que significan lo definitivo, que no es posible “completar”: ”totalmente”, “todo”...Considera como un “agravio” pedir nuevas revelaciones, porque en el Hijo de Dios “están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios” (Col 2, 3).
[13] “Si puó parlare di «rivelazione» nelle religioni non cristiane?”, La Civiltá Cattolica , CXLVI (1995) 115 – 116.
[14] “Clemente de Alejandría es el primer escritor cristiano que menciona a Buda” (A. Marino, “Jesucristo, mediador único y universal de salvación – La Cristología del Documento El Cristianismo y las religiones” en: Teología, XXXV – 1998 - N° 71, 130).
[15] La Iglesia puede crecer en la profundización de la verdad. El Espíritu Santo, prometido por Jesús, “nos guiará hacia toda la verdad” (Jn 16, 13). No aportando nuevos contenidos revelados, sino haciendo asimilar cada vez mejor al cuerpo de la Iglesia, a través de las edades, “las insondables riquezas de Cristo” (Ef 3, 8). “Y en esto puede ser auxiliada por otras religiones, en cuanto pueden ayudarla a ver aspectos de la verdad no profundizados suficientemente por ella. Las mismas críticas que ellas pueden dirigir al cristianismo pueden ayudar a los cristianos a ver las propias lagunas y las propias incrustaciones históricas. Así, por ejemplo, cuando las religiones orientales reprochan al cristianismo su carácter «occidental»” (Editoriale, “Il Cristianesimo e le altre religioni” en: La Civiltá Católica , CXLVII – 1996 - 115 – 116).
Por su parte, anota A. Sayés: “Puede ser que el cristianismo, en su praxis, haya perdido valores que puede reconocer en otras religiones. Por ejemplo, cuando uno ve en el Islam el sentido que tienen de la adoración a Dios, un cristiano tiene que preguntarse si ese sentido no se ha perdido un tanto en el cristianismo actual por las influencias secularizantes que han entrado en él y que están lejos de influir en el Islam” (Cristianismo y religiones – La salvación fuera de la Iglesia , Madrid – 2001 – 240 – 241). Ese lastimoso descuido se patentiza en nuestras parroquias, sobre todo con ocasión de la celebración de bautismos y matrimonios. El clima de feria de vanidades, de charloteo y casi total ausencia de devoción por la presencia de Cristo en el Sagrario, es cada vez más difundido.
Asimismo, sobre todo el “homo technicus” occidental, también el cristiano, tendría mucho que aprender de las tradiciones religiosas indígenas en América Latina. Como recuerda A. R. M. Motto: “En las regiones aborígenes de América existía un gran sentido de sacralidad hacia la naturaleza en general. Las grandes intuiciones sobre la divinidad se encuentran estrechamente vinculadas al concepto de creación. En la región andina se deificó a la tierra, a la cual se la denominaba Pacha Mama. La traducción castellana de este nombre sería Madre sagrada. Expresión que, por otra parte, redundó en la exaltación de la mujer y de la femineidad. Para los aborígenes precolombinos los bienes de la creación suponían una especie de donación materno – divina” (“Moral ecológica” en: Teología , XXXVII -1999 – 96).
[16] J. Dupuis, ibid. , 373. Sin embargo, “los ejemplos propuestos por el autor para ilustrar su tesis están lejos de ser convincentes. «¿El sentido de la majestad y de la trascendencia divinas, así como la sumisión del ser humano a la santidad de los decretos eternos de Dios», que – según Dupuis .- caracterizan al Corán, tienen el mismo sentido que en el cristianismo? Se puede dudar de ello. Ahora bien – y no será un exegeta quien nos contradirá – una verdad toma su sentido sólo en su contexto global” (Revue Thomiste, “Tout récapituler...”, 627, n. 56). Si bien antes señalamos en las muestras de adoración musulmana un ejemplo a no descuidar por parte de los cristianos “secularizados”, no quiere decir que la totalidad de la actitud mahometana ante Dios, sea compatible con la fe cristiana. Así el sentido de “fatalismo” con que se refieren a los designios de Dios, no puede componerse con nuestra fe en la Providencia divina.
[17] J. Dupuis, ibid. y n. 47, K. Ward, Religion and Revelation , Clarendon Press, Oxford (1994), 339 – 340.
[18] J. Dupuis, ibid.
[19] Precisadas previamente en el N° 5: “Para poner remedio a esta mentalidad relativista , cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es «el camino, la verdad y la vida» (Cf. Jn 14, 6), se da la revelación de la plenitud de la verdad divina: «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).«A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Jn 1, 18); «porque en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente (Col 2, 9 – 10).”. Corrobora después los datos bíblicos con DV, 2 y 4, así como en referencia a Redemptoris missio, 5.
[20] Hace aquí referencia a DV 4.
[21] Condimentando con comentarios personales o de otros autores, nos valemos en lo que sigue de los datos proporcionados por J. Morales, “Revelación y religiones” en su obra: Teología de las religiones , Madrid (2001) 172 – 203.
[22] B. Forte,”La Parola di Dio nella Sacra Scrittura e nei Libri Sacri delle altre Religioni” en: L’ Interpretazione della Bibbia nella Chiesa – Atti del Simposio promosso dalla Congregazione per la Dottrina della Fede – Roma settembre 1999, Cittá del Vaticano (2001) 113 – 114.
[23] Citado por R. C. Zaehner, Hinduism, Oxford (1962) 171.
[24] The dance of Shiva , London (1958) 23 . 24.
Sin embargo. I. Vempeny, S. J. (cuya postura examinaremos hacia el final), escribe:”Los hindúes consideran la literatura Védica nytia (eterna) y apaureshaya (no producida por sabiduría humana)” ( “Non – Biblical Scriptures” en: Scrittura Ispirata –Atti del Simposio internazionale sull‘ispirazione promosso dall‘Ateneo Pontificio “Regina Apostolorum” , Cittá del Vaticano, - 2002 – 217).
Sólo resta comprobar los puntos de vista opuestos de diferentes expertos sobre este cuerpo de literatura religiosa.
En caso de admitir algún tipo de “iluminación religiosa especial”, se ha de juzgar al respecto con parámetros semejantes a los usados para enfocar al Islam, que sin duda alguna se presenta como “revelación”
[25] Dice Müller: “Por interesantes que sean los Vedas para nosotros... ninguno en su sano juicio reclamaría, ni siquiera por un momento, su origen sobrehumano” (Chips from a German workshop, London, - 1985 – vol. II, 40). Ver: L. Rocher, “Max Müller and the Veda” en: Mélanges Armand Abel , Leiden (1978), vol. III, 221 – 235.
[26] “La evolución del concepto de Dios en el Hinduismo” en: 20° Simposio Internacional de Teología, Pamplona (1999).Ver: J. Gonda, “The Concept of a personal God in ancient Indian religious thought” en: Studia Missionalia , XVII (1968), 111 – 136.
[27] “Karma (del sánscrito kar – mano – y derivadamente, acción) consiste en un principio de retribución: quien la hace, la paga, especie de ley del Talión. En el curso de la inmensidad del tiempo todo cabe, tanto elevarse al rango de los dioses, como volver a caer en la miseria y el anonimato” (C. Díaz, Manual de historia de las religiones, Bilbao - 1999, 3ª. ed.- 120).
[29] J. Masson, “Révelation et foi dans le Bouddhisme?” en: Studia Missionalia , XX (1971) 214.
[30] Efectivamente, el Corán no es una obra divino – humana, resultante de la colaboración de Dios y el hombre (cada uno en su nivel), sino que todo él es solamente “divino”, revelación pura, sin la mediación de un proceso de”inspiración”. Mahoma es el mero receptor de esta comunicación celestial, no “coautor” de la misma.
[31] W. M. Watt, Mahomet a la Mecque, Paris (1977), 32.
[32] Aunque ésta última a través de versiones heréticas de la misma.
[33] Abundan otros ejemplos: S. José de Cupertino, el Sto. Cura de Ars, San Giovanni Calabria...
[34] Concilio Vaticano I, “Pastor Aeternus”, cap. 4. DH, 3070
[35] N° 89.
[36] Así el Corán 4, 171 – 172 exhorta: “¡O, gente del Libro! ¡No quebrantéis el límite de vuestra religión! ¡En cuanto a Dios, decid sólo la verdad! El Mesías, Jesús hijo de María, no es el Mensajero de Dios, su Verbo que él depositó en María es un Espíritu que proviene de él. Creed por lo tanto en Dios y en sus mensajeros y no digáis «Tres» (= La Sma. Trinidad cristiana). ¡Basta! Esto será mejor para vosotros. En verdad, Dios es uno solo: ¡es demasiado glorioso como para tener un hijo! ¡A él pertenece lo que hay en los cielos y en la tierra y como protector basta Dios! No desdice del Mesías que sea un siervo de Dios”.
En 5, 72 – 73: “Por cierto que son ateos los que dicen: «El Mesías, hijo de María, es Dios»” (Citas tomadas de: Piergiorgio Gianazza, “Mistero Trinitario e Islam” en: A cura di Angelo Amato, Trinitá in contesto , Roma (1994) 237.
[37] N° 88.
[38] N° 92. Ya, en esta consideración, nos adelantamos respecto a uno de los rasgos que caracterizarán al otro tema, que intentaremos abordar: la inspiración divina de las escrituras sacras en otras religiones.
En efecto, el carisma de la inspiración, asegura como “palabra de Dios”, no sólo los contenidos “revelados”, que se encuentran en la Biblia judeocristiana, sino que también reviste de ese carácter hasta a detalles, que pueden ser recogidos por la simple experiencia y observación del hagiógrafo. El manto olvidado por Pablo en Tróade (II Tim 4, 13) no es un dato que precise de una manifestación divina, para ser conocido por el Apóstol. Sin embargo, igualmente está sostenido por la iluminación especial del juicio, por parte del Espíritu Santo.
De esta garantía, carecen las posibles revelaciones que hayan recibido profetas o poetas de los escritos sagrados extracristianos. También, como se indicará, auténticas revelaciones privadas dentro de la Iglesia, pueden ser después transmitidas defectuosamente, por no gozar del carisma de la inspiración en su presentación última.
[39] J. H. Newman, The Arians of the Fourth Century, London (1871), 81 ss.
[40] Autores católicos avezados en el estudio de las religiones comparadas suelen mostrarse prudentes en su vocabulario. Así J. López – Gay: “Hemos querido evitar el término «revelación» al hablar de la acción de Dios en las otras religiones. En esto sigo la terminología de P. Rossano (que –aclaramos – formó parte desde sus comienzos del Secretariado vaticano para las religiones no cristianas). Véanse sus estudios: Il problema teologico delle religioni, Catania – 1975 -, 32, n. 18; “Fede e rivelazione nei non cristiani” , en: Studi Francescani , LXVIIII - 1971 – 337 – 350. Otros hablan de «revelación cósmica», concepto profundo expuesto por J. Daniélou, Les saints païens de l‘Ancien Testament , Paris – 1956 – 26.” (“Misterio Trinitario e Buddismo” en: A cura di Angelo Amato, Trinitá in contesto , Roma – 1994 – 222, n. 23).



Revelación e Inspiración (I) Ubicación del tema - Miguel Antonio Barriola

En torno a la “Revelación e Inspiración” en los libros sagrados de las diferentes religiones
Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola


Exposición realizada en el marco de las actividades de la VI Jornada Bíblica "Jesucristo, único Salvador", realizadas en el Seminario religioso María Madre del Verbo Encarnado en San Rafael, Mendoza (2003).


I – Ubicación del tema

Las oscilaciones entre lo uno y lo múltiple acompañan al hombre desde las más remotas edades. Sus fecundas tensiones, a la vez que las engañosas emboscadas que pueden tender, se patentizan de manera notable en la fe católica, que por su esencia misma es universal, es decir: una, pero siempre en potencia para encarnarse en multitud de culturas e individuos.

Jesús, en efecto, apuntó decididamente hacia la multitud, cuando envió a los suyos a “todas las gentes” (Mt 28,19), pero no menos indicó el único punto amalgamante, del que nunca podría independizarse esa expansión: “enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado” (ibid. v. 20), es decir, no cualquier opinión, moda o reglas de vida, de acuerdo a gustos o inclinaciones culturales, sino “lo que les he mandado”.

La sucesiva historia de la Iglesia en sus diferentes empresas misionales, es testigo de que nunca ha sido una tarea fácil. Ya en el primer milagro pentecostal de las diferentes lenguas, que escuchaban y comprendían “lo mismo”, nos encontramos con la reacción socarrona: “Han tomado demasiado vino” (Hech 2, 13), haciéndose necesaria la aclaración autoritativa de Pedro, entretejiendo en una interpretación unitaria los hilos de la historia anterior, cuya trama más íntima está asegurada por la muerte y resurrección de Jesucristo.

Semejantes encuentros y desencuentros han ido jalonando la tarea misionera en extensa gama de situaciones y pluralidad de latitudes.

Hoy en día, se han agudizado estos problemas, a la luz de la reflexión de fe, balbuceante todavía, pero cada vez más consistente, sobre la “teología de las religiones”.


jueves, 29 de enero de 2009

Escritura y Tradición son el fundamento de la fe - Benedicto XVI


Benedicto XVI: Escritura y Tradición son el fundamento de la fe
Catequesis en la Audiencia General del miércoles


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 28 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación el texto de la catequesis pronunciada este miércoles por Benedicto XVI con ocasión de la Audiencia General, con los peregrinos congregados en el Aula Pablo VI.


* * * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

las últimas Cartas del epistolario paulino, de las que quisiera hablar hoy, se llaman Cartas Pastorales, porque se enviaron a figuras singulares de Pastores de la Iglesia: dos a Timoteo y una a Tito, colaboradores estrechos de san Pablo. En Timoteo, el Apóstol veía casi un alter ego; de hecho le confió misiones importantes (en Macedonia: cfr Hch 19,22; en Tesalónica: cfr 1 Ts 3,6-7; en Corinto: cfr 1 Cor 4,17; 16,10-11), y después escribió de él un elogio halagador: "Pues a nadie tengo de tan iguales sentimientos que se preocupe sinceramente de vuestros intereses" (Fil 2,20). Según la Storia ecclesiastica de Eusebio de Cesarea, del siglo IV, Timoteo fue después el primer obispo de Éfeso (cfr 3,4). En cuanto a Tito, también él debía haber sido muy querido al Apóstol, que lo define explícitamente "lleno de celo... mi compañero y colaborador" (2 Cor 8,17.23), es más, "mi verdadero hijo en la fe común" (Tt 1,4). El había sido encargado para un par de misiones muy delicadas en la Iglesia de Corinto, cuyo resultado reconfortó a Pablo (cfr 2 Cor 7,6-7.13; 8,6). Seguidamente, por cuanto sabemos, Tito alcanzó a Pablo en Nicópolis de Epiro, en Grecia (cfr Tt 3,12), y fue después enviado por él a Dalmacia (cfr 2 Tm 4,10). Según la carta dirigida a él, acabo siendo obispo de Creta (cfr Tt 1,5).

Las Cartas dirigidas a estos dos Pastores ocupan un lugar totalmente particular dentro del Nuevo Testamento. La mayoría de los exegetas es hoy del parecer que estas Cartas no habrían sido escritas por el propio Pablo, sino que su origen estaría en la "escuela de Pablo", y reflejaría su herencia para una nueva generación, quizás integrando algún breve escrito o palabra del mismo Apóstol. Por ejemplo, algunas palabras de la Segunda Carta a Timoteo parecen tan auténticas que sólo podrían venir del corazón y la boca del Apóstol.

Sin duda la situación eclesial que emerge de estas Cartas es distinta a la de los años centrales de la vida de Pablo. Él ahora, retrospectivamente, se autodefine "heraldo, apóstol y maestro" de los paganos en la fe y en la verdad (cfr 1 Tm 2,7; 2 Tm 1,11); se presenta como uno que ha obtenido misericordia, porque Jesucristo -escribe así- "manifestase primeramente toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna" (1 Tm 1,16). Por tanto lo esencial es que realmente en Pablo, perseguidor convertido por la presencia del Resucitado, aparece la magnanimidad del Señor para nuestro ánimo, para inducirnos a esperar y a tener confianza en la misericordia del Señor que, a pesar de nuestra pequeñez, puede hacer cosas grandes. Además de los años centrales de la vida de Pablo, se presuponen también nuevos contextos culturales. De hecho, se hace alusión al surgimiento de enseñanzas consideradas totalmente equivocadas o falsas (cfr 1 Tm 4,1-2; 2 Tm 3,1-5), como las de quienes pretendían que el matrimonio no fuese bueno (cfr 1 Tm 4,3a). Vemos qué moderna es esta preocupación, porque también hoy se lee a veces la Escritura como objeto de curiosidad histórica y no como Palabra del Espíritu Santo, en la que podemos escuchar la misma voz del Señor y conocer su presencia en la historia. Podríamos decir que, con este breve elenco de errores presente en las Cartas, aparecen anticipados algunos esbozos de esa orientación errónea sucesiva que conocemos por el nombre de Gnosticismo (cfr 1 Tm 2,5-6; 2 Tm 3,6-8).

lunes, 26 de enero de 2009

Escritura, Tradición y Magisterio - Mons. Francisco Pérez González


Escritura, Tradición y Magisterio
Mons. Francisco Pérez González


Arzobispo de Pamplona, Obispo de Tudela y Director de Obras Misionales Pontificias en España


En este momento podemos recordar lo que decía Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa” (nº 45): “El Evangelio de la esperanza, entregado a la Iglesia y asimilado por ella, exige que se anuncie y testimonie cada día. Esta es la vocación propia de la Iglesia en todo tiempo y lugar… ¡Iglesia en Europa! Te espera la tarea de la ‘nueva evangelización’. Recobra el entusiasmo del anuncio”.

Hoy día se percibe entre los cristianos la necesidad de una gran reflexión a cerca de la Palabra de Dios. Así lo ha puesto de manifiesto la consulta que el Santo Padre quiso hacer al episcopado mundial, hace tres años, acerca del tema que interesaría afrontar en la próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Como es sabido, la mayor parte de las respuestas coincidían en proponer la Palabra de Dios como argumento central para la reflexión. Por eso, atendiendo al deseo prioritario de las Iglesias particulares, dado a conocer en esas respuestas de los Obispos, sus Pastores, Benedicto XVI propuso que la Asamblea General que se reunirá en Roma durante el próximo mes de octubre tratase sobre La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.

Este interés por la Palabra de Dios, actualmente muy vivo en la sensibilidad cristiana, ha aflorado de modo espontáneo, en más de una ocasión, durante los encuentros del Papa con gente joven, en los que, de un modo u otro, se van planteando muchas de las preguntas que la gente de la calle se hace acerca de las grandes cuestiones de la fe y de la vida cristiana.

En una de esas ocasiones, con motivo de la preparación de la 21º Jornada Mundial de la Juventud, el 6 de abril de 2006, Benedicto XVI se reunió en la Plaza de San Pedro con un grupo numeroso de jóvenes de Roma y del Lazio [1]. En ese encuentro, un chico de 21 años, estudiante de ingeniería química en la Universidad de “La Sapienza” le exponía con sencillez sus inquietudes con estas palabras:

«Ante las preocupaciones, las incertidumbres con respecto al futuro e incluso simplemente cuando afronto la rutina de la vida diaria, también yo siento la necesidad de alimentarme de la palabra de Dios y conocer mejor a Cristo, a fin de encontrar respuestas a mis interrogantes. A menudo me pregunto qué haría Jesús si estuviera en mi lugar en una situación determinada, pero no siempre logro comprender lo que me dice la Biblia. Además, sé que los libros de la Biblia fueron escritos por hombres diversos, en épocas diversas y todas muy lejos de mí. ¿Cómo puedo reconocer que lo que leo es, en cualquier caso, palabra de Dios que interpela mi vida?»

La respuesta de Benedicto XVI fue bien esclarecedora desde sus primeras frases:

«Un primer punto: Es preciso leer la sagrada Escritura no como un libro histórico cualquiera, por ejemplo como leemos a Homero, a Ovidio o a Horacio. Hay que leerla realmente como palabra de Dios, es decir, entablando una conversación con Dios. Al inicio hay que orar, hablar con el Señor: “Ábreme la puerta”. Es lo que dice con frecuencia san Agustín en sus homilías: “He llamado a la puerta de la Palabra para encontrar finalmente lo que el Señor me quiere decir”».

Y, a continuación, añadía:

«Un segundo punto es: la sagrada Escritura introduce en la comunión con la familia de Dios. (…) Y un tercer punto: si es importante leer la sagrada Escritura con la ayuda de maestros, acompañados de los amigos, de los compañeros de camino, es importante de modo especial leerla en la gran compañía del pueblo de Dios peregrino, es decir, en la Iglesia».

El Papa mostraba así, de un modo claro y pedagógico, que entre Sagrada Escritura e Iglesia, hay una íntima relación, desde la que cada una de ellas se comprende en plenitud.

Y continuaba explicando de qué modo se puede interpretar adecuadamente la Biblia para atender en ella a la Palabra de Dios que interpela:

«Escuchando a Dios se aprende a escuchar la palabra de Dios, y luego también a interpretarla. Así se hace presente la palabra de Dios, porque las personas mueren, pero el sujeto vital, el pueblo de Dios, está siempre vivo y es idéntico a lo largo de los milenios: es siempre el mismo sujeto vivo, en el que vive la Palabra».

El mismo Benedicto XVI había querido explicar, en otra ocasión, las consecuencias que se siguen, a la hora de interpretar la Biblia, de la íntima relación entre la Iglesia y la Palabra de Dios. Fue en la ceremonia de toma de posesión de la Basílica de Letrán, en los primeros días de su pontificado:

«En la Iglesia, la Sagrada Escritura –cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo– y el ministerio de la interpretación auténtica –conferido a los apóstoles–, se pertenecen mutuamente de manera indisoluble. Allí donde la Sagrada Escritura es extraída de la voz viva de la Iglesia, se convierte en víctima de las disputas de los expertos. Ciertamente todo lo que éstos pueden decirnos es importante y precioso; el trabajo de los sabios nos es de notable ayuda para poder comprender el proceso vivo con el que creció la Escritura y comprender así su riqueza histórica. Pero la ciencia por sí sola no puede ofrecernos una interpretación definitiva y vinculante; nos es capaz de darnos, en la interpretación, esa certeza con la que podemos vivir y por la que también podemos morir. Para ello se necesita la voz de la Iglesia viva, de esa Iglesia confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles hasta el final de los tiempos» [2].

Sobre esta cuestión es sobre la que quisiera compartir con ustedes ahora algunas reflexiones. Es decir, sobre la Palabra de Dios recibida en la Iglesia, sobre su proclamación en cada momento de la historia, y sobre la tarea que compete a Pedro y al colegio de los apóstoles para que esa Palabra se haga vida hasta el fin de los tiempos.

jueves, 22 de enero de 2009

¿La Biblia o la Tradición? Una contraposición poco bíblica


¿La Biblia o la Tradición?
Una contraposición poco bíblica


Cortesía de Catholic Answers


Los Reformadores Protestantes decían que la Biblia es la única fuente de las verdades de la fe, y que para entender su mensaje había tan solo que leer las palabras del texto. Es lo que se llama la teoría protestante de la sola scriptura, o en español "solamente la Biblia". Según esta teoría, ninguna autoridad no bíblica puede imponer una interpretación, y ninguna institución extrabíblica -por ejemplo la Iglesia- ha sido establecida por Jesucristo para hacer las veces de árbitro en caso de conflictos de interpretación.

Como buenos herederos de los Reformadores, las sectas fundamentalistas trabajan sobre la base de esta teoría, y no pierden oportunidad para sacar a relucir su principio, que por otro lado parecería ser su arma mas efectiva, algo que ellos aceptan como el fundamento indiscutible de sus puntos de vista.

Sin embargo, no hay cosa más difícil en el diálogo con los fundamentalistas que querer hacerlos demostrar porqué creen ellos en el principio de que la Biblia solamente, separada de toda otra fuente de autoridad, sea suficiente en cuestiones de fe. La cuestión se reduce a saber cuál es el motivo que un Fundamentalista tiene para creer que la Biblia es un libro inspirado, pues es obvio que ella puede tomarse como regla de fe solamente en el caso que pueda ser comprobada su inspiración, y por ende su inerrancia.

Claro que se trata de una cuestión que no preocupa demasiado a la mayoría de los cristianos, y ciertamente son pocos los que le ha brindado atención alguna vez. En general se cree en la Biblia porque es el libro aceptado por todos los cristianos, cuya autoridad no se discute; aún vivimos en tiempos en los que los principios cristianos influyen en la cultura y en el medio en el que vive la mayoría de la gente.

Un cristiano tibio que no daría ni la más mínima credibilidad al Corán, pensaría dos veces antes de hablar mal de la Biblia, ya que esta goza de cierto prestigio, aún cuando no pueda explicarla ni entenderla demasiado. Podría decirse que esa persona acepta la Biblia como inspirada -cualquiera sea su entendimiento de la inspiración- por razones de tipo cultural, razones que, sin duda, son de escaso o ningún valor, ya que por las mismas razones el Corán debería ser tenido como inspirado en países de cultura musulmana.


"Para mí es motivo suficiente"

Dígase lo mismo ante quien sostiene que la familia en la que uno vino al mundo siempre tuvo la Biblia como libro inspirado, y "para mí eso basta". Sería un buen motivo solamente para aquel que no pueda hacer un trabajo de reflexión serio, y no debemos nunca despreciar una fe sencilla, sostenida sobre fundamentos más bien débiles. Pero sea como sea, la mera costumbre familiar o local no puede establecerse como la base para creer en la inspiración divina de la Sagrada Escritura.

Algunos sectarios dicen que la Biblia es un libro inspirado porque "es un libro que inspira". Pero la palabra inspiración es precisamente lo que se quiere probar, y tengamos en cuenta que hay muchos escritos religiosos y muy antiguos que ciertamente son mas "inspirados" o "emotivos" que muchos textos, incluso libros enteros, del Antiguo Testamento. No es falta de respeto afirmar que ciertas partes de los escritos sagrados son tan áridos como lo serían las estadísticas militares; ¡y algunas partes de la Biblia (Antiguo Testamento) son eso, estadísticas militares!

Por ello concluyamos que no es suficiente creer en la Sagrada Escritura por motivos culturales o por costumbre, ni tampoco por sus textos emotivos o su belleza espiritual: hay otros libros, algunos totalmente seculares, que sobrepasan en belleza poética muchos pasajes de la Escritura.


¿Qué dice la Biblia de sí misma?

¿Y qué decir de lo que la misma Biblia enseña sobre su inspiración? Notemos que son muy pocos los pasajes donde la Biblia misma enseña su inspiración, aunque sea de modo indirecto, y la mayoría de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento no dicen absolutamente nada sobre su inspiración. De hecho ningún autor de los libros del Nuevo Testamento dice estar escribiendo bajo el impulso del Espíritu Santo, excepto San Juan al escribir el Apocalipsis.

Además, en el supuesto caso de que cada libro de la Biblia comenzase con la frase: "Este libro es inspirado por Dios", semejante frase no probaría nada: el Corán dice estar inspirado, el Libro del Mormón, varios libros de algunas religiones orientales. Es más, los libros de Mary Baker Eddy, la fundadora de la Ciencia Cristiana, y de Ellen G. White, fundadora del Adventismo del Séptimo Día se auto-declaran inspirados. Se puede concluir, con bastante sentido común, que el hecho de que un escrito se atribuya cualidades de inspiración divina no quiere decir que así lo sea.

Al fallar estos argumentos, muchos fundamentalistas retroceden y nos afirman que "el Espíritu Santo me dice claramente que la Biblia es inspirada", una noción bastante subjetiva, por decir lo menos, muy afín con aquella otra, tan común entre los sectarios, de que "el Espíritu Santo los guía para interpretar las Escrituras". Y así, el autor anónimo del artículo "Cómo puedo entender la Biblia", un folleto distribuido por la organización evangélica "Radio Bible Class" enlista doce reglas para estudiar la Biblia. La primera es "Busca la ayuda del Espíritu Santo. El Espíritu fue dado para iluminar las Escrituras y hacerlas revivir para ti cuando la estudies: deja que te guíe".

Si con esta regla se entiende que cualquier persona que pida a Dios guía para interpretar la Biblia recibirá esa guía de lo alto -y en este sentido lo entienden la mayoría de los fundamentalistas- entonces la multiplicidad de interpretaciones contrarias y contradictorias, aún entre los mismos Fundamentalistas, daría la preocupante sensación de que el Espíritu Santo no ha estado haciendo bien su trabajo...

miércoles, 21 de enero de 2009

Sagrada Tradición y Sagrada Escritura - Juan Pablo II


Sagrada Tradición y Sagrada Escritura
Juan Pablo II


Catequesis del 24 de Abril de 1985



1. ¿Donde podemos encontrar lo que Dios ha revelado para adherirnos a ello con nuestra fe convencida y libre?. Hay un "sagrado depósito", del que la Iglesia toma comunicándonos sus contenidos.

Como dice el Concilio Vaticano II: "Esta Sagrada Tradición con la Sagrada Escritura de ambos Testamentos, son el espejo en el que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el día en que llegue a verlo cara a cara, como El es" (Dei Verbum, 7).

Con estas palabras la Constitución conciliar sintetiza el problema de la transmisión de la Revelación Divina, importante para la fe de todo cristiano. Nuestro "credo", que debe preparar al hombre sobre la tierra a ver a Dios cara a cara en la eternidad, depende en cada etapa de la historia, de la fiel inviolable transmisión de esta auto-revelación de Dios, que en Jesucristo ha alcanzado su ápice y su plenitud.

2. Cristo mandó "a los Apóstoles predicar a todo el mundo el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos" (n. 7). Ellos ejecutaron la misión que les fue confiada ante todo mediante la predicación oral, y al mismo tiempo algunos de ellos "pusieron por escrito el mensaje de salvación inspirados por el Espíritu Santo" (n. 7). Esto hicieron también algunos del círculo de los Apóstoles (Marcos, Lucas).

Así se formó la transmisión de la Revelación divina en la primera generación de cristianos: "Para que este Evangelio se conservara siempre vivo e integro en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, dejándoles su función en el magisterio (S. Ireneo)" (n. 7).

3. Como se ve, según el Concilio, en la transmisión de la divina Revelación en la Iglesia se sostienen recíprocamente y se completan la Tradición y la Sagrada Escritura, con las cuales las nuevas generaciones de los discípulos y de los testigos de Jesucristo alimentan su fe, porque "lo que los Apóstoles transmitieron . comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del Pueblo de Dios" (n. 8).

"Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras y de las instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón, cuando comprenden internamente los viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios" (n. 8).

Pero en esta tensión hacia la plenitud de la verdad divina la Iglesia bebe constantemente en el único "depósito" originario, constituido por la Tradición apostólica y la Sagrada Escritura, las cuales "manan de una misma fuente divina, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin" (n. 9).

jueves, 27 de noviembre de 2008

Carta Abierta a Monseñor Carmelo Juan Giaquinta

El Nacionalismo Católico y el Reino de Dios
Mario Caponnetto


Carta Abierta a Monseñor Carmelo Juan Giaquinta


Buenos Aires, 27 de noviembre de 2008


A S Excia. Revma.
Monseñor Carmelo Juan Giaquinta
Arzobispo Emérito de Resistencia


Monseñor:

El Boletín de la Agencia Católica Argentina (AICA) en su edición del día de hoy, trae el texto íntegro de la homilía pronunciada por usted el pasado domingo 23 de noviembre, Festividad de Jesucristo Rey del Universo.

De acuerdo con la versión de dicha Agencia, en esa ocasión dijo usted: “El cristiano en cuanto ciudadano ha de trabajar por una sociedad justa según la opción política que le parezca más conducente al bien común. Pero ha de saber que el Reino de Dios no se identifica con ninguna opción política partidaria. Inspira lo que hay de bueno en todas ellas, pero las somete a todas a juicio permanente, pues éstas sufren la tentación de convertirse en un ídolo al que hay que sacrificar todo. Digámoslo con claridad: el reino de Dios no pasó por la propuesta nacionalista de la Argentina católica. Ni por el PJ montonero. Ni por el marxismo. Ni por el capitalismo. Tampoco pasó por la propuesta de Bush. Ni pasará ahora por la de Obama”. 

Si de hablar con claridad se trata, Monseñor, se ha de admitir que sus palabras, lejos de llevar claridad a los fieles, llevan más bien confusión. No se puede, no se ajusta a la verdad ni es honesto, poner en un plano de igualdad (como si se tratara de cosas equiparables) al Nacionalismo Católico y a ideologías como el marxismo, el capitalismo, los montoneros, Bush, Obama. Y esto por una sola y fundamental razón: porque mientras las ideologías mencionadas intentan, o bien reducir el Reino de Dios a meras categorías temporales y sociológicas (teología de la liberación, por caso) o bien sustituir ese Reino por alguna utopía demasiado humana (tal el marxismo), el Nacionalismo Católico, en cambio, entiende que, sin mengua de su legítima autonomía, el orden temporal ha de reconocer la Soberanía de Dios y la Realeza de Jesucristo. Dos cosas muy distintas, como se ve.

domingo, 12 de octubre de 2008

Seguiremos Celebrando el 12 de Octubre - Virginia Gristelli

Seguiremos Celebrando el 12 de Octubre
M. Virginia O. de Gristelli


El enemigo sabe bien dónde apuntar, cuando clava con saña el hacha en la raíz. Ya ha adormecido a varias generaciones de americanos con falsificaciones marxistas y leyendas negras antiespañolas, para asesinar el ser americano, pues no se trata de otra cosa, cuando se quita el alma.

¿Que la raíz indígena, blablabla?... Sí, claro... Parece que en verdad nos hubieran sitiado los fantasmas de las víctimas, apenas arrancados sus corazones para los ídolos, pretendiendo volver a nuestra tierra al infierno del paganismo del que María de Guadalupe la salvó amorosamente. Y a América se la salvó no “cambiándole” sino otorgándole un alma, con el ser bautizada aquel 12 de octubre, puesto que no podemos hablar de un alma viva previa a la Conquista, si no era para Cristo y la Verdad revelada. Como todo bautismo -sacramento “de muertos”- que rescata y resucita al alma de la muerte en que se halla sumida por el pecado original, ciertamente aquí yacía un continente en espera de la Luz sin ocaso. “El mayor genocidio en la historia de la Humanidad”, califican nuestros legisladores porteños, lo que Francisco López de Gomara ha definido como “La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la Encarnación y Muerte del que lo crió”. Nosotros antepondríamos además, solamente el día de la Inmaculada Concepción. Locura y escándalo para los gentiles, sin duda, y para nosotros, Historia Sagrada, ni más ni menos.

Demasiado abismal la diferencia, como para confundirnos, ¿no? Y sin embargo, lamentablemente, muchos católicos están muy confundidos, y hoy son insensiblemente arrastrados por la corriente. Es por eso tal vez que muy seguros de sí, en la resolución de la Legislatura porteña de dejar de celebrar esta fecha, se declara que “hoy en día resulta una discusión inútil plantear el tema del “encuentro de dos culturas”, o hablar del “descubrimiento de América”. Sin embargo, no está de más refrescar datos y hechos que a la luz de los tiempos son argumentos inobjetables para plantearnos en la actualidad una actitud de reflexión frente al 12 de octubre...”. Porque bajo el imperio democrático de Gramsci se han hecho “bien los deberes”, y tal vez queden pocos católicos dispuestos a discutir y combatir por estos temas.

Pues nosotros instamos a la necesidad imperiosa de sostener hasta el cansancio esa discusión, y de librar ese combate. Porque ante los genuflexos de las Constituciones liberales de turno, y de todas las Convenciones Internacionales, NO reconocemos la “preexistencia ética y cultural de los pueblos indígenas” (cf. Const. Nacional, art. 75, 17) sino la “preexistencia del Designio Salvador de la Divina Providencia”, que jamás puede darse en la esclavitud de las idolatrías ni del paganismo. Consecuentemente, mientras que para los Legisladores la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial tiene “jerarquía superior a las leyes” (id., art. 17, 22), para nosotros la suprema jerarquía no puede residir sino en el Decálogo, ante cualquier ley humana, y es en la conformidad con él, y con el Orden y el Derecho Natural, donde se refuerzan y legitiman, en última instancia. Por más “cara de foto” que pongamos, si somos coherentes, no puede decirse que como católicos podamos adherir a los postulados citados de la nueva Carta Magna. Si no quisiéramos esconder la cabeza como el avestruz, comprenderíamos que al señalar en ella (ibid. Art. 7) que los Estados “se comprometen a tomar medidas inmediatas y eficaces, especialmente en las esferas de la enseñanza, la educación, la cultura y la información, para combatir los prejuicios que conduzcan a la discriminación racial y para promover la comprensión, la tolerancia y la amistad entre las naciones y los diversos grupos raciales y étnicos”, veladamente se está dirigiendo toda la política hacia una dictadura del relativismo y sincretismo que de ningún modo podremos admitir, porque con la palabrita mágica paralizadora de las conciencias, “discriminación racial”, lo único que se discrimina es la identidad católica, si como tal ésta pretende señalar su supremacía frente al Corán o al Talmud, por ejemplo (¡y no se trataría, por supuesto, de cuestiones “raciales”!).

Huelgan comentarios muy extensos a la reciente resolución de la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires que concluye afirmando "...creemos necesario de una vez por todas, llegada una nueva fecha de octubre, decir “No” enérgicamente a la celebración del 12 de octubre como “Día de la Hispanidad” o “Día de la Raza”. El 12 de octubre no hay nada a celebrar".

Asumámoslo sencillamente, pues: no podemos, tal como están las cosas, ser “políticamente correctos”. Y en cambio, ¿por qué no tratar en todo caso de ser “religiosamente coherentes”?... Respondiendo entonces, SÍ ENÉRGICAMENTE: CELEBRAREMOS CADA VEZ MÁS.

Hoy la Iglesia nos exhorta a una Nueva Evangelización, y a nosotros nos surge una pregunta: ¿es posible acometerla eficazmente a partir del olvido, de la traición a la justa memoria y de la ingratitud? ¿Cómo es posible, digo, ser fieles al imperativo de re-evangelizar América, cediendo ante el imperio de la mentira marxista y liberal, entregando sin chistar nuestras conciencias? Espigando las Sagradas Escrituras podemos concluir en la certeza de que Dios no puede bendecir la ingratitud, y por otra parte, la virtud de la piedad nos impone como deber sagrado la honra de nuestros padres, extensivo a nuestros padres en la fe; a quienes les debemos nuestra vida espiritual. Atentos pues a ello, ¿puede pasar inadvertido para un católico americano, el eterno vínculo que nos une a la España católica -la España genuina, por cierto- y a todos los pueblos junto a los cuales formamos la bendita Hispanidad? ¿Puede ser que en estos tiempos tan ansiosos por salir a “misionar” se silencie indiferentemente el día en que LA misión se hizo milagro patente, arrasador, constituyéndose para siempre los arquetipos magníficos del misionero, del apóstol, y del cristiano militante? ¿Evangelizar en América dando la espalda a los santos apóstoles que nos precedieron de un modo eminente, sólo explicable recurriendo a las maravillas inagotables de la gracia? Parece necedad, por lo menos.

Y no obstante... hoy, 12 de octubre de 2008, se nos repiten frases como que “hace años venimos buscando ‘cómo ser Iglesia’, para vivir en hondura nuestra vocación del servicio evangelizador (...)”; de la “necesidad de mirarnos para poder renovar nuestro fervor apostólico, discernir en la acción, abrirnos con docilidad al Espíritu, salir a las periferias”; se nos insta a una Renovación del compromiso misionero: “recorrer juntos un itinerario de conversión, renovar el ardor misionero y confianza plena en el Señor y disponibilidad a repensar y reformar muchas estructuras pastorales para ser mejores discípulos misioneros”. Y en este año paulino nosotros insistimos: ¿es que en medio de tanta palabra bonita, a nadie se le ocurre MIRAR HACIA LOS MODELOS, o al menos enterar a los jóvenes de su mera existencia? ¿Es que los santos americanos que dejaron su palabra, su vida y su sangre en ocasiones, no tienen ya nada que enseñarnos, pretendiendo que el Espíritu Santo nos enseñe “recetas magistrales” en dinámicas de grupos? ¿Se cree realmente en la Comunión de los santos, y en la eficacia intercesora de quienes habiendo ya “llegado a puerto” pueden realmente iluminar nuestras sendas desde el cielo, si somos fieles en invocarlos? A menudo se oyen lamentos acerca de la ignorancia doctrinal que aqueja a los jóvenes misioneros, junto a la más bella intención, y los celosos “lobos” (que no pastores) que los orientan se escudan en el consabido “su tarea es lo popular”, y “hay que dar prioridad a la urgencia pastoral”. Concedamos un poco... ¡pero ni eso! Que ya sabemos bien que hay pocas cosas más sencillas y eficaces para animar la religiosidad popular, como el proponer ejemplos concretos de vidas de santos. Pero no se conocen, porque no interesa conocerlos, pareciera. Si al fin y al cabo... nosotros tenemos la “nueva teología”, y entonces seguramente los viejos santos americanos suenan a “preconciliares”... ¡a ver si nos encontramos con algún intolerante que viniera a hablar de una única Verdad, o del Cielo y del Infierno! Santa Rosa, San Pedro Claver, San Luis Beltrán, San Francisco Solano, Santo Toribio de Mogrovejo, S. Martín de Porres, santo padre Pro, Toribio Romo y mártires cristeros, María Antonia de Paz y Figueroa; Hernán Cortés, sí; el apóstol innombrable! No podemos resistir, de paso, a la tentación de referir aquí una cita acerca de su reacción (de verdadera misericordia, propiamente hablando), al comprobar el estado de esclavitud espiritual en que vivían los indígenas:

viernes, 22 de agosto de 2008

El Pbro. Ariel Álvarez Valdés no podrá enseñar Teología


El Pbro. Ariel Álvarez Valdés no podrá enseñar Teología



Santiago del Estero, 22 Ago. 08 (AICA).- El obispo de Santiago del Estero, monseñor Francisco Polti Santillán, retiró al presbítero Ariel Álvarez Valdés las licencias para enseñar Teología, publicar sus notas y artículos y usar los medios de comunicación social, al tiempo que lo exhorta a revisar su actitud, para el bien de toda la Iglesia, y de un mayor y fructuoso servicio ministerial. La medida fue tomada, según la Secretaría de Prensa del Obispado santiagueño, debido a que “algunas de sus afirmaciones causan perplejidad y llevan a pastores y fieles a preguntarse si dichas afirmaciones son compatibles con la enseñanza del Magisterio auténtico de la Iglesia”.


Comunicado del Obispado de Santiago del Estero

La Secretaría de Prensa del Obispado de Santiago del Estero informa que, ante la publicación en medios de comunicación locales de informaciones inexactas relativas a la supuesta situación canónica del Pbro. Dr. Ariel Álvarez Valdés, sacerdote incardinado en esta diócesis, el Obispado de Santiago del Estero se ve en la necesidad de aclarar a los fieles católicos de la diócesis y a la opinión pública en general:

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